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Sufragio Universal – Isaac Asimov - Audiolibro con voz humana

Jo Car

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[0:00]Linda, que tenía 10 años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.
[0:00]Finalmente, había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.
[0:00]El amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable gris, tan miserablemente gris como él se sentía.
[0:00]Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño.
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[0:00]Sufragio Universal. Franchise, 1955. Linda, que tenía 10 años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse. Norman Miller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente, había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño. La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole. Papaito, papaito, despierta. Despierta. Está bien, Linda, dijo. Pero, Papaito, hay más policías por ahí que nunca, con coches y todo. Norman Miller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día afuera. El amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable gris, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Hadley estaba listo y esperándole. Había llegado el día, el día de las elecciones. Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro, acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales. El New York Times y el Post Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio, y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a hacer los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua. La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto, cuando Sarah Muller dijo a su marido, en la noche del 4 de octubre, un mes antes del día de las elecciones. Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año, y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado. Matthew Hordenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo. Posó una dura mirada en su hija y gruñó. A esos tipos les pagan por decir mentiras, no les escuches. Pero ya son cuatro, padre, insistió Sara con mansedumbre. Y todos dicen que Indiana. Indiana es un estado clave, Matthew, apoyó Norman, tan mansamente como su mujer. A causa del Acta Hawkins Smith y todo ese embrollo de Indianapolis. El arrugado rostro de Matthew se contrajo de manera alarmante, carraspeó. Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, no es eso? Pues, empezó Norman. Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente. Vas a votar este año, Papi? Norman sonrió con afabilidad y respondió, no creo, cariño. Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sara había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia, no sería magnífico que yo votase? Norman Müller lucía un pequeño bigote rubio que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sara, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general, su alma de empleado, nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza. En ninguna circunstancia tenía mujer, un trabajo y una hija. Y, excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida. Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer. Realmente, querida, dijo. Hay 200 millones de seres en el país, y en lances como este, creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular. Mira, Norman, respondió su mujer. No son 200 millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, solo son elegibles los varones entre los 20 y los 60 años, por lo cual, la probabilidad se reduce a uno por 50 millones. Por otra parte, si realmente es Indiana, entonces, será poco más o menos de 1 por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, no es así? Anda, vamos a cenar. Matthew murmuró tras su periódico, malditas estupideces. Linda volvió a preguntar, vas a votar este año, Papi? Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor. Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sara había aumentado considerablemente. A la hora del café, anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que todo el papel estaba por Indiana. Dijo que el presidente Villiers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis. Norman Miller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas. Si Villiers pronuncia un discurso en Indiana, dijo Matthew Hordenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ese no tendría redaños para ir más allá. Sara, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó. No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada, descansaría tranquila. Si hicieran algo por el estilo, opinó Norman. Los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina. Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris. Son buitres de todos modos. Escuchad. Vamos, padre, murmuró Sara. La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta. Mirad, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don, nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, solo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. Hay que volver al bueno y viejo. Linda preguntó de súbito. No quieres que Papi vote este año, Abuelito? Matthew miró a la chiquilla. No lo entenderías. Se volvió a Norman y Sara. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme, ese tipo es mi hombre y voto por él, así debería ser. Linda dijo, llena de excitación, votaste, abuelo? Lo hiciste de verdad? Sara se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario. No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño y también él, pero no se trataba realmente de votar. Matthew rugió. No sucedió cuando era niño. Tenía ya 22 años y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera, como el de cualquiera, recalcó. Y sin ningún Multivac para. Norman intervino entonces. Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo. La besó con antiséptica amabilidad y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las 9:15, si se prestaba primero al ritual del baño. Abuelito, dijo Linda, y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se apartó y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre. Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que este tuvo que dejar a un lado el periódico. Abuelito, volvió a la carga la pequeña. De verdad que votaste alguna vez? Ya me oíste decir que sí, no es cierto? No irás a creer que cuento bolas. No, pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces. Pues claro que lo hacían. Cómo podían hacerlo? Cómo podía votar todo el mundo? Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo, mira, Linda, hasta hace unos 40 años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos. Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demócrata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. Lo ves? Linda asintió. Cómo sabía la gente por quién votar? Preguntó. Se lo decía Multivac? Las cejas de Matthew se fruncieron y adoptó un aspecto severo. Se basaban tan solo en su propio criterio, pequeña. La niña se apartó un tanto del viejo y este volvió a bajar la voz. No estoy enojado contigo, Linda, pero mira, a veces llevaba toda la noche contar. Sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quien habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. Lo entiendes? Como Multivac, asintió ella. Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac, pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac que puede preverlo a partir de un solo votante. Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó, qué bonito! Matthew frunció de nuevo el entrecejo. No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado solo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí, tal vez me hubiese dado por votar a ciegas solo por gusto. O acaso, me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez. Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada. En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba a un puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero. Apártate un poco, Linda, ordenó, jadeante aún. No me cierres el paso. Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo. Vengo de casa de Agatha. Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la información, se limitó a gruñir y recoger el periódico. Sara se desabrochó el abrigo y continuó, a que no sabes lo que me ha dicho? Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta. Ni lo sé, ni me importa. Vamos, padre, pero Sara no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas. Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes. Y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta. No creo que anden tras de mí. Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta. Y casi ha llegado el momento de las elecciones en Bloomington. Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos. No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años. Padre, eres imposible. Y Sara abandonó la habitación. Tampoco Norman Miller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible. Bueno, Sara. Y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? Preguntó con calma. No creo que anduviesen por ahí con el carnet pegado en la frente. Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sara anunció triunfalmente. Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante, así lo publica el News y también lo dijeron por la radio. Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multivac, ellos supondría, periodistas, espectaculares transmisiones por vídeo, turistas y toda clase de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que le resultaba incómodo. Un simple rumor, rechazó. Nada más. Pues espera y verás, no tienes más que esperar. Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta sonó con insistencia. Cuando Norman Müller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave. Qué desea?, preguntó Norman. Es usted Norman Müller? Sí. Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta, como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes. El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial, señor Norman Miller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008. Con gran dificultad, Norman Miller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sara traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes. No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro. Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez, lo siento, señor. Bah, no tiene importancia.

[19:31]Le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando solo un hombre abierto y más bien amistoso. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el vídeo, saben a lo que me refiero, verdad? Un aire de consagración y entrega. Y un personaje que dice, será para mí un gran privilegio servir a mi país. Toda esa serie de cosas. El agente rió para alentarles. La risa con que Sara le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió. Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Hadley. Les agradeceré que me llamen Phil.

[20:28]Señor Miller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. De acuerdo, señora Müller? Sí, señor, ni una palabra, confirmó Sara con un vigoroso asentimiento de cabeza. Perfecto, señora Müller, Hadley adoptó un tono muy grave al añadir, tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga solo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así. Seguirme? Nadie lo advertirá. No se preocupe, y será solo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija, está en la cama, se apresuró a decir Sara. Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa y, en todo caso, su padre será mejor que no salga. No le gustará nada, dudó Sara. No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes, al parecer, está muy bien informado sobre nosotros, murmuró Norman. Bastante. Combinó Hadley, de todos modos. Estas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Müller, Sí, señor, llámeme Phil, repitió el agente. Estos dos días preliminares, antes del anuncio formal, servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario, de acuerdo? De acuerdo, respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza. Pero yo no deseo esa responsabilidad porque yo. Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual, no el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo y no vamos a dudar de Multivac, no es así? Y no podría equivocarse?, preguntó Norman. Sara, que escuchaba impaciente, le interrumpió. No le haga caso, señor, está nervioso. En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca. Multivac toma las decisiones, señora Miller, respondió Hadley, y él eligió a su esposo. Pero seguro que lo sabe todo, insistió Norman tercamente. No podría haber cometido un error? Pues sí, no hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque 2 horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Müller y ha sido investigado a fondo. Sirve. Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil. Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien, intervino Sara. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo. Desde luego, asintió Hadley. En la intimidad del dormitorio, Sara Miller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente. Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida. Norman musitó desesperado, me atemoriza, Sara, todo este asunto. Y por qué, santo Dios, qué otra cosa has de hacer más que responder a una o dos preguntas? Demasiada responsabilidad, me abruma. Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe. Norman se incorporó, quedándose sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia. Se supone que todo el mundo lo sabe, pero no lo saben. Ellos. Baja la voz, siseó Sara en tono glacial. Van a oírte hasta en la ciudad. No me oirán, replicó Norman, pero bajó, en efecto, la voz hasta convertirla en un cuchicheo. Cuando se habla de la administración Ridgely de 1988, dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? Qué va. Se habla del maldito voto Maumber, como si Humphrey Maumber fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso. En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito. Te portas como un niño, le reprochó Sara. No, me porto como una persona sensible, te lo digo, Sara. No aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré. Pero Sara ya tenía bastante, ahora escúchame, masculló con fría cólera. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el votante del año. Y de un año presidencial para colmo, significa publicidad y fama y posiblemente montones de dinero. Y luego volver a la oficina.

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