[0:03]Fueron los niños los que me enseñaron a enseñar. Y yo recuerdo que le pregunté una vez a un niño. Si tienes tres caramelos, te puedes comer cinco? Y él me dijo, no. Yo le dije, muy bien, tesoro, ¿por qué? Me dice, porque vomito.
[0:27]Sabes que hice yo? Le busqué su foto rápidamente y puse no razona. Días más tarde, eh, su mamá me explicaba que se había hinchado a chucherías, que había pasado una mala noche, que le había dicho, tú no puedes comer muchas chucherías, porque te vas a poner malito. Y entonces yo caí que quizás si razonaba. Que cuando yo le decía, si teniendo tres, te puedes comer cinco, él pensó, tres sí, pero cinco no, porque cinco son muchos. Si me como muchos, entonces me pongo malito. Muchas veces decimos que no razonan. Porque desconocemos la causa por la cual se expresan. Que las las respuestas que obtenemos no coincidan con las que esperamos, no significa, en modo alguno, que no razonen, ¿no? Sino simplemente que hay discrepancia entre lo que nosotros deseamos y lo que obtenemos. Eso lo he aprendido de los niños. Recuerdo una vez que yo tenía que enseñarles para que distinguieran entre el objeto como realidad y la representación del objeto. Entonces yo dibujaba fatal y se me ocurrió a coger una lámina de un plátano, ¿no? Y yo preparaba esto muy bien en mi casa por la tarde y decía, les voy a enseñar la lámina del plátano y les voy a decir, ¿qué veis? Y entonces ellos van a decir, un plátano, y entonces yo diré, coméroslo, y ellos me van a decir, no se puede, porque está dibujado. Y yo ahí entraré en una canalización perfecta para, verdad, distinguir el objeto real de su representación. Mi clase está perfectamente preparada. Así que cuando llegué al día siguiente, saqué mi lámina del plátano y les dije, ¿qué veis? Todos, un plátano, digo, vamos bien. Vamos bien, vamos según el guion. Ah, y les dije, coméroslo, y todos empezaron, Ñam, ñam, ñam. Y mira, yo me quedé así. Y yo le dije, ah, está rico. Y y uno, sí, está muy rico. Y el otro dice, mi abuelo dice que que comer mucho, dice, mi abuelo va a venir a vivir con nosotros. Y ya nos habremos, el tema ya no es el plátano, ni la representación, el tema es el abuelo. El abuelo. ¿Qué aprendí? Pues aprendí a a imaginar respuestas que jamás antes hubiera podido sospechar. Aprendí a a enseñar desde el cerebro del que aprende con esas posibles respuestas. Una vez les dije, a, dime tres frutas, y me dice uno, tres melocotones. Y digo, vamos a ver. Que te he dicho tres frutas, porque uno oye, también tiene carácter. Y él me me dice, y tres melocotones son tres frutas. Digo, pero tres frutas, tesoro, de frutas, un melocotón, una fruta. Mmm, otra, y ya están siempre los que te siguen, sabes. Y ya se lo van diciendo. Bueno, pues logramos que las tres frutas fueran melocotón, pera y plátano, por ejemplo. Fíjate, que a los dos días venía en el libro este problema. En una cesta hay tres melocotones y dos peras, ¿cuántas frutas hay? Me dice el niño, dos.
[3:54]Y yo decía, ah, que lleva razón. Que una de dos, o la he liado yo antes, o la he liado yo ahora. Pero esto tiene que, esto tiene que aclararse. Así que aprendí a enseñar desde el cerebro del que aprende. Aprendí a adaptar mi mirada a su mirada infantil. Ah, en otra ocasión, yo recuerdo que les decía, mirad, estoy entre las cortinas y entre la pizarra. Y entonces yo les decía a los niños, habéis entendido? Entonces decían que sí siempre. Dije, a ver, eh, Roberto, ponte entre Marta y Azucena. Y entonces Roberto se quedó quieto en su sitio, de pie, e hizo esto. Me enseñaron a escuchar. Pero escuchar es preguntarse por qué dicen lo que dicen, por qué hacen lo que hacen. Y en definitiva, si nos damos cuenta, lo que hace cualquier investigador es escuchar. Es escuchar. Es contar con el otro. Así que yo pensé, claro, él hace esto, porque a mí me ve hacer esto entre entre. Así que yo puse una papelera, un paraguas, un balón, y entonces yo me pongo aquí, donde está el paraguas y el balón, y les digo, dónde estoy yo? Digo, vamos a ver si lo ven ya. Y me dicen, en el suelo. Sí, es verdad que estoy en el suelo. O sea, que hacen pensar que quizás el adulto sea un niño empobrecido. Así que yo sigo en mi manera de programar y de invitarles a que en definitiva digan lo que yo quiero oír. Sí, en el suelo, pero también, dice uno, con nosotros.
[5:46]Y yo decía, pero es que no va a terminar el tema. Digo, sí, tesoro, con nosotros, con vosotros, en el suelo. Pero, ¿dónde estoy? Y dice uno, con Dios. Digo, se acabó. Se acabó el tema.
[6:05]Qué me enseñaron los niños? Todo. Me enseñaron que no existe método de enseñanza superior a la capacidad de aprendizaje de la mente humana. Me enseñaron que cuando mi método falla, cuando lo que yo tengo planeado no llega a producir el aprendizaje deseado, no puedo decir, el que tiene dificultades es el niño que me mira. Tengo que plantear en modificar el método que llevo. Me enseñaron a callar para que hablaran ellos. Son tus silencios los que conquistan su voz. Me enseñaron todo. Y me siguen enseñando todo.



