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Seminario 4 cap. 11 - El falo y la madre insaciable

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[0:00]Hoy nos sumergimos en un texto, bueno, un texto denso pero fundamental, el Seminario 4 de Jacques Lacan.
[0:00]Vamos a centrarnos en el capítulo 11, que tituló 'El falo y la madre insaciable'.
[0:00]Lacan, ya sabemos, siempre buscando volver a Freud, ¿no?, corrigiendo lo que él consideraba desviaciones en el psicoanálisis de su época.
[0:00]Este capítulo es clave porque los lleva al corazón de cómo se estructura el sujeto.
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[0:00]Bienvenidas y bienvenidos. Hoy nos sumergimos en un texto, bueno, un texto denso pero fundamental, el Seminario 4 de Jacques Lacan. Vamos a centrarnos en el capítulo 11, que tituló 'El falo y la madre insaciable'. Tenemos este capítulo aquí y la idea es, eh, desentrañar un poco las ideas clave de Lacan sobre la frustración, el deseo materno y también ese concepto central y que a veces se malinterpreta tanto, ¿no?, el del falo imaginario en la relación madre-hijo temprana. Lacan, ya sabemos, siempre buscando volver a Freud, ¿no?, corrigiendo lo que él consideraba desviaciones en el psicoanálisis de su época. Pero, ¿qué significa realmente esto de madre insaciable? ¿Y qué rol juega el falo ahí? Vamos a meternos de lleno en cómo lo plantea Lacan en este texto. Exacto. Este capítulo es clave porque los lleva al corazón de cómo se estructura el sujeto. Y ojo, va mucho más allá de las necesidades biológicas básicas. Lacan insiste mucho y es importante en diferenciar al individuo, digamos, biológico del sujeto psíquico. Este sujeto emerge, nace y se mueve dentro de un orden simbólico que ya está ahí, ¿no? Un universo de lenguaje, de intercambios que lo precede y fundamentalmente lo forma. Así que aquí veremos cómo cosas como la frustración o el don o incluso la satisfacción de necesidades cambian radicalmente de sentido al entrar en esta dimensión, la simbólica y la imaginaria. Entiendo. Lacan empieza fuerte, cuestionando la idea común de frustración. Dice que pensarla solo como que al niño le falta algo concreto, real, como el pecho, por ejemplo, es quedarse corto. Así es, correcto, correcto. Lacan la reubica totalmente. La pone dentro de una dialéctica que desde el vamos es simbólica. La frustración posta, la fundamental no es simplemente que falte el objeto que calma una necesidad biológica. El giro que él introduce es el concepto de el don, el don, el regalo. Pero ojo, no opera a nivel de la necesidad. Opera en el nivel del intercambio simbólico que ya desde el principio envuelve al niño. Ah, o sea, el don como un regalo. Sí, pero su valor no está tanto en el objeto en sí, sino en que funciona como un signo, un signo de amor.

[2:32]Es algo que viene de, de un más allá, dice él, de la relación puramente objetal con la madre. Y ese más allá es justamente el orden simbólico, el mundo del lenguaje, del reconocimiento. Entendido. O sea que el gesto de la madre, el regalo, pesa más por lo que significa que por lo que es materialmente. Es como la señal de te veo, respondo a tu existencia. Exactamente, tal cual. Y este don, este signo de amor, se da o no se da en respuesta a lo que Lacan llama una llamada. Y esto es crucial entenderlo. Para Lacan, el niño, incluso con su llanto más básico, no está solo expresando una necesidad física, ya está llamando al otro. Ya está metido en esa red simbólica, demandando una respuesta que es, bueno, que es más que solo la satisfacción de la necesidad. Una demanda de reconocimiento, de amor, entonces. Eso mismo. Entonces, la frustración primordial se juega ahí. Es sentir que esa llamada no recibe como respuesta el signo de amor, el don simbólico. Esto puede pasar incluso si la necesidad biológica sí es atendida, ¿eh? Okay, okay, esto cambia bastante la perspectiva. Entonces, ¿qué pasa según Lacan cuando esa respuesta simbólica, ese signo de amor a través del don no llega? Pero sí se satisface la necesidad básica, por ejemplo, la madre va cuando el niño llora y le da el pecho, pero digamos sin ese componente simbólico de reconocimiento. Bueno, ahí, justo ahí se produce una transformación clave, como la describe Lacan. No es el objeto real, el pecho, la comida, lo que se vuelve símbolo directamente. Lo que toma el valor de ese símbolo que falta, de ese don de amor ausente, es la propia actividad que satisface la necesidad. La actividad. ¿Cómo sería eso? El modo de agarrar el objeto, el acto mismo de comer o de ser cuidado, esa actividad se carga con la significación que le falta al don. Lacan lo llama erotización de la necesidad. La satisfacción real, la biológica, viene como a tapar, a compensar la frustración que en el fondo es simbólica, la falta de respuesta a la llamada de amor. O sea, la actividad misma se inviste de un significado que, que va más allá de su función original. Entiendo. La acción de comer, por decir algo, se carga libidinalmente. Ocupa el lugar de ese reconocimiento simbólico que no estuvo. Lacan incluso mete el tema de la anorexia mental en esto. ¿Cómo se conecta eso? Suena radical. Sí, lo usa como un ejemplo límite, ¿no? Como una inversión de esta dinámica. En la anorexia, al rechazar el objeto de necesidad, al alimentarse de nada, como dice él, el sujeto parece que intenta poner un freno a la dependencia de esa figura materna que percibe como omnipotente. Lacan sugiere que al controlar el objeto del deseo materno, que, ojo, no es tanto la comida en sí, sino el deseo de la madre de que el niño viva, el niño, paradójicamente, se pone en el lugar del amo. Qué vuelta. Sí, la madre ahora depende del capricho del niño, comer o no comer, vivir o no vivir. Sería como una forma extrema de enfrentar y manejar esa omnipotencia que se percibe en el otro materno, usando la nada, el rechazo, como una herramienta de poder. Es una lógica compleja, sí, pero potente. Y todo esto, me parece, está super ligado al lenguaje, ¿no? Lacan insista mucho con el grito y critica cómo otros psicoanalistas de su tiempo veían la entrada del niño al lenguaje. Can, el grito infantil ya es una llamada, dirigida al otro, exigiendo respuesta. Y está metido desde el minuto cero en un sistema simbólico que ya existía antes que él. El ejemplo clásico que él retoma de Freud es el juego del for-da, ¿recordás? Claro, el del carretel. Exacto. El niño ahí no solo reacciona pasivamente a que la madre se va, sino que activamente domina la situación a través del juego simbólico con los significantes fort, fuera, y da, aquí. Antes de poder hablar, el niño ya está, como dice Lacan, bañado en el lenguaje. Se nutre de palabras, recibe el don de la palabra, que lo estructura tanto o más que la comida. Y de ahí vienen sus críticas a sus contemporáneos, menciona a Lowenstein, creo, y de pasada a Saussure, por no captar, según él, esta dimensión estructural del significante desde el inicio. Antes de seguir, ¿podríamos aclarar un poquito qué entiende Lacan por significante? Porque es una palabra clave acá. Fundamental, sí. Cuando Lacan habla de significante, se refiere a un elemento, puede ser una palabra, un sonido, un símbolo que representa algo para alguien.

[7:29]Pero lo crucial, y esto lo diferencia de una simple señal, es que el significante no tiene un significado fijo y único por sí mismo. Ah, ¿y entonces? Su valor, su significado, viene de su relación diferencial con otros significantes, dentro de una estructura, de un sistema, el lenguaje, el orden simbólico. No es un código donde cada señal tiene una traducción única, por eso critica a los que ven el lenguaje solo como una herramienta para nombrar cosas que ya existen o para expresar necesidades directamente. Para Lacan, el sujeto se arma en y por el lenguaje. El significante viene antes y estructura la experiencia humana, no es un simple reflejo de ella. Perfecto, con esa aclaración, llegamos a uno de los conceptos más, más potentes y quizá más difíciles de este capítulo, el falo imaginario. Y Lacan insiste hasta el cansancio, no se trata del órgano biológico masculino. Esto es clave para entender su argumento, ¿cierto? Significante. Repito, no es el pene real. Es el significante privilegiado del deseo del otro primordial, que en este contexto temprano es la madre. El significante del deseo de la madre. Exacto, representa aquello que el niño imagina que a la madre le falta y que por lo tanto ella desea por sobre todas las cosas. Es como la respuesta imaginaria a la pregunta que el niño se hace sin palabras, ¿Qué quiere mi madre más allá de mí? ¿Qué la haría sentirse completa? Lacan acá retoma el concepto freudiano de penis envy, la envidia del pene, pero lo saca totalmente de lo biológico y lo eleva a una función significante estructural en la dialéctica del deseo. Entonces, si es un significante, no es algo que se tenga o no se tenga físicamente, ni el niño ni la madre. Se trata más bien de cómo el niño se ubica respecto a ese significante del deseo materno. ¿Cuáles serían esas posiciones? Justamente. El niño, en esta etapa que Lacan llama imaginaria, puede intentar ser ese falo para la madre. Ser el falo. Sí, o sea, identificarse imaginariamente con eso que él supone que llenaría el deseo de la madre, ser el objeto que la completaría. O, la otra vía, puede identificarse con la falta misma que percibe en la madre, con eso que ella no tiene. Y esta dinámica está superconectada con lo que Lacan describió en el estadio del espejo, ¿no? Esa fascinación con la imagen unificada del propio cuerpo, pero también la angustia frente a la posible fragmentación y, clave acá, la percepción de que al otro, a la madre, también le falta algo.

[10:03]La relación no es solo niño-madre, digamos. Entiendo. Se mete un tercer elemento, el falo como significante del deseo materno. La relación del niño con su madre está mediada por cómo él se posiciona imaginariamente frente a ese deseo que él le supone a ella, organizado alrededor de este falo, imaginario. No es una díada simple, sino ya una estructura triangular muy temprano. Precisamente, una triangulación imaginaria fundamental. Y esta articulación nos lleva directo al concepto que le da título al capítulo y que como que condensa las consecuencias de esta dinámica. La madre insaciable. La frase es fuerte, ¿eh? ¿Qué implica exactamente dentro de esta lógica lacaniana? Bueno, deriva lógicamente de lo que venimos diciendo. Si el deseo de la madre está estructuralmente marcado por una falta simbolizada por el falo como aquello que ella no tiene y desea, y si el niño intenta ocupar imaginariamente el lugar de ese falo, intenta ser eso que llenaría la madre, ¿qué pasa inevitablemente? Que no puede serlo realmente. Exacto. Por definición estructural, el niño no puede ser ese falo. Ningún objeto real, ninguna persona, puede llenar esa falta que es constitutiva del deseo. Por lo tanto, desde la perspectiva del niño que se ubicó en esa posición de intentar ser el objeto falo, la madre aparece necesariamente como una figura cuyo deseo es, por estructura, insaciable. Haga lo que haga el niño, nunca va a ser suficiente para tapar esa falta materna. Ah, entonces la insaciabilidad no es necesariamente un rasgo de personalidad de la madre real, sino la posición estructural del deseo materno, como lo percibe el niño atrapado en esa dialéctica imaginaria, la de ser o no ser el falo. Justamente. Es una consecuencia de la estructura misma del deseo y de cómo el niño se identifica imaginariamente. Y esto, dice Lacan, es la fuente de la angustia primordial en esta relación temprana, el miedo a ser devorado por ese deseo materno insatisfecho. Ser devorado. Sí, es el temor a la disolución, a ser tragado, a perder los propios límites en ese abismo del deseo del otro que parece no tener fondo, porque estructuralmente no puede ser llenado por él, por el niño. Y esta angustia, este miedo a ser devorado por el deseo del otro materno, ¿cómo se conecta con la fobia? Lacan le dedica mucho tiempo en el Seminario 4 al caso Juanito y su fobia a los caballos. El miedo se desplaza a un objeto de afuera. Esa es exactamente la tesis que Lacan desarrolla con mucha fuerza en este seminario y que conecta directamente con este capítulo. La fobia parece como una formación sintomática, sí, una especie de solución que el sujeto encuentra para manejar esa angustia que es intolerable, la angustia ante el deseo del otro materno. El objeto fóbico, el caballo para Juanito, pero podría ser un lobo, arañas, lo que sea, funciona como un significante sustituto. ¿Y qué significa eso que sustituye? Ese peligro interno difuso, ese miedo a disolverse en el deseo insaciable de la madre, se condensa y se localiza en un objeto externo, concreto, delimitado. El caballo para Juanito se convierte en el significante de ese deseo materno amenazante y, paradójicamente, al poder tenerle miedo al caballo, Juanito puede organizar su mundo. Puede crear un afuera que da miedo, sí, pero es más manejable que esa amenaza interna que no tiene nombre ni forma. La fobia le da una estructura a la realidad, entonces. Exacto, estructura la realidad y le permite al niño mantener cierta distancia y una posición frente a esa angustia primordial. Lacan también menciona de pasada la función del ideal del yo como otro elemento que juega ahí, en esa compleja estructura del sujeto frente a la falta y el deseo del otro. Pero bueno, el foco principal acá es esa articulación, falo, deseo, angustia, fobia. Bien, ha sido un recorrido intenso, pero creo que muy esclarecedor por las ideas centrales de Lacan en este capítulo 11. Si intentamos como recapitular los puntos clave. Vimos cómo redefine la frustración, ¿no? La saca del plano de la necesidad biológica y la lleva al del reconocimiento simbólico, la llamada, el don. También vimos cómo la necesidad misma puede erotizarse, como dice él, cargándose de ese significado simbólico que falta. Y la insistencia fuerte en que el lenguaje, la estructura significante, no es algo que viene después, sino que nos arma desde el origen. El grito ya es una llamada dentro de ese orden. Concepto central del falo imaginario, no el órgano, sino el significante fundamental del deseo del otro materno. Es como la pieza que organiza toda la relación del niño con ese deseo, llevando a esa figura de la madre insaciable, no como un rasgo personal, insistimos, sino como una posición estructural percibida por el niño. Y que está en la raíz de esa angustia de ser devorado y, potencialmente, de salidas como la fobia. Sin duda, una perspectiva que complejiza mucho nuestra idea del vínculo temprano. Ciertamente, desafía cualquier visión lineal o simplista del desarrollo psicológico. El acento está puesto todo el tiempo en la estructura, la simbólica y la imaginaria en la que el sujeto aparece. Y en cómo la falta, la propia y la que se percibe en el otro, y el deseo del otro nos marcan de una forma imborrable. El falo en este contexto funciona como un operador, digamos, lógico-simbólico, esencial para articular el deseo, la falta, la identificación y la angustia en esa relación primordial. Es una herramienta conceptual potente, ¿no?, para pensar la complejidad de cómo nos constituimos como sujetos deseantes, tal como lo presenta Lacan. Y para terminar una reflexión que quizás nos quede resonando. Si esta dinámica tan fundante que describe Lacan, la relación con el falo imaginario, con el deseo del otro, con esa sombra de la madre insaciable, está tan en la base de nuestra estructura psíquica inicial, ¿De qué manera sus ecos siguen sonando en nuestras relaciones adultas? ¿Cómo seguimos negociando, muchas veces sin saberlo, con la falta, con el deseo del otro, con esa herencia simbólica e imaginaria en nuestra forma de vincularnos, de amar, de buscar reconocimiento o a veces de temer ser devorados? Una pregunta que sin duda este capítulo de Lacan deja ahí vibrando.

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