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El mercado laboral

Cité de l'Économie (Citéco)

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[0:01]Una obligación pesada, una pasión, un desafío, una angustia, una fuente de sustento o un pasatiempo.
[0:01]Imaginemos un país muy pequeño donde hay instaladas 10 empresas y viven 100 personas en edad de trabajar.
[0:01]De esas 100 personas 56 son parte de la población activa, es decir, trabajan o buscan empleo.
[0:01]En su conjunto, nuestras 10 empresas y nuestras 56 personas activas constituyen, por lo tanto, un mercado, donde se compra o se vende, trabajo.
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[0:01]El trabajo puede observarse desde muy diferentes ángulos. Una obligación pesada, una pasión, un desafío, una angustia, una fuente de sustento o un pasatiempo. Para los economistas en general, el trabajo es un mercado. En 3 minutos usted sabrá todo o casi todo sobre el mercado del trabajo. Imaginemos un país muy pequeño donde hay instaladas 10 empresas y viven 100 personas en edad de trabajar. De esas 100 personas 56 son parte de la población activa, es decir, trabajan o buscan empleo. En su conjunto, nuestras 10 empresas y nuestras 56 personas activas constituyen, por lo tanto, un mercado, donde se compra o se vende, trabajo. Como todo mercado que se precie, el del trabajo está basado en la oferta, es decir, los trabajadores, y el de la demanda, es decir, las empresas. Como los trabajadores más cualificados son más productivos que los no cualificados, las empresas están dispuestas a pagarles más. Pero el mercado del trabajo está muy segmentado. Una fábrica de alpargatas no contratará a un ingeniero de automóviles por muy competente que sea, así como un constructor de automóviles no contratará a un cosmonauta. El precio del trabajo depende también de las circunstancias. En una situación de pleno empleo, los trabajadores disponibles son escasos, de modo que los salarios suben. En periodos de desempleo, por el contrario, la oferta de trabajo se hace sobreabundante y los salarios bajan. Pero volvamos a nuestro minipaís, donde una parte importante de la población activa trabaja en minas de arponio. Los mineros ganan bastante, hasta el día en que se inventa el arponio sintético. Bruscamente la actividad de las minas cae espectacularmente, el desempleo aumenta y pronto son cinco los parados, es decir, casi el 9% de la población activa. Nuestro minúsculo mercado de trabajo es inundado por esos cinco desempleados que necesitan trabajar, pero cuyas competencias han pasado a ser obsoletas. Aceptan entonces puestos de trabajo con salarios muy bajos y pasan a ser trabajadores pobres, personas que tienen empleo, pero cuyo sueldo no les alcanza para llegar a fin de mes. Frente a esta situación inédita, el gobierno reacciona estableciendo un salario mínimo. Los salarios más bajos aumentan considerablemente lo que permite que los más pobres salgan de la miseria. El problema es que este aumento brusco del coste del trabajo amenaza la competitividad de las empresas. Si no quieren aumentar sus precios deberán ahorrar. Por ejemplo, sustituyendo por máquinas a algunos asalariados o deslocalizando la producción hacia lugares donde la mano de obra es menos cara. El salario mínimo mejora la situación de algunos, pero puede provocar que otros queden desempleados. ¿Qué hacer? Vamos a imaginar ahora no uno, sino tres países minúsculos con el mismo problema. ¿Qué hacer entonces? En el país número uno se suprime el salario mínimo y se deja que el mercado fije por sí solo el coste del trabajo. Los salarios de los menos cualificados bajan considerablemente. Es la solución menos costosa para la colectividad, pero supone aceptar una sociedad con dos velocidades, donde los pobres tendrán difícilmente acceso a la salud y a la educación. Para entender lo que pasa en el país número dos, hay que recordar que un salario incluye cotizaciones sociales que sirven para financiar el seguro de desempleo, el sistema de salud y la jubilación. En el país número dos, el gobierno conserva el salario mínimo, pero suprime las cargas sociales de los salarios bajos. Gracias a esta exoneración, el coste del trabajo no cualificado disminuye para las empresas, sin que baje el poder adquisitivo de los asalariados. En resumen, todo el mundo queda contento. El problema de la solución número dos es su coste, las cargas economizadas por las empresas son compensadas por el Estado y por lo tanto, por los contribuyentes. En el país número tres, el gobierno estima que hay que aumentar la productividad de los trabajadores no cualificados, financiando programas de formación. Es costoso para los asalariados, para las empresas y para el Estado, pero permite a los trabajadores y las empresas adaptarse a la evolución técnica de sus oficios. Bien. Tengo una pequeña adivinanza, ¿qué solución hay que elegir: la uno, la dos o la tres? En el mundo real las tres soluciones coexisten y son contempladas respectivamente en Estados Unidos, en Francia, en Dinamarca. ¿Cuál es la mejor? En este caso, los economistas no saben qué decir. Es particularmente difícil evaluar los efectos a largo plazo de las políticas públicas. Qué cifras deben tomarse en consideración, la tasa de desempleo, el desempleo de larga duración, la productividad, y además, más allá de las cifras, estas diferentes soluciones provienen de la historia nacional, de modelos económicos y de diferentes opciones políticas. Dado que el mercado del trabajo ocupa un lugar social y humano con un significado particularmente profundo, no es un mercado homogéneo. Varía mucho de un país a otro. En el fondo el trabajo es un mercado de acuerdos, pero es también muchas otras cosas.

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