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BANE ELEMENTAL - NACIDO DE DIOS Y DEL VACÍO - DOTA 2 (FANFICTION)

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[0:00]Un sentimiento profundo que latía en mi interior, constantemente, esparciendo esa felicidad por mi cuerpo.
[0:38]Más allá de esta tierra, por sobre las nubes, arriba, aquello que los mortales observan con deseo, pues nunca podrán obtener.
[0:38]Con una mirada cariñosa y amable, cubierta de oro y vistiendo un traje blanco que refulgía como el sol.
[0:38]La noble dama Blanca extendió su mano y repartió su gran poder sobre todos los entes de nuestro mundo.
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[0:00]Antes de abrir mis ojos al mundo, solía vivir en un sueño maravilloso. Una hermosa primavera cuyos colores infinitos se revelaban tan solo ante mí. Un sentimiento profundo que latía en mi interior, constantemente, esparciendo esa felicidad por mi cuerpo. Sí, antes de abrir mis ojos al mundo, solía vivir en un sueño. Y lo que sentía era amor.

[0:38]Más allá de esta tierra, por sobre las nubes, arriba, aquello que los mortales observan con deseo, pues nunca podrán obtener. Allí se encontraba las tierras de los antiguos dioses. De pie en lo alto, se encontraba una mujer de belleza abrumadora. Con una mirada cariñosa y amable, cubierta de oro y vistiendo un traje blanco que refulgía como el sol. La diosa Nik Tasha miraba nuevamente hacia la Tierra. La noble dama Blanca extendió su mano y repartió su gran poder sobre todos los entes de nuestro mundo. De día, los mortales sufren, pero con su infinita misericordia, en los sueños tendrían, aunque sea, una oportunidad de evadirse y alcanzar la felicidad. En otro ciclo de 24 horas, les dio sueños maravillosos a todos aquellos que decidían dormir y tomar un respiro de la guerra. Ella sonrió al ver los incontables rostros llenos de felicidad, acariciando lentamente su vientre. Algún día su hijo compartiría este gozo, cuando los otros dioses se enteraron, fue una gran conmoción. Niktasha quedó embarazada sin tener contacto con hombre alguno. Una diosa virgen daría a luz, según los antiguos profetas, al niño que lideraría a los inmortales hacia la gloria. Ella se encontraba tan feliz, tan, tan feliz por ese bebé. Siempre que dormía, a sus sueños llegaba las imágenes de su hijo. Un joven fuerte, hermoso e iluminado por el mismísimo universo, radiante, trayendo la luz a las noches más oscuras. Sí, él evocaba el alma del niño en sus sueños, abrazándolo y jugando con él. Con cada encuentro el amor crecía, abrazando a su pequeño hijo con el amor que solo una madre puede sentir. El retoño, enviado por el propio cosmos para llevar a los dioses un peldaño más arriba, hacia la verdadera gloria. Qué orgullo, qué alegría, te amo, le susurraba lentamente. Te amo con todo mi corazón. Aisa, el nombre que eligió para su hijo. Aisa, el Dios de dioses. Mientras más crecía su vientre, más dioses la llenaban de obsequios y felicitaciones. Todos expectantes por el nacimiento del niño divino. Los seres más poderosos declaraban su incondicional amor hacia Niktasha, pidiendo que elija a uno como su consorte. Pero ella los rechazaba, solo podía sentir amor hacia su hijo y el padre, el único padre sería el universo. Así pasaron los meses, 9 meses, como estaba escrito en el gran manuscrito de Jaise. Desde todas partes los dioses se reunieron para presenciar el nacimiento de este niño divino. Las nodrizas llegaban para ayudar a Niktasha. El trabajo de parto había comenzado y todos esperaban expectantes la llegada de su nuevo rey. La diosa sufría un gran dolor, pero ni por un segundo la sonrisa se borró de su rostro. La felicidad y orgullo que sentía eran más grandes que esta penuria. Aisa estaría pronto entre ellos. Sintió el dolor más y más fuerte. Volteó ligeramente la cabeza y vio a las nodrizas confundidas. ¿Qué está pasando?, pensó. Todos a su alrededor la miraban preocupados. Ella solo sonreía. Este es el hijo del Cosmos, nada malo le puede pasar. Este será el más grande Dios que jamás hayan visto. Se dejó llevar por el cansancio. El dolor la tenía completamente entumecida. Miró hacia el cielo buscando al universo. Y este respondió. Los dioses quedaron pasmados cuando en la cúpula entró una delicada luz, irradiando a Niktasha. Esa era la señal, todo iría bien. Pues el cosmos así lo quiere y el cosmos es sabio, hermoso, infinito y misericordioso. El universo era un frío terrible, se apoderó de todos los presentes. La luz comenzó a apagarse lentamente, poco a poco. Las sombras comenzaron a cubrir esa habitación. Sí, en efecto, este era el hijo del cosmos, y el cosmos es vasto, cruel, frío y oscuro. Oscuro como el corazón del vacío. ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?, gritaban las deidades enloquecidas. Ella vio la oscuridad atrapando a sus seres amados, gritó y estiró la mano hacia ellos, pero fueron devorados por el vacío. El dolor se intensificó. Lanzó otro grito lleno de agonía pura. La sangre brotaba por botones por su entrepierna. Era como ser desgarrada desde adentro. Comenzó a llorar, suplicando por que terminasen con esto. Pero nadie aparecía para rescatarla. Volteó la cabeza con fuerzas de un espasmo, por un segundo su mente quedó inconsciente. Entró en ese sueño donde antaño jugaba con su hijo, un enorme pantano de muerte ahora ocupaba el lugar de la pradera donde abrazaba su retoño. Acercándose lentamente, estaba él, en sus ojos solo podía ver el más profundo vacío. Era el abismo, el abismo miraba directamente a su alma. Aisa, Aisa había nacido. Despertó por el dolor y gritó una vez más. Él se levantó de su cabeza, como un espectro profano gritando hacia el universo. Abjeto, maldito, Aisa gritó con fuerza junto a su madre, y cuando el profundo vacío se apoderó también de su mente. El dolor se detuvo. Cayó rendida. Por primera vez en su vida, el sueño de la diosa Niktasha, estaba cubierto de tinieblas. Abrió lentamente los ojos. La pesadilla había terminado. Nuevamente caminaba entre nosotros. Niktasha recuperó la conciencia lentamente. Su vientre aún ardía. Se encontraba completamente sola en una habitación oscura. Todo fue una pesadilla, una maldita pesadilla. Se puso lentamente de pie. A duras penas podía sostenerse, pero necesitaba tomar aire fresco. Ese lugar la sofocaba demasiado. Caminó tambaleándose por la oscuridad. Todo el piso estaba húmedo. ¿Qué diablos era eso? Encontró la manija, abriendo la puerta lentamente. Esperó los rayos de luz, pero nada. Abrió la puerta por completo extrañada y vio su reino, las tierras de los dioses. Cubiertas en tinieblas, sin luz, sin rastro de sus hermanos.

[7:49]Solo se encontraba ella y el vacío. O eso pensaba. Escuchó los pasos provenir detrás de ella. Volteó rápidamente la cabeza. Esa cosa salió de entre las sombras, algo, algo tan atroz que la diosa no podía gritar por el terror. Inmóvil allí donde estaba. Ese ser chorreaba una brea oscura por su monstruosa boca. Ojos muertos inyectados en sangre llenaban su cabeza anormalmente grande. Los huesos de su costilla se exhibían violentamente sobre su piel oscura y pútrida. Dando pasos débiles, llegó hasta ella, cayó de rodillas y la abrazó. Madre, le dijo. Madre, soy yo.

[8:37]Aisa. Madre, estoy contigo. Al fin a tu lado. Para amarte por toda la eternidad, mi hermosa madre. Acurrucó su cabeza contra ella y lloró lágrimas negras. Niktasha gritó y violentamente empujó a Aisa, haciendo que este cayera contra el piso y gritando. Esa cosa estaba allí, intentando ponerse de pie patéticamente, llorando por el dolor. Ella lo miró de lejos, asqueada, confundida, enloquecida por lo que concibió. Él se puso de pie y llorando extendió sus manos hacia ella. Niktasha lanzó una esfera de luz mientras le gritaba que se alejase. La mano de Aisa ardió, el dolor era insoportable. Cayó al suelo sujetando su mano mientras Niktasha le gritaba que era un engendro, un maldito engendro que se llevó todos los que amaba. Él no era su hijo, solo un error. Él era una abominación y cuya mera existencia mancillaba la pureza del cosmos. Aisa lloraba mientras se sujetaba la mano encogido de dolor en el piso, llenando más y más de su sangre negra y profana. Recordando esos momentos que pasó junto a su madre en sueños. No, no, no, le privaría de todo ese amor, de toda esa belleza. Ella le juró que lo amaba, ella me juró que estaría a mi lado por siempre, que me amaría. Ahora ámame. Ahora ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame, ámame.

[10:29]La mano de Niktasha dejaron de moverse. Ya no tenía fuerzas para poner resistencia. Cuando Aisa volvió en sí, ya no tenía nada entre sus manos. El hermoso rostro de su madre, ahora era una plasma roja y dorada contra el suelo. Sus sexos y cabellos se encontraban esparcidos por todos lados. Madre, dijo en voz baja. Madre, Madre, no me dejes, padre. No me dejes solo, madre. Ámame, por favor, te lo suplico. Ámame, solo eso pido. Soy un error, soy un error. Eres lo que estabas destinado a ser. Él se encontraba muy débil. La oscuridad lo cubrió por completo, fría, penetrante. Lo tenía. Era el cosmos. Soy un error. Debo ser corregido. Pensó. El universo se encargará de esa aberración. Pero lo que sintió no fue dolor, sino una cálida mano sobre su cabeza. Sintió el peso de mil estrellas sobre su espalda. No podía levantarse. Quien estaba frente a él, podía matarlo en cualquier segundo. Era enorme, su cuerpo formado por el mismísimo vacío. Lo miró y ese ser volvió a poner su mano sobre su cabeza, acariciándolo. Las almas de todos los inmortales fueron necesarias para traerte aquí. Niño, el inescrutable plan del cosmos te requería. Y por eso decidimos forjarte. Padre, dime cuál es mi lugar en el universo. Paciencia, tu momento ha sido decidido, pero no será hoy ni mañana. Levántate, levántate y prepárate para cumplir con tu misión. Con su inmenso poder destrozó la forma física de Aisa, convirtiéndolo en un ser de energía pura. Ahora, adopta tu verdadera forma, aquella a la que estabas destinado. Un ser para quien ningún costo es demasiado grande, ciegamente para razonar. Sin una voluntad para romper, sin ojos para llorar el dolor. Álzate, Atropos, nacido de Dios y del vacío.

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