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Ofrecer para reparar (Charla a adolescentes)

En ti confío

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[0:00]A ver, este es el título de la reflexión que hoy quiero hacer con vosotros, ¿no?
[0:00]Igual los que puedan ver esta charla después a través de YouTube, digan, pero de qué cosas les habla el obispo a unos adolescentes?
[0:00]Pues mi madre muchas veces me decía, oye, José Ignacio, ofrécelo, ofrécelo a Dios, venga, y vamos para adelante que no pasa nada.
[0:00]Entonces, sí, aunque alguno le parezca raro, yo voy a hablar de eso de ofrecer para reparar.
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[0:00]ofrecer para reparar. A ver, este es el título de la reflexión que hoy quiero hacer con vosotros, ¿no? Ofrecer para reparar. Y alguno dirá, pero qué es eso, ¿no? Igual los que puedan ver esta charla después a través de YouTube, digan, pero de qué cosas les habla el obispo a unos adolescentes? Ofrecer para reparar, ¿no? Es una cosa un poco rara, ¿no? Bueno, pues la verdad es que yo os voy a decir que esta palabra de ofrecer a mí me trae al recuerdo mi infancia, mi adolescencia, donde mi madre con mucha frecuencia cuando había ocurrido algún pequeño contratiempo de esos que ocurren con frecuencia en la vida, porque tenías un plan y de repente ese plan no sale, hay que hacer otra cosa, hay que recalcularse, hay que rediseñar lo que tenías programado, ¿no? Y te fastidia y te te te te incomoda, ¿no? Pues mi madre muchas veces me decía, oye, José Ignacio, ofrécelo, ofrécelo a Dios, venga, y vamos para adelante que no pasa nada. Yo esa frase la recuerdo con frecuencia, venga, ofrécelo y tira para adelante. Entonces, sí, aunque alguno le parezca raro, yo voy a hablar de eso de ofrecer para reparar. Ya sé que mucha gente que puede decir, pero bueno, pero qué cosas les hablan a los jóvenes en la iglesia Católica. No sería más útil hablar de otros eslóganes, de otros eslóganes más prácticos, ¿no? Por ejemplo, superarse para triunfar, eh, trabajar para prosperar. Esfuérzate, esfuérzate, eh, pues para poder superarte, ¿no? Eso, ese eslogan se entendería mucho mejor, sin duda, se entendería más fácil. Eso conjuga mucho con el discurso actual. Esfuérzate, sé tu mejor versión de ti mismo para lograr tus metas, mejora cada día. Bien, de acuerdo, eso pues está bien, eh, pero sin embargo, eso lo dice todo el mundo. Eso no es específico del cristianismo, no, eso deja muchas cosas sin contestar, ¿no? El mundo dice, vales por lo que creces, vales por lo que alcanzas, vales por lo que eres capaz de conseguir, pero Jesús dice otra cosa. Jesús dice, vales por lo que ofreces. Vamos a intentar explicar esto la charla de hoy, ¿de acuerdo? Vales por lo que ofreces. Por eso el título de la charla es ofrecer para reparar. O por ejemplo, puede haber otros muchos eslóganes, muchos eslóganes que estarían muy bien vistos, ¿no? A ver, despreocúpate, desagóbiate para encontrar tu paz. También sería un eslogan que sonaría muy moderno, hay que desahogarse y encontrar la paz interior, ¿no? Suena moderno, terapéutico, atractivo. Suelta el pasado, pasa página, cuídate, priorízate, eh, bien, está muy bien. Bien, pero sabes lo que pasa, que quien tiene este, este eslogan, lo que busca es el estar mejor. Pero el Evangelio no busca que estemos mejor, busca que amemos más, que no es exactamente lo mismo, ¿sabes? El Evangelio no dice, vive relajado, relájate. No, el Evangelio dice, ama, ama y serás feliz. El mundo dice, evita el dolor. Cristo dice, transforma el dolor en amor, ofrece tu tu dolor por amor, que es distinto. Otros eslóganes que también pues hubiesen estado muy bonito, ¿no? Rodéate de lo que te ayuda y aléjate de lo tóxico. Eso también es muy de nuestros días, ¿sabes? Eso también es muy guay. Es un mensaje muy guay, eh. Aléjate de las personas tóxicas. Fuera situaciones incómodas, ¿no? Quítate todo lo que te agobia. Pero el sensus Cristiano va por otro lado. Porque a veces precisamente eso que te cuesta es tu tesoro, que estás llamado a ofrecer a Dios. Y no escaparte de ello, no a huir de ello, sino ahí tienes tú el escenario de tu santificación, eh. Estás llamado a ofrecer para reparar. Otro eslogan. Aprende a defenderte, eh, frente a los que te agreden. No te dejes pisar, eh, eso también está muy visto, ¿no? Que nadie te falte al respeto. Hazte valer, responde, ¿no? Responde a los que van de chulos. Pero el Evangelio va por otro lado. A veces callarte, perdonar, tener paciencia, soportar tiene un valor infinito para Dios y por eso uno tiene que aprender a ofrecer las cosas para reparar. O un eslogan más, ya voy a dejar de citar eslóganes, pero bueno, otro eslogan guay, otra eslogan de de nuestro tiempo. Si algo no te, si algo no te gusta, cámbialo. Que es una mentalidad de control total de la situación. Yo quiero controlar toda mi vida y lo que no me gusta lo que, venga, que me traigan otra cosa, esto no me gusta. En la comida, eh, la ropa, en mis planes, en mi agenda, si algo no te, en las compañías de personas, joder, con este no le aguanto. Si algo no te gusta, cámbialo. Pero pero claro, ¿y cuándo no puedes cambiar las cosas? ¿Qué? Te vas a frustrar, te vas a frustrar, te vas a venir abajo. Pues de nuevo aquí está la clave cristiana. El camino de la santidad es, ofrécelo, aprende a ofrecer a Dios las incomodidades de la vida. Aprende a ofrecer a Dios por entender que es un don suyo, tantas cosas, ¿no? Tantas cosas que te que que nos acompañan, que nos acompañan en la vida. En definitiva, la propuesta que yo os vengo a hacer es distinta de la mentalidad de este mundo. Es ofrecer, ofrecérselo todo a Dios para reparar. Es una, una, una palabra muy de Fátima, ¿sabes? Muy ligada a las, a las revelaciones de Fátima, ofrecer a Dios todo cuanto nos pasa en esta vida como forma de reparación. Lo voy a decir con un lenguaje así menos teológico y más, digamos, a pie, a pie de, de calle. Aprovecha todo lo que te pasa. Todo lo que te ocurre en tu vida, tenemos que aprovecharlo como el escenario en el que Dios quiere mi santificación. No estés soñando en, a ver si cambia el escenario, a ver si me cambia las cosas. A ver si las cosas me empiezan a ir mejor para empezar a, entonces sí, si cambia el escenario, yo podré, no, no, no, no, en la situación en la que estás ahora, ¿no? Aprovecha todo lo que te ha pasado. Saca de ello una oportunidad de hacer una ofrenda a Dios. Y entonces, claro, esto es otra mentalidad distinta de la de este mundo, ¿no? Este mundo dice, disfruta los éxitos. Y Cristo te dice, disfrútalos y ofrécelos a Dios, porque son un don suyo. Este mundo te dice, evita el sufrimiento. Y Cristo te te dice, únelo a mi cruz para que tus sufrimientos sean redentores. Este mundo te dice, huye del fracaso. Y Jesús te dice, convierte tu tu fracaso en una reparación, en una ofrenda humilde para reparar tu vida. Este mundo te dice, busca que te reconozcan, ¿no? Y Cristo te dice, haz las cosas en secreto por amor, que no se entere la mano derecha lo que hace la izquierda. El mundo te dice, cambia lo que no te gusta y Jesús te dice, si no puedes cambiar las cosas, ofrécelas a Dios como un tesoro de tu vida. Es decir, que el cristiano no desperdicia nada en su vida. Aquí no se desperdicia nada. Todo se aprovecha. La sabiduría, la sabiduría que está escondida detrás de esto está presente en la cruz de Jesús, en el ofrecimiento de Jesús en la cruz. Tú puedes hacer, o sea, cada uno de nosotros puede hacer más por el mundo aceptando con paciencia algo que no puede cambiar, algo que no le gusta. que haciendo muchas cosas que nos gustan. Este es un, entender esto, ¿sabéis? Se cambia la vida. Yo puedo hacer mucho más por el mundo, aceptando cosas que no me gustan, porque obviamente creo que ahora me toca aceptarlas. Que no haciendo cosas que solamente hago lo que me gusta, lo que me gusta y lo que me gusta. Esto en el fondo, por ejemplo, lo vemos claramente en la enfermedad. San Juan Pablo II dijo con respecto al sufrimiento, que el sufrimiento ofrecido tiene un valor infinito que el mundo desconoce. Que el mundo desconoce. Claro, esto es una auténtica sabiduría escondida. Yo conozco a algunas personas que, que han tenido que llegar, ¿no?, a una situación dura de un cáncer, de un cáncer, por cierto, esta mañana, me han pedido oraciones por una joven, ¿no?, que tiene una situación delicada de salud y yo hoy estoy pidiendo por ella. Pero claro, pero te voy a decir una cosa, y nosotros nos acercamos a Dios no solo para pedirle el don de la sanación, sino para comprender que aquí hay una sabiduría y es que yo con, yo no, yo no tengo que esperar a que Dios me cure ese cáncer para descubrir el tesoro de Dios, porque yo descubro que en ese cáncer o que en esa situación dura, hay una oportunidad para reparar el mal del mundo, ofrecer para reparar. Convertir todo lo que vives en amor que salva, en amor que salva. O sea, en conclusión, todo el mundo te dice, aprovecha la vida, ¿no? Y Jesús te enseña a darle valor eterno a la vida, ofrecer las cosas junto con Jesús a Dios Padre. Por eso, fijaros, hay un momento culminante en la misa que a mí por lo menos, es un momento en el que me pone los los pelos de punta. Cuando se coge a Jesús, a en la patena y en el cáliz, y el sacerdote lo levanta y dice, por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo. Es decir, por Cristo, con él y en él, lo ofrecemos todo, se le ofrece todo a Dios. Hasta mi deshonra, que me han ridiculizado. Hasta mis derrotas, yo no me voy a quedar hecho polvo con mis derrotas. No me voy a quedar hecho polvo con mis derrotas. Se lo ofrezco todo a Dios. Y en ese ofrecimiento, eso que era un revés pasa a formar parte de la redención del mundo. A ver, apliquemos esto a nuestra vida sin quedarnos en la teoría. Una experiencia vital. Os voy a hacer alguna pregunta y me gustaría que cada uno examinase su situación concreta. ¿Alguna vez has estudiado mucho y has suspendido? ¿Alguna vez has hecho un esfuerzo grande que nadie ha visto, que nadie ha valorado? ¿Alguna vez has conseguido algo importante y al día siguiente ya nadie se acuerda? ¿Alguna vez has tenido que callarte cuando querías contestar? ¿Alguna vez has tenido que aceptar cosas que no te gustaban? ¿A que sí? Obviamente, ¿eh? Entonces, todo eso puede convertirse, depende de cómo lo vivas, en una de dos. Puede ser oro puro, oro puro, oro eterno para ti, o se puede convertir en una queja inútil que te hace daño interiormente y te machaca. Pueden ocurrir con esas circunstancias dos cosas contradictorias. Si eso sabes ofrecerlo, si sabes ofrecerlo, es un, un momento, un momento clave de tu vida en el que das un paso de gigante. Pero claro, como no sepa ofrecerlo se convierte en una, una sensación de derrota, de fracaso, de desprecio de uno mismo, de autodesprecio, de estarme yo lamiendo mis, mis llagas, ¿no? Y la diferencia está en si sé ofrecerlo o no sé ofrecerlo. Por eso aquello que me decía mi madre, a ver José Ignacio, ofrécelo, ofrécele a Dios eso. No te quedes con eso paralizado, ofréceselo y seguimos caminando, ¿no? Entonces, Jesús ha querido que nos unamos a su pasión. Hay un texto que es, Carta de San Pablo a los Colosenses, capítulo primero, versículo 24 y dice, "Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo". A ver, los que a la pasión de Cristo le falte valor, lo que a la pasión de Cristo le falta es que tú te unas a ella. Dios ha querido que mi ofrecimiento se una a la pasión de Cristo. Porque no somos espectadores, cuando hacemos un vía crucis, no somos espectadores, somos colaboradores, colaboradores con Jesús. Somos Simón de Cirene. Somos Simón de Cirene. Entonces, esta es la clave. Simón de Cirene, pasaba por allí, le toca llevar una cruz. Ahora, ¿qué hace Simón de Cirene? Renegar y decir, pues soy un, soy un desgraciado. Yo pasaba por aquí y mira, mira la que me han enchufado. Pues pues pues, anda que mala suerte que he tenido. Mira qué mala suerte que he tenido. No sé por qué he pasado por esta calle, si hubiese pasado por la otra no me hubiesen aquí obligado a llevar la cruz de Jesús. He pasado por aquí y me ha caído encima esto. Me ha caído encima. A ver, esa es una manera de verlo, ¿no? Otra manera de verlo es, Jesús me ha permitido llevar su cruz. Y cuanto me ha acontecido hoy está unido a la cruz de Cristo. O sea, cada uno de nosotros somos Simón de Cirene, que puede hacer las dos interpretaciones de la vida. O yo soy un paria, ¿no?, soy un desgraciado porque todo me pasa a mí, todo me toca a mí y todo no sé qué. O decir, Jesús me ha permitido colaborar con él llevando la cruz, ¿sabes? Son dos interpretaciones de una misma realidad que te cambian la vida. Entonces, señores, ¿qué significa ofrecer? Ofrecer es cambiar la intención con la que vivo las cosas. Simón de Cirene, que en vez de estar renegado, diciendo, pero hoy qué mal día he tenido, cómo he podido pasar por este lugar en este momento, que me ha tocado llevar esta cruz. En vez de hacer eso, cambio de intención las cosas, ¿no? Y entonces paso por la ofrenda a entender que todo lo que me acontece está unido a Jesús. Por ejemplo, tienes que estudiar. Hay dos interpretaciones. Una es, vaya obligación tan, eh, antipática, que me ha caído encima. Otra es, yo voy a estudiar, pongo delante mío una estampa del Señor, de la Virgen María, le hago un ofrecimiento de este rato de estudio que voy a hacer en reparación por mis propios pecados y los de todo el mundo, y quizá, voy a por ello, porque le he ofrecido esto a la Virgen. Voy a hacer deporte. Voy a hacer deporte. Y lo puedo vivir como un rato de hobby, este es mi hobby, ¿no? O lo puedo vivir como un rato como una, una acción de gracias a Dios por el don de la vida. Voy a disfrutar este rato y lo voy a ofrecer a Dios como, eh, como unas expresión de acción de gracias de todo lo que él me ha dado. Me toca callarme, porque ha pasado habido un disgusto en la clase con los compañeros, pero me toca callarme. Puedo puedo sentirlo como una frustración o puedo sentirlo como una invitación a unirme a Jesús, que Jesús callaba y no se defendía. Y dice, y dice el Evangelio que cómo es que Jesús se calla y no se defiende, ¿no? He tenido un éxito. Lo puedo vivir como un orgullo que se me sube, ¿no? Que se me sube a la cresta. O puedo vivirlo como una oportunidad de dar gloria a Dios. He tenido un fracaso. Lo puedo experimentar como una rabia que me carcome o como una reparación que ofrezco a Dios. He tenido una enfermedad. Lo interpreto como una desgracia o como un altar donde puedo amar. A ver, pues eso, entonces dice la clave para qué es ofrecer es cambiar de intención en las cosas que me ocurren, ofrecerlas a Dios. Entender que hay un designio de amor en todas ellas, ¿no? Se le suele atribuir a Teresita de Lisieux una famosa frase. Recoger un alfiler por amor puede salvar un alma, que se refiere a pequeñas cosas, pequeñas cosas que haces. Pueden tener un valor grandísimo. Recoger un alfiler por amor puede salvar un alma. Desde un, y ese alfiler pues puede ser, aguantar un reproche sin venir ni abajo, rezar un momento, dar un mensaje de aliento al que está hecho polvo, para identificar esos alfileres. Os voy a hablar de tres tipos de situaciones para identificar esos alfileres que tenemos que ofrecer a Dios. Te parecen cosas pequeñas, pero que son muy valiosas. Hay tres tipos de alfileres, ¿no? Primero, los dones y los éxitos. En nuestra vida hay éxitos, ¿no? Que tenemos que reconocer como dones. Señor, esto que me ha salido bien es tuyo. Esto que me ha salido bien es tuyo. A ti sea dada la gloria, a ti la gloria, Señor. Y esto obviamente evita el orgullo y nos enseña a reconocer todo cuanto nos acontece como un don de Dios. Están también, en segundo lugar, los sacrificios ocultos. Esto que me cuesta, esto que me cuesta te lo voy a ofrecer por y suele ser bueno ponerle nombre y apellidos a por qué ofrezco las cosas. Lo voy a ofrecer por mi hermana pequeña que la he visto hecha polvo. Lo voy a ofrecer por esto que he visto en la televisión que me ha dejado impactado. He visto pues una escena de la guerra en la televisión y he dicho, joder, todo esto está pasando en el mundo. Y yo ofrezco, pues ese, pues ese sacrificio oculto por eso. También hay otro tipo de alfileres, unos son los éxitos, otros son los sacrificios ocultos. Hay otro tipo de alfileres, de pequeñas cosas que son lo que no puedo cambiar, las cosas que yo no puedo cambiar. A veces me toca decir, Señor, pues esto no lo entiendo, no lo entiendo, pero lo acepto y lo ofrezco. Fijaros, eh, hay muchas cosas que hay que decir, lo acepto, lo acepto, lo abrazo, lo ofrezco. Y ayuda muchísimo para hacer estos ofrecimientos, como os he dicho, el que uno ponga una intención concreta en el ofrecimiento. Esto lo voy a hacer por los misioneros, porque sé que hay misioneros que están en situaciones dificilísimas. Esto lo voy a hacer por los que están en la cárcel para que ese tiempo que que que viven en la cárcel sea un tiempo de de redención de su vida. Esto lo voy a hacer por los que están en el oncológico, especialmente los niños, o sea, es de gran valor, ponerle un rostro concreto a los ofrecimientos que hacemos. Es muy importante porque también eso nos motiva, nos hace caer en cuenta de que hay como, hay como una red que se llama la comunión del cuerpo místico de Cristo, que las cosas que que hace uno tienen influencia en el otro. Entre nosotros hay como unos vasos comunicantes. Dios ha querido que en la Iglesia entre el cielo, la tierra, incluso las almas del purgatorio, haya como unos vasos comunicantes. Yo por ejemplo os puedo decir que creo que soy testigo de esto, pues porque creo que soy un privilegiado, ¿no? Por por el hecho de que siendo obispo muchísimas almas te escriben, especialmente almas contemplativas, pero no solo. Carmelitas, y y y te y te dice que hacen un ofrecimiento, un ofrecimiento de su vida, ¿no? Pues por el por el obispo, por por su ministerio pastoral. Y a mí cuando recibo esas cartas me conmueven, porque entiendo que ese ofrecimiento que se hace es el que explica que yo pueda mantenerme en pie, ¿sabes? Y les suelo contestar esas cartas, esas cartas yo las contesto, todas las que son, son un tesoro, claro. Y yo esas cartas les digo, muchísimas gracias y algún día cuando estemos delante de Dios, veremos cómo nos hemos sostenido unos a los otros. Nos hemos sostenido. Yo me siento sostenido. Me siento sostenido, eh. Entonces, nada en tu vida es inútil si lo sabes ofrecer. Nada en tu vida es inútil si lo sabes ofrecer, eh. Me parece, recibí entre las cartas y las cosas que que me llegan, ¿no? Pues recibí recientemente una carta de, de Andalucía, de una mujer que era de las comunidades neocatecumenales y que había fallecido, pues una hermana de su comunidad, ¿no? de su comunidad neocatecumenal. Y que esa mujer ya, con muchos años, había fallecido y le había pedido a esta compañera que le dijese, que me escribiese a mí cuando moría, cuando ella muriera. Le escribiese y qué decía, que había ofrecido el momento de su enfermedad, ¿no? y de su muerte, la había ofrecido por el bien de la Iglesia, la había ofrecido, por los obispos y le pedía a la otra, cuando me muera, le mandas esa carta al obispo. Y la verdad es que, como os podéis imaginar, pues me quedé conmovido y me fui a la capilla un rato. Me fui a la capilla un rato. En definitiva, ofrecerlo todo. Estamos llamados a ofrecerlo todo. Voy a concluir pidiéndoos que hagamos un ejercicio. Vamos a cerrar los ojos. Vamos a cerrar los ojos y vamos a pensar un un momento, ¿no? Qué es, cuáles son los mejores momentos que yo he vivido en este último año, ¿no? Los mejores momentos.

[25:03]Cuáles son las cosas, por el contrario, que en este último año me han sido especialmente duras, algo que me ha costado mucho. Cuáles son en este momento los grandes retos que tengo, que me están inquietando el corazón porque no sé, porque hay cosas que quisiera cambiar y no puedo cambiar. Todas esas cosas, ¿no? Las ponemos delante de Dios. Los momentos más gozosos, los momentos más duros que he vivido, ¿no? Las incógnitas más grandes que tengo, ¿no? Y entonces, dentro de nosotros, en este silencio le decimos al Señor, Señor, te lo ofrezco como reparación a tu Sagrado Corazón, te lo ofrezco como reparación al Corazón Inmaculado de María. Te hago ofrenda de todo, de mis éxitos, de mis sufrimientos, de mis fracasos, de mis inquietudes. Todo queda ofrecido. Aquí no se desperdicia nada. No te quedes con nada, ofrécelo. Y eso servirá, ¿no?, para la reparación de tus propios pecados, de los pecados de la humanidad. Y voy a concluir con la oración del ofrecimiento de obras, que estoy seguro que muchas de vuestras casas os han enseñado a hacer. A mí me enseñaron a hacer desde pequeño, desde que yo tenía vuestra edad, rezaba esta oración. La oración del ofrecimiento de obras. Y la sigo haciendo y es la primera oración que que rezo por las mañanas. Ven, Espíritu Santo, inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con él por la redención del mundo. Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar. Con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino. Te pido en especial por el Papa y sus intenciones, por nuestro obispo y sus intenciones, por nuestro párroco y sus intenciones. La verdad es que fijaros como en esta oración que rezamos todos los días, hemos dicho dos veces me ofrezco, para que ofrezcamos de veras, te lo ofrezco todo en reparación, en el fondo lo que hemos explicado en esta charla, ¿sabes? Es como ponerle un poco la palabra concreta a lo que todos los días decimos. Pero no vale con que lo digamos con la lengua, tenemos que darnos cuenta de que en esta oración tenemos un tesoro, señores. Yo cada vez he ido descubriendo esto más y más. En esta oración que rezamos por las mañanas, tenemos un tesoro.

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