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Historia de la Virgen del Valle-Catamarca-Argentina-Producciones Vicari.(Juan Franco Lazzarini)

JUAN FRANCO LAZZARINI

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[0:13]La gruta está enclavada en el faldeo del Lambato. Cadena montañosa ubicado al oeste de la capital de la provincia de Catamarca. El pueblo de Choya, hay que hace mención en los antiguos documentos, estaba situado a 1 km del actual homónimo. Desde el centro de la ciudad, luego de cruzar 7 km hacia el noroeste, se llega a este histórico lugar. Les contaré esta bella historia. Un aborigen de los jornalizados al servicio del vizcaíno don Manuel de Salazar, comisario de los nativos y juez para los españoles, en el silencio de la tarde percibe voces apagadas y un rumor de pisadas en la arena movediza y cálida de la estrecha quebrada que corría en la hondonada. Allí ve aproximarse y luego pasar a un reducido grupo de aborígenes. Caminaban recelosas como temiendo que alguien la sorprendiera. Iban conversando mitad lengua cacán y mitad castellana. El aborigen no pudo comprender lo que decían pero era algo muy importante y vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña. Al despuntar el alba del día siguiente, retornó a sus tareas y lo visto de la tarde anterior volvió a preocuparlo, por lo que regresó afanoso hacia aquellos parajes y pronto dio con las huellas. Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos 5 kilómetros. Remontó la quebrada como unas 15 cuadras cuando de pronto apareció en una pendiente muy inclinada y a unos 7 m de altura un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares. Al que podía llegar con relativa facilidad. Hacia aquel lugar se dirigió por el sendero lleno de asombro continuó investigando y vio como el pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradiciones danzas tribales. Allá al fondo de la gruta se descubrió una imagen de la Santísima Virgen María. Era pequeñita, pero muy linda. Era de rostro morenito y tenía las manos juntas. Cerca de la imagen se advertían muchas candilejas, todas apagadas y algunas semiocultas por la abundante y fina arena que el viento iba juntando entre las piedras. De esto pasaron seguramente algunas semanas, quizás hasta meses, cuando el aborigen seguro ya de su descubrimiento y se determinó de dar cuenta del mismo a su amo. Un día se le acercó y le narró todo. Cómo había ido a parar en aquellos lugares una imagen de la Virgen María. Salazar decidió cerciorarse personalmente de la veracidad de aquel extraño relato yendo al lugar descrito por el originario del lugar. Se dirige con el nativo al lugar y nichos mencionados. Llegó hacia el anochecer con el fin de sorprenderlos en lo que él imaginaba desenfreno y desorden. Nada de eso. Encontróse un silencio expectante y completo y verdadero recogimiento. Al llegar el administrador del valle, trepa con el aborigen hasta la entrada de la gruta y la encuentra tal cual su servidor se la había descrito. No cabía duda, era la imagen de la reina del cielo. Soberana en su advocación de la pura y limpia Concepción. De inmediato dispone no dejar un momento más la imagen en aquella greste y desolada cueva. Y del modo más amable, pero firme, manifiesta a los presentes que la llevará consigo. Los presentes comienzan a expresar quedadamente su descontento y dicen a media voz, si es nuestra, nosotros las queremos, ella nos cuida y siempre nos defiende. Salazar insiste en su determinación y asimismo, tomándola delicadamente en sus manos, la lleva a su casa. Salazar le construye un humilde repisa donde la ubica quedando a buen recaudo. Los miembros de la familia y sus allegados rivalizarían con don Manuel en adornarlas con hermosas flores, sin descuidar los cirios encendidos al caer la tarde de los sábados, cuando reunidos todos rezarían devotos el Santo Rosario. Al amanecer de un día de tantos como acostumbraba a hacerlo antes de comenzar sus faenas se llega a visitar a la madrecita morena. Que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra y al preguntarle su esposa tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior, asegura, estaba la imagen en su repisa y no había entrado persona alguna a la casa. Estaría de nuevo en su gruta. Por qué no buscarla allí. A lo mejor algún aborigen audaz habría entrado de noche a su casa llevándosela a pedido de los nativos pobladores de choya. Se dirige a la gruta y allí estaba, tal cual la viera la primera vez, pero ahora sin flores ni sirios. No había signo alguno ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él. Llegado a la población y a la casa la coloca en su sitio y día y noche multiplica la vigilancia. Pero todo fue inútil, varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a traerla de nuevo a su casa. Estos son algunos milagros de nuestra señora. Un hombre estaba a punto de morir cuando recordó a nuestra señora del Valle y le rogó por su vida, prometiéndole peregrinar a su santuario. Poco después recuperó su salud sin alguna explicación visible.

[7:46]Hasta tal punto que sus vecinos se sorprendieron al mirarlo trabajar la tierra como antes. Pasado un tiempo, decidió cumplir su promesa a la Virgen y así comenzó su largo viaje a Catamarca por las extensas salinas. En la iglesia contó a un sacerdote que él había recuperado su salud por segunda vez gracias a la ayuda de la Virgen. Había hecho un viaje muy largo y difícil por las Salinas Grandes sin agua para beber cerca. Por esa razón él y su mulo se morían de sed. Entonces otra vez le regó a la virgen pidiéndole ayuda y ella le respondió milagrosamente. Dijo con lágrimas en los ojos que de un jarro plateado que apareció repentinamente en el camino, salía mucha agua como si fuera una fuente que fluye del corazón de la tierra para que podamos ambos satisfacer nuestra sed. Él sacó de su bolso el jarro plateado y lo entregó al sacerdote. Era el jarro plateado que había desaparecido del santuario de la Virgen. Este jarro se llama actualmente el jarro milagroso o el jarro de la Virgen. A don Ignacio Moreno Gordillo, conocido y respetado vecino de Santa Cruz, le fallece un hijo. Es así que sus padres cargan con el cuerpo rumbo al valle para depositarlo a los pies de la virgen y prometen que si vivía lo consagrarían a su exclusivo servicio como sacerdote y capellán del santuario. Una vez depositado el cuerpecito, ya rígido a los pies de la portentosa imagen, este comienza a moverse y se anima y revive. El doctor Pedro Ignacio Acuña había quedado ciego. El cura de la matriz y el clero deciden llevar en procesión la imagen de la Virgen a la casa del enfermo. Postrado de rodillas, oró en silencio un corto tiempo y después habló en voz alta a la Virgen para pedirle que si convenía le devolviera la vista perdida y si no, le diera resignación para soportar aquella desgracia. Aún no había terminado de hablar cuando comenzó a inquietarse y luego de un instante de silencio, manifestó que comenzaba a distinguir la imagen. Al poco rato veía perfectamente. Corría el año 1764, se había desencadenado una devastadora e invencible plaga de gusanos, de tal manera que se tenían por perdidas las cosechas de algodón. En la misa del 25 de marzo, los colonos pidieron en sus plegarias por el exterminio de las plagas y la salvación de sus cosechas. Al otro día, no podían creerlo, los algodonales estaban verdes, lozanos, frondosos, no había plantas marchitas. El gusano había desaparecido por completo, sin dejar rastros de su destructor paso. Otro tanto sucedió pocos años después con una plaga de langostas.

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