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Arte bizantino. Artes plásticas. Características generales

Ignacio Sobrón

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[0:01]Al igual que la arquitectura, estas artes estuvieron al servicio del emperador y de la iglesia y se caracterizaron por su intención didáctica y propagandística, así como por su simbolismo.
[0:01]Es por ello que sus temas son habitualmente representaciones religiosas, áulicas o mixtas.
[0:01]Las imágenes, iconos en griego, tenían ante todo una función simbólica, por lo que estuvieron sometidas a rígidas reglas canónicas fijadas por las autoridades imperiales y religiosas.
[0:01]Por ello, las artes plásticas bizantinas no pretendían imitar a la naturaleza, sino más bien representar una relación espiritual entre el orden divino y el terrenal, bajo estrictas normas teológicas y plásticas.
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[0:01]Las artes plásticas bizantinas tuvieron enorme influencia en todo el mundo medieval por la creación de unos modelos representativos fijos y una iconografía que tendrá enorme repercusión posterior, así como por el establecimiento de unos principios estéticos que se repetirán continuamente. Estuvieron representadas por la escultura, especialmente el relieve, por la pintura, tanto mural como miniaturas o los característicos iconos bizantinos, y por el mosaico con el que revestían interiormente sus construcciones. Si bien en los primeros tiempos del Imperio se mantuvo un cierto clasicismo de herencia romana, tras la crisis iconoclasta del siglo octavo y el posterior restablecimiento del culto a las imágenes en el siglo noveno, se impusieron los modelos típicos del arte bizantino, trascendentes y deshumanizados, a los que se tuvieron que ajustar las imágenes y que eran fijados por pautas teológicas. Al igual que la arquitectura, estas artes estuvieron al servicio del emperador y de la iglesia y se caracterizaron por su intención didáctica y propagandística, así como por su simbolismo. Es por ello que sus temas son habitualmente representaciones religiosas, áulicas o mixtas. Su intención era mostrar la grandeza y suntuosidad del emperador y de la Iglesia bizantina, recreando ambientes místicos y reales que sugiriesen la omnipotencia divina y del emperador, así como transmitir mensajes religiosos y políticos, simples e indubitables, dentro de la ortodoxia característica del mundo bizantino. Las imágenes, iconos en griego, tenían ante todo una función simbólica, por lo que estuvieron sometidas a rígidas reglas canónicas fijadas por las autoridades imperiales y religiosas. Por ello, las artes plásticas bizantinas no pretendían imitar a la naturaleza, sino más bien representar una relación espiritual entre el orden divino y el terrenal, bajo estrictas normas teológicas y plásticas. Por ello, prestaron mayor atención a los aspectos simbólico-expresivos que al realismo, imponiéndose la claridad del mensaje a la belleza formal. Primaron los estereotipos simbólicos y claros y lo esencial frente a lo anecdótico, llegando a renunciar al naturalismo en favor de convencionalismos representativos que subrayasen las ideas vinculadas a la divinidad y al poder. Si bien representaron formas humanas reconocibles, estas se estilizaron e idealizaron, subrayando su carácter espiritual y atemporal, convirtiéndose en arquetipos espirituales y en representaciones alejadas de la realidad sensorial, cuya definición formal y proporciones estaban previamente establecidas mediante estrictas reglas. De aquí derivan sus principales convencionalismos formales de carácter anticlásico y que influirán poderosamente en el arte cristiano medieval. Entre ellos, cabe destacar la rígida ley de frontalidad a la que están sometidas las figuras y su aspecto lejano y hierático, de apariencia estática y congelada. Son figuras planas y carentes de volumen, habitualmente delimitadas por contornos. Normalmente presentan un canon alargado que sugiere su dimensión espiritual, adoptando un aspecto esquemático y estilizado. Son frecuentes los convencionalismos estereotipados en las representaciones, como los característicos pies en V. Sus cabezas, habitualmente son desproporcionadas, sin expresar sentimientos ni emociones, y suelen representarse de frente, destacando tan solo una intensa expresión interior espiritual, resaltada por una nariz recta, un ancho cuello y ojos globulares y saltones. Salvo en el caso de los personajes más importantes, las figuras están poco individualizadas y se representan aisladas, sin apenas relación entre ellas, predominando la seriación en rostros y actitudes y siendo muy habitual la isocéfalia. Las composiciones son sencillas, de aspecto presentativo, predominando la simetría y el estatismo y siendo frecuente la desproporción. El tamaño y ubicación de las figuras suele estar en relación con su importancia jerárquica, normalmente con el emperador o con la divinidad. El color deja también de referirse a la naturaleza y se convierte en simbólico, adoptando un aspecto irreal y sugiriendo atmósferas suntuosas de carácter místico y sobrenatural, subrayando el mensaje trascendente de la representación. Así, por ejemplo, el dorado simboliza la luz de Dios, el blanco la vida nueva, el rojo, el sacrificio o la pasión de Cristo, el azul, la santidad, el púrpura, el poder imperial, el verde, el mundo terrenal, etcétera. Los fondos arquitectónicos o de paisajes prácticamente desaparecen y son sustituidos por fondos planos, dorados, azules o por elementos simbólicos que acentúan el carácter místico-religioso de las escenas. Como es un arte para ser contemplado con los ojos del espíritu, no interesa recrear la sensación espacial ni volumétrica, por lo que desaparecen el modelado y la representación tridimensional del espacio de origen romano. Se desarrollan tan solo sistemas de perspectiva axonométrica e invertida y en ocasiones se combinan varios puntos de vista en la misma imagen, permitiendo el fácil reconocimiento de los objetos representados. En la escultura predominó el relieve, tanto en piedra, como especialmente en marfil. Hasta la época de Justiniano se mantuvieron ciertos aspectos clásicos, como se aprecian en el díptico Barberini. Posteriormente, la escultura se caracterizó por un mayor alejamiento del naturalismo, una mayor rigidez y hieratismo y un relieve de carácter más plano. También destacó la orfebrería, que junto a los esmaltes cloisónné y a las piedras preciosas, incorporaba esculturas, como ocurre en la famosa Paladoro de la Catedral de Venecia. En pintura se cultivó tanto la pintura mural y las miniaturas, como sobre todo la pintura de caballete sobre tabla, y habitualmente al temple, en los conocidos iconos bizantinos. Estas tablas eran representaciones de imágenes religiosas, pero suponían mucho más que una simple pintura. Eran casi una presencia de lo divino en la tierra, una especie de teofanía, recordando mucho a lo que significaron las reliquias en el mundo occidental. El mosaico fue una de las principales artes del mundo bizantino, herencia del mundo tardorromano y paleocristiano, y se destinaban al revestimiento de los muros, bóvedas y cúpulas de sus iglesias. Con ellos no solo recubrían de modo suntuoso los materiales pobres de sus construcciones, sino que con su brillo y la incidencia de la luz recreaban ambientes místicos y espirituales que ayudaban a transmitir mensajes simbólicos asociados al poder del emperador y de la Iglesia. Como en Roma, fue habitual la combinación de las técnicas del opus tesellatum con el opus vermiculatum, empleando teselas no solo de piedras y de mármol, sino también vidriadas de diferentes colores, o incluso recubiertas con láminas de oro y de plata para acentuar la sensación de riqueza. En los palacios e iglesias, estos mosaicos se disponían siguiendo rígidas reglas preestablecidas, de acuerdo con el protocolo jerárquico de la liturgia y de la sociedad bizantina y mostraban el reflejo del orden divino del universo que se correspondía a su vez con el propio orden imperial. Es por ello que los temas y figuras se ubicaban en uno u otro lugar, según su mayor o menor importancia, tanto en sentido vertical como longitudinal. Para los personajes más sagrados, como Dios Padre, Cristo, la Virgen e incluso la familia imperial, se reservaban las cabeceras y ábsides de las iglesias, especialmente sus partes más elevadas en las cúpulas y en las bóvedas.

[10:16]Los santos, patriarcas, profetas o el mundo de la Iglesia militante contemporánea, se disponían a lo largo de las naves o en niveles inmediatamente inferiores, mientras que las zonas más bajas y de menor importancia estaban destinadas al mundo terrenal. Los principales temas iconográficos, en parte heredados del mundo paleocristiano, quedaron fijados tras la superación de la crisis iconoclasta y ejercieron una influencia fundamental en todo el arte cristiano occidental.

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