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Independencia del Perú: Corriente Libertadora del Norte | Bicentenario del Perú | 3/3

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[0:00]Establecidas las bases republicanas de la Constitución redactada por Faustino Sánchez Carrión, se procedió a debatir su aprobación, la misma que se dio el 12 de noviembre de 1823, promulgándose 8 días después.
[0:00]El Congreso, por su parte, dispondría que solo un poder dictatorial sería capaz de enfrentar la lucha armada que se llevaba a cabo contra los españoles.
[0:00]Con Bolívar aceptando la más extraordinaria de las dictaduras, y con el General Necochea como Jefe Político y Militar de la capital, la autoridad de Torre Tagle cesó y la Constitución quedó suspendida.
[0:00]Bolívar, entre tanto, se había retirado, enfermo de paludismo, a Pativilca y desde ahí observaba la traición de Torre Tagle y de otros políticos que lo siguieron.
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[0:00]Luego del fracaso que significó la campaña de puertos intermedios para las fuerzas patriotas, Riva-Agüero en su obstinación por mantenerse en el poder, buscaría un acercamiento con La Serna, a fin de negociar directamente con España. La respuesta de La Serna no se haría esperar, mas esta no llegaría a las manos de Riva-Agüero, sino a las del mismo Simón Bolívar, descubriéndose así, sus intenciones de entregar el gobierno a la aún virrey del Perú, siendo por ello apresado el 25 de noviembre de 1823 y deportado a Europa, pese a la orden de fusilamiento en su contra dictaminada por Torre Tagle. Proyecto Pañaca presenta: Independencia del Perú. Capítulo final: La Corriente Libertadora del Norte. Establecidas las bases republicanas de la Constitución redactada por Faustino Sánchez Carrión, se procedió a debatir su aprobación, la misma que se dio el 12 de noviembre de 1823, promulgándose 8 días después. Sin embargo, esta Constitución era provisoria, ya que estaba sujeta a la ratificación de un Congreso General una vez concluida la guerra independentista, la misma que aún no tenía desenlace cierto, puesto que el ejército español, alentado por sus victorias y la desunión patriota, ya marchaba sobre la capital. El 5 de febrero de 1824, el Castillo del Real Felipe sería capturado y entregado a los españoles por el mulato Dámaso Moyano y el sargento Oliva, ambos pertenecientes al batallón del Río de la Plata, quienes cansados de la falta de pago y el abandono en el que se encontraban todas las divisiones que no pertenecían al ejército grancolombiano por parte del gobierno peruano y del mismo Bolívar, se amotinaron y apresaron al resto del contingente patriota que se encontraba en el lugar, entre ellos, Rudecindo Alvarado. Así, los insurgentes liberaron al español José de Casariego, reconociéndolo como jefe de la fortaleza, quien se encargaría de comunicarle la noticia a las fuerzas realistas, las mismas que no dudaron en enviar al General José Ramón Rodil a su encuentro, hecho que se produjo el 29 del mismo mes. Bolívar, entre tanto, a pesar de las atenciones y privilegios que recibía su ejército en comparación de sus pares argentinos, chilenos y peruanos, levantaría quejas al Congreso del Perú, manifestando las necesidades del ejército grancolombiano que había partido hacia Arequipa, y amenazando que, de no ser cubiertas, él se vería en la penosa decisión de abandonar el país junto a su ejército. El Congreso, por su parte, dispondría que solo un poder dictatorial sería capaz de enfrentar la lucha armada que se llevaba a cabo contra los españoles. Por ello, a pesar de ya haber conferido a Simón Bolívar poderes por encima de los del Presidente, decretó la suprema autoridad política y militar al Libertador, quedando Torre Tagle suspendido en sus labores de mandatario, estableciendo además, de manera vergonzosa, su propia disolución y entregando a Bolívar la facultad de volver a reunir el Congreso cuando él así lo considere. Con Bolívar aceptando la más extraordinaria de las dictaduras, y con el General Necochea como Jefe Político y Militar de la capital, la autoridad de Torre Tagle cesó y la Constitución quedó suspendida. Sin embargo, este no se quedaría con los brazos cruzados, tomando la determinación, tal y como lo hiciera Riva-Agüero meses atrás, de iniciar las negociaciones con Canterac, con el objetivo de celebrar un tratado con el Virrey La Serna bajo la base de la salida de Bolívar del Perú. Dichas negociaciones serían descubiertas al caer una de las cartas que Canterac le dirigía en manos de Necochea, por lo que Tagle decidiría abandonar completamente sus ideales patriotas pasando a enfiarse a las tropas realistas, develando planes de campaña y documentos al enemigo. Asimismo, anunció que había resuelto en su corazón ser español. Mientras tanto, la escuadra española que se encontraba en Lima, nombraría a Rodil como Gobernador del Real Felipe, y pondría a Mateo Ramírez al frente de la Capital, partiendo luego con el resto del ejército a la Quebrada de San Mateo, llevando consigo a prisioneros patriotas, quienes serían fusilados por orden del General Monet, encontrándose entre ellos los capitanes Domingo Millán y Manuel Prudán. En el Callao, el Capitán Guise, que había acompañado a Riva-Agüero durante su mandato presidencial y se había mantenido fiel a la causa patriota, situado en la Isla San Lorenzo, hostilizaba cuanto le era posible a la Fortaleza del Callao y a los buques de la bahía. Bolívar, entre tanto, se había retirado, enfermo de paludismo, a Pativilca y desde ahí observaba la traición de Torre Tagle y de otros políticos que lo siguieron. Restablecida su salud, se trasladó hacia Trujillo, declarando a la ciudad Cuartel General del Ejército, y desde ahí solicitó más auxilios a la Gran Colombia, Argentina y a Chile, recibiendo la negativa de estos últimos, siendo solo escuchado por el gobierno grancolombiano. Por otro lado, el General La Mar, formó un cuerpo militar denominado Ejército del Perú, quedando Sucre a cargo del ejército del Norte. La Serna, que permanecía en Cusco, se vería obligada a aceptar la abolición de la Constitución española y aceptar el restablecimiento del poder absoluto que impuso Fernando VII, una vez restituido en el trono. lo que generó discordia y enfrentamientos entre las huestes realistas. Bolívar, en consecuencia, reconcentraría el ejército en el Valle de Huaraz, seccionándola en tres divisiones, dos colombianas bajo las órdenes de Lara y Córdoba y la tercera peruana al mando de La Mar, mientras que la Jefatura del Estado Mayor recayó en Sucre, partiendo todos en junio de 1824 hacia Pasco, al enfrentamiento con los realistas. Canterac supo muy tarde de la aproximación de Bolívar, encontrándose con las tropas patriotas el 6 de agosto en la Pampa de Junín. Eran las 5 de la tarde cuando el ejército realista, bajo el mando de Canterac, cargó sobre los patriotas, al mando de Mariano Necochea, haciendo que estos pierdan el orden, hasta que el escuadrón Húsares del Perú, bajo el mando del Coronel Isidoro Suárez, viendo a los realistas perseguir a la caballería grancolombiana, cargaría sobre ellos por la retaguardia, conteniendo la fuga de los escuadrones patriotas y permitiendo que el General Guillermo Miller reorganice sus fuerzas y las empuje al ataque, consiguiendo que los realistas abandonen el campo de batalla, logrando la victoria patriota. En esta batalla no se oyó un solo tiro de fusil, puesto que fue librada al brillo de los sables y filo de lanzas. Por ello, es conocida como Batalla de los Sables o Batalla sin Humo. Con la victoria de Junín, Bolívar regresa a Lima, dejando al mando al jefe del ejército a Sucre. Ya en Pativilca, vuelve a solicitar los auxilios a la Gran Colombia, puesto que sabía que La Serna reconcentraba sus fuerzas en Limatambo. Así, el 18 de noviembre, las fuerzas realistas se dirigían al camino de Huamanga, hoy Ayacucho, bordeando al ejército patriota, el mismo que emprendía su marcha hacia Andahuaylas, aguardando el enfrentamiento. El 3 de diciembre se daría un encuentro de ambas fuerzas en Matará, siendo los patriotas sorprendidos por la división de Valdés, quien si bien les ocasionó pérdidas humanas y materiales, no melló en el ánimo de Sucre ni de su ejército. Así, luego del enfrentamiento, ambas escuadras continuarían su marcha una a la vista de la otra, sin comprometerse a un choque frontal hasta el 9 de diciembre, cuando llegaron a Pampas de La Quinua, a 12 km de Huamanga, día en que se debía decidir la suerte de toda América. A las 10 de la mañana el fuego se rompería, iniciándose la batalla. El ejército realista arremete y el patriota resiste a la voz del General Córdoba, quien los alienta al grito de a paso de vencedores. Valdés intenta organizar a los realistas, sin embargo, ya todo está perdido.

[8:19]A la 1 de la tarde, la victoria es declarada y La Serna y sus generales tomados prisioneros, sellándose así la Independencia del Perú y de América, brillando en Ayacucho el sol de la libertad. Perdida la batalla, Canterac convocó a una junta de guerra, manifestando la imposibilidad de continuar la lucha por la reconquista del Perú, sugiriendo capitular ante las fuerzas patriotas, siendo esta opción reforzada por La Mar, quien se apersonó a la reunión, asegurando a los oficiales realistas que Sucre aceptaría una capitulación honrosa. La oferta fue aceptada, siendo Canterac el llamado a representar a las fuerzas realistas, aceptando la derrota y reconociendo la Independencia del Perú. La Capitulación de Ayacucho aceptada por Sucre no pudo ser más grande y generosa para los españoles, puesto que aceptó, entre otras concesiones, que todos los integrantes del ejército realista regresen libremente, con todo pagado por el Estado peruano a su país y mientras alistaban su marcha, el Estado español también debía pagarles medio sueldo. Asimismo, el Perú reconocía la deuda contraída hasta ese día por la hacienda del gobierno español en el territorio, quedando todos los jefes españoles en completa libertad para permanecer en el país o regresar a su patria. Destruido el ejército realista, el General Gamarra se dirigió al Cusco a reclamar la plaza, siendo alcanzado posteriormente por Sucre, quien continuó su marcha hacia el Alto Perú. En Lima, la noticia del triunfo patriota llegaría recién a mediados del mes de diciembre, haciendo oídos sordos a esto, los realistas que se encontraban atrincherados en la Fortaleza del Real Felipe, comandados por Rodil, quien no aceptó la Capitulación firmada por Canterac, preparándose para soportar una larga resistencia, confiando en que de alguna manera, llegarían auxilios de España. El 1 de enero de 1825, derrotado el Virrey La Serna, se embarcaría hacia España con toda su comitiva, zarpando 2 días después en medio de una salva de artillería, como últimos honores al último Virrey del Perú. Con la partida de La Serna, Bolívar convocaría al Congreso para el 10 de febrero de 1825. Sin embargo, este se negaría a sesionar, procediendo a prorrogar la dictadura de Bolívar hasta 1826, pudiendo este ampliar el plazo si así lo viera conveniente. El Congreso volvería a clausurarse el 10 de marzo, dejando sin vigencia la Constitución de 1823. Mientras tanto, dentro del Castillo, la situación se hacía insostenible con el paso de los meses por la cantidad de personas que se habían refugiado en la fortaleza. Entre ellas, Torre Tagle y su familia, debido a que los víveres comenzaban a extinguirse, por lo que Rodil comenzaría a expulsar a aquellos que consideraba inútiles. Los mismos que, si bien al inicio, salían sin oposición de los patriotas, luego serían sometidos a fuego abierto, al develarse que su salida ayudaba a alargar las existencias de los alimentos, haciendo más larga la última resistencia realista. A pesar de ello, la suerte de los que quedaban dentro tampoco era muy ventajosa, debido a que la peste de escorbuto hizo presa de ellos, haciendo perecer a grupos enteros, entre ellos, el mismo Torre Tagle y su familia, quien murió, como lo había decidido, como fiel súbdito de la Corona española. El Castillo se rendiría finalmente el 23 de enero de 1826, otorgándose a sus ocupantes la amnistía general, dándoles el derecho a los honores de guerra, entre otras concesiones ventajosas y demás benevolencias, cayendo así el último bastión realista de América. Es cierto que la Independencia del Perú fue producto de un movimiento continental conducido por criollos como San Martín y Bolívar, que buscaban asegurar a su vez la libertad de sus propias naciones, independizando al Perú. Sin embargo, esta fue concretada gracias a muchos peruanos que anhelaron durante siglos los recursos militares y logísticos para liberarse del terrible yugo que los oprimió durante 300 años. Estos se vistieron de gloria como soldados de los ejércitos de los Libertadores, expulsando finalmente a los invasores extranjeros de sus tierras. 200 años después de aquel esfuerzo, aún nos queda pendiente hacer honor a su sacrificio y ansias de libertad, librándonos de otros poderosos enemigos que hoy nos oprimen, como la ignorancia y la corrupción. Esa es la tarea y como lo dijera el gran poeta César Vallejo: "Hay, hermanos, muchísimo que hacer". Somos Proyecto Pañaca, suscríbete, comenta y comparte nuestra historia.

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