[0:01]En gran parte de la opinión pública, los genes se han transformado en fetiches de alguna forma y generan fascinación y miedo. Y hay que recalcar que tanto una cosa como la otra están absolutamente injustificadas. La genética fascina e inquieta. La opinión pública oscila entre el miedo y la esperanza. Esta ciencia podrá llegar a seleccionar y a discriminar a los seres vivos o permitirá curar y conocer del todo al hombre y a su entorno. En menos de 100 años, la genética ha pasado de estudiar los misterios de la herencia a la comprensión de los genes. Estas unidades de información presentes en el seno de todos los organismos vivos. Pero esta historia comenzó mucho antes que la palabra gen existiera. Desde los primeros tiempos, uno sabía que los perros procreaban perros y no gatos. Muy pronto surgió la pregunta de qué controlaba los caracteres hereditarios de una generación a otra. Durante mucho tiempo, todo lo que supimos hacer fue criar a los animales y observar su descendencia para intentar comprender cómo algunos caracteres se transmitían de padres a hijos.
[1:19]A finales del siglo XVIII, aún nadie hablaba de genética, pero apareció un término nuevo, la biología. El naturalista francés Jean Baptiste Lamarck lo utilizó para definir el conjunto de las ciencias de la vida. Los naturalistas ya no se conformaban con clasificar las especies en función de su apariencia exterior, sino que buscaban una lógica común para todos los seres vivos.
[1:46]En 1859, Charles Darwin, naturalista inglés, publicó El origen de las especies. Su teoría produjo un gran estruendo.
[1:57]La conclusión fundamental a la cual hemos llegado en esta obra es que el hombre desciende de alguna forma de una organización inferior. Será, y lo siento, muy desagradable para muchas personas. Por mi parte, me gusta la idea de descender de un bonito heroico o bien de un viejo babuino. Si el hombre desciende del mono, queda cuestionado el relato bíblico de la creación. El mundo de los seres vivos se convierte en el producto de una historia que se remonta a la noche de los tiempos. Darwin me mostró que en realidad, las especies descienden las unas de las otras, que tienen relaciones de parentesco. Cuando a partir de una especie ancestral se obtienen dos especies hijas, significa que hay genes que serán compartidos por estas dos especies hijas. Y por lo tanto, que hay todo un patrimonio común en lo que se refiere a las especies, en lo que se refiere a los genes. Y por tanto, cuando remontamos en las filiaciones, encontramos genes heredados de antepasados que pueden estar extremadamente alejados. Por ejemplo, los primates, incluyendo a los hombres, vienen todos de una estirpe que existió hace 10 o 15 millones de años, con lo cual podemos remontarnos y reconstituir árboles genealógicos completos. Y por lo tanto, la teoría de la evolución es la teoría del origen único de todos los seres a los que llamamos vivos. Actualmente estudiamos los genes a la manera de los naturalistas, quienes hace 100 años recorrían el mundo para observar la variedad de las especies. En mi opinión, la teoría de Darwin suscitó tantas controversias fue porque de pronto el hombre se convertía en un animal como cualquier otro. Podríamos decir que de alguna manera Darwin deshumanizó al hombre. Lo que la biología moderna señaló es que la mayoría de los caracteres que hasta ese momento eran considerados como típicamente humanos, como por ejemplo, el lenguaje o la facultad de utilizar herramientas, también se encuentran en otras especies como, por ejemplo, los monos grandes. Hoy en día humanizamos a las otras especies animales, lo que sin lugar a dudas disminuye la singularidad de la especie humana. El problema es que la teoría de la evolución de Darwin se publicó en 1859. Y en el fondo, Darwin no sabía lo que ocurría cuando entre dos se crea un tercero. Aun que Darwin intenta explicar la evolución sin saber lo que ocurre cuando hay una transmisión entre los padres y los hijos. Era una tarea imposible.
[4:28]Si los trabajos de Darwin encontraron un eco inmediato, las investigaciones de Gregor Mendel fueron ignoradas durante mucho tiempo. Sin embargo, los trabajos de este botánico checo, publicados en 1865, sentaron las bases de la genética. Mendel partió del estudio de las plantas, de la observación de sus caracteres, del color de las semillas o de la forma de las hojas. Cruzando dos plantas distintas, podía observar el resultado obtenido en la generación siguiente. Constató que si cogía un guisante de flores rojas y lo dejaba reproducirse, encontraba en la descendencia únicamente flores rojas. Y en la descendencia de las plantas de flores blancas, únicamente flores blancas. Dedujo que, según el concepto habitual, se trataba de dos especies y se preguntó si podía perturbar la herencia de estas especies poniéndolas en contacto, y eso está claro que pudo hacerlo. Impidió a la planta de autofecundarse, tomó el polen de una, lo puso en la otra y obtuvo un híbrido. E imaginó que la herencia iba a estar considerablemente perturbada. Para su gran sorpresa, este híbrido fue del todo normal, roja, por ejemplo. Después la dejó reproducirse sola. Pues bien, entre las flores encontró tres cuartos de rojas y un cuarto de blancas, es decir, que si la deja reproducirse continuará a crear descendientes todos con flores rojas. Y después la mitad del total, que es todavía un híbrido, es decir, que si la deja reproducirse, se va a encontrar con tres cuartos de rojas y un cuarto de blancas. De hecho, Mendel, ¿qué nos dejó? Nos dejó las leyes de transmisión de los caracteres. Explica cómo, con genes inmutables, podemos obtener una gran variedad por una recombinación de diferentes genes. Dudo que Mendel entendiera la idea de los genes tal y como la entendemos hoy. Pero es innegable que él presentó sin duda la idea de que la herencia está hecha de algo que no se mezcla, pero que queda yuxtapuesto en el híbrido y que se vuelve a separar en los descendientes. Desde este punto de vista es sin duda el padre del concepto del gen. Cuando Mendel publicó sus trabajos, la comunidad científica no percibió su importancia. Hubo que esperar 35 años para que fueran redescubiertos. Gregor Mendel murió sin saber que había enunciado la primera formulación de las leyes universales de la herencia.
[6:44]El nacimiento propiamente dicho de la genética fue en 1900 con los trabajos de tres botánicos: de Vries, Correns y Tschermak. Y estos tres botánicos llegaron a los mismos resultados que Mendel y entonces los publicaron. Si los botánicos fueron los pioneros de esta nueva ciencia, fue porque las plantas se prestan especialmente bien al estudio de la herencia. La agricultura las produce en masa y sus caracteres se pueden discernir fácilmente. En 1906, fue William Bateson, un botánico inglés, quien por fin dio nombre a esta nueva disciplina: propuso el nombre de genética. En 1909, el botánico danés Wilhelm Johannsen fue el primero en utilizar la palabra gen. La genética, en esa época, aquella que llamamos genética clásica, consistía esencialmente en observar la transmisión de los caracteres de una generación a la siguiente. De Vries aportó además un concepto suplementario, que es el concepto de mutación. Demostró que aunque la herencia sea estable, tal y como explicó Mendel, pues a veces hay cambios bruscos que pueden dar lugar a formas nuevas. O sea, que una vez que se revisan los trabajos de Mendel y que se añaden los que tratan de la mutación, a partir de aquí es posible empezar a entender cómo se transmite la herencia. Pero el estudio de las plantas se topó pronto con sus límites. Su ciclo de reproducción era demasiado largo para estos científicos con prisas. Los genetistas se lanzaron a la búsqueda de un organismo simple que se reprodujera rápidamente. Y fue con una mosca que la genética tomó empuje. A principios del siglo XX, la Drosophila, una pequeña mosca, permitió el estudio de la transmisión de los caracteres de una generación a la siguiente. Ya se sabía que podían aparecer de repente variaciones espontáneas en una determinada población. Que se podía encontrar una mosca con alas cortas, otra con alas largas, o incluso una mosca cuyas patas estaban implantadas en la cabeza en lugar de en el cuerpo. Es lo que llamamos mutaciones. La idea era criar a esos animales, dejarles reproducirse para poder estudiar cómo estos caracteres nuevos, estas mutaciones, se transmitían de generación en generación. Y el pionero en este tipo de investigación fue Thomas Han Morgan. Empezó a trabajar con moscas en 1903, 1905 y muy pronto estableció una de las primeras definiciones de genes. Los genes son un elemento que puede ser transmitido intacto de generación en generación, y dedujo que los genes son llevados por los cromosomas. La mosca tiene cuatro cromosomas y Morgan consiguió probar que ciertos caracteres determinados por genes distintos están presentes en tal o cual cromosoma. También descubrió que estos genes están ligados entre sí, lo que significa necesariamente que son llevados por una misma estructura física. Como imagen se representan en ese momento los genes como las perlas de un collar. Morgan fue el primero en establecer que los genes están situados en los cromosomas. Estos bastoncillos microscópicos están presentes en el centro de cada una de nuestras células. Morgan localizó los genes. Incluso ideó el mapa para situarlos en los cromosomas, pero lo ignoraba todo sobre su estructura física. Al mismo tiempo que la genética apenas empezaba a comprender la transmisión de los caracteres hereditarios, se convirtió en el aval científico de una ideología peligrosa, el eugenismo. Esta doctrina pretendía poder mejorar la especie humana a través de la potenciación de las cualidades físicas y mentales de las generaciones futuras. Desde 1907, se adoptaron leyes eugenistas en Estados Unidos. Rápidamente, países de Europa del Norte pusieron en marcha políticas similares. Selección, discriminación, esterilización, el sueño se transformó en pesadilla. La especie humana puede ser resultante entonces de un proceso de selección natural actuando en los genes. Es esto lo que se descubrió en los años 20 y 30. Es que, a fin de cuentas, se dan mutaciones, pero estas mutaciones sin más no producirían nada si la selección, la selección descubierta por Darwin, no hiciera que las buenas mutaciones se conservaran y que las malas se eliminaran. Y pues, de golpe, los científicos se sintieron responsables de una misión planetaria que era la de perpetuar la especie humana de forma correcta. Pero también tenían un problema, porque la especie humana desarrolló en el siglo XIX las leyes sociales, y a los que antes se eliminaba ahora ya no se les podía eliminar. Los hombres, los anormales, los inadaptados que hasta ese momento se eliminaban por selección natural, ahora ya no eran eliminados. Y los genetistas quisieron zanjar el problema, es decir, que era absolutamente necesario, ya que ahora se dejaba sobrevivir a esta gente inadaptada, pues se tenía que impedir que se reprodujeran. El eugenismo es muy muy antiguo, mucho más antiguo que la genética. Está claro que no es la genética la que creó el eugenismo, pero es cierto que cuando advinieron la teoría de la evolución y más tarde la genética, todas las viejas teorías eugenistas se agarraron a estas como tabla de salvación. Toda la ideología del eugenismo se basaba en el hecho de que el estatus de proletario era hereditario, la pobreza era hereditaria. Todas las cualidades morales eran hereditarias. Las mujeres infieles y los delincuentes eran esterilizados porque se consideraba que todo, absolutamente todo era genético. La idea de que todo es genético es tan simple como atrayente. En un mundo en crisis, permite designar a chivos expiatorios. En 1913, el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, declaraba. El problema mayor de la civilización es el de asegurar un aumento relativo de los elementos sanos de la población con respecto a los alimentos menos sanos, incluso nocivos. Hay que esterilizar a los criminales e impedir a los pobres de espíritu que dejen descendencia detrás de ellos. No se alzó ninguna voz para cuestionar esta ideología que pretende mejorar al hombre. Todos los genetistas siguieron el juego y fueron eugenistas. En los países que no hubo eugenismo, como por ejemplo en Francia, fue simplemente porque tampoco había genetistas. El eugenismo no se apoyaba en datos científicos serios. De hecho, este tipo de datos en aquella época no existían. Esta corriente se desarrolló utilizando los pocos elementos de los que disponía la genética para afirmar una visión retrograda y racista de la humanidad. Las consecuencias fueron catastróficas para miles de personas. Más de 60.000 personas fueron esterilizadas en Estados Unidos a causa del eugenismo. En Europa, unas 10.000 personas también fueron esterilizadas incluso antes de la llegada de Hitler al poder. Y el régimen nazi fue aún más allá y tomó la decisión de exterminar a la gente que, según este, no tenía derecho a reproducirse. La solución final llevada a cabo por los nazis fue el último aval del eugenismo. El descubrimiento de la última etapa de la barbarie permitió una toma de conciencia y un cuestionamiento de esta ideología. Lo que hizo que el eugenismo se detuviese fue el descubrimiento de los campos de concentración. Fue en Nuremberg, no fueron razones científicas las que detuvieron el eugenismo, sino razones éticas. El eugenismo se basaba en la idea que el destino del hombre estaba completamente determinado por la genética. En los años 30, la Unión Soviética recusó esta ideología. Trofim Lysenko, un agrónomo, inventó una teoría de la herencia que descartaba todos los descubrimientos de la genética. En nombre del comunismo, Lysenko afirmaba que el hombre está exclusivamente determinado por su entorno. Cambiando este entorno, el régimen comunista afirmaba que podía modificar los caracteres hereditarios y construir a un hombre nuevo. Stalin impuso esta ideología por el terror. Los genetistas rusos fueron enviados al Gulag. Las teorías de Lysenko se mantuvieron con fuerza hasta la elección de Jruschov en 1964. Como el eugenismo, el lysenkoísmo fue un mal uso de la ciencia en nombre de una ideología. Las ideas de que todo es genético o de que todo es ambiental son dos ideas completamente idiotas. El problema es que, en cierta manera, después de esta historia del eugenismo por un lado, y por otro lado, a causa del hecho que el régimen comunista de Stalin rechazara completamente la genética, y la genética fuera prohibida en la Unión Soviética, lo que generó todo esto en los países occidentales, como el nuestro, en el que el partido comunista era un partido importante, fue que los intelectuales consideraran que la genética era una ciencia burguesa, reaccionaria, como se decía entonces. Y entonces, el resultado es que en los debates sobre los genes y el entorno, de alguna manera, los genes eran de derechas y el entorno era de izquierdas. Y esto es catastrófico para un científico, porque sabemos que tanto los genes como el ambiente influyen en la variación de una población. Por tanto, nos encontramos con resultados que adquieren color político. Es la gran dificultad de la genética. Cuando se terminó la Segunda Guerra Mundial, se puso fin al delirio eugenista. En 1944, en un laboratorio americano, un biólogo descubrió por fin la naturaleza de los genes. Oswald Avery y su equipo, trabajando con bacterias, demostraron que el material hereditario es una molécula química: el ácido desoxirribonucleico, el ADN. Si estamos en lo cierto y el ADN es la molécula de la herencia, en ese caso habremos cumplido el sueño de la genética, encontrando lo que esta buscaba desde hace muchos años. Pero la comunidad científica puso en tela de juicio los resultados de Avery. A los científicos únicamente las proteínas, unas moléculas mucho más complejas, les parecían capaces de ser el soporte de la herencia. No fue hasta 10 años más tarde que James Watson y Francis Crick comprendieron la apertura revolucionaria de los trabajos de Avery sobre la molécula del ADN. El descubrimiento de Oswald Avery fue tan sensacional que no fue creído. De hecho, todo el mérito fue de Crick y de Watson. Fueron de los únicos científicos que dieron crédito a los trabajos de Avery.
[16:43]Que demostraron que la herencia no se llevaba por las proteínas, sino por el ADN. Y es por esta razón que a Watson, de joven estudiante, le mandaron a estudiar el ADN, y desde entonces este adquirió una especie de gloria, de nobleza que nadie hubiese imaginado tan solo unos años antes. Aunque seguía sin saberse en absoluto cómo se las apaña el ADN para ser la molécula de la herencia. En 1953, en Cambridge, Watson y Crick, en colaboración con el físico Maurice Wilkins, pusieron al día la estructura del ADN. La historia y el Premio Nobel solo han tenido en cuenta el nombre de estos tres hombres. Sin embargo, fue gracias a los trabajos realizados por Rosalind Franklin, una joven investigadora inglesa, que este descubrimiento vio la luz. La doble hélice resolvió por fin el enigma de la herencia.
[17:34]Cuando se observaba la molécula, inmediatamente había dos cosas evidentes que permitían comprender su funcionamiento. Para empezar, los elementos químicos que constituyen el ADN se sucedían según un orden diferente a lo largo de esta doble hélice. Esto era algo así como un largo mensaje. Es así que un gen se transforma, sencillamente, en un segmento de ADN. Se podía coger un cromosoma extremadamente largo y dividirlo en una sucesión de genes. Aquí tenemos uno y aquí otro. Y cada gen se distingue de los demás por la sucesión de las unidades químicas que lo constituyen. Este orden es diferente para cada gen y es algo parecido a un mensaje. Este mensaje contiene una información que va a encargar la fabricación de una proteína. Esta molécula indispensable a nuestro organismo, a su desarrollo, a su funcionamiento y a su regulación.
[18:33]El segundo enigma resuelto por la estructura del ADN era cómo la molécula se reproduce de forma idéntica de una generación a otra. De nuevo, solo era cuestión de observar la doble hélice para comprenderlo. Si se separan los dos brazos, los dos montantes de la escalera, se obtiene una copia perfecta de la estructura de origen. Nos encontramos entonces con dos dobles hélices absolutamente idénticas a la primera. El descubrimiento de la doble hélice transformó la biología. De repente sabíamos definir un gen, se conocía su estructura, se sabía cómo se duplicaba y cómo ordenaba la fabricación de las proteínas. Había nacido la biología molecular. La molécula del ADN está compuesta por cuatro bases químicas identificadas por cuatro letras: A, C, G, T. Para cada gen, el encadenamiento de estas letras determina el mensaje que ordena la fabricación de una proteína. Esta lengua es el código genético. Fue definitivamente descifrado a principios de los años 60. Posteriormente a estos trabajos, se tuvo la prueba que el código genético es universal. Es decir, que está compartido por el conjunto de los organismos vivos. Ya sea un hombre, un sapo, una zanahoria o la más simple bacteria, todos los seres vivos escriben su historia en un mismo lenguaje biológico. A partir del momento en que el código genético es universal, significa que un gen que, en consecuencia, es responsable de la transmisión de un carácter hereditario, a menudo a través de una codificación de una proteína, un gen de fresa del bosque, si se transfiere a un conejo, debería condenar a ese conejo a fabricar una proteína de fresa del bosque. Si es un gen que se da una proteína y recíprocamente. O sea, que la ingeniería genética, desde entonces, no se sabe aún cómo dominarla, pero es una evidencia. El día en que se sepa coger un gen, cortarlo y transferirlo, entonces podremos al mismo tiempo transferir parcialmente las características hereditarias. En 1972, Paul Berg consiguió por primera vez unir el fragmento de ADN de un virus con el ADN de una bacteria. Esta técnica, que permite asociar el material genético de dos organismos vivos, le valió el Premio Nobel. Desde aquel momento, con el ADN recombinante, todas las manipulaciones genéticas se convirtieron en posibles. Los genetistas no estarían transformándose en aprendices de brujos. Las pesadillas de bacterias o de virus mutantes traspasan los laboratorios y atormentan los espíritus. Consciente de los peligros potenciales de su descubrimiento, Paul Berg decidió suspender sus investigaciones. Es bueno o no continuar. Tres años más tarde, organizó en Asilomar, en California, una conferencia internacional para decidir el futuro del ADN recombinante. La conferencia de Asilomar se celebró en febrero de 1975. Asistieron unas 130 personas: abogados, especialistas en ética, periodistas, investigadores y especialistas en enfermedades infecciosas, etcétera. Debatimos durante tres días. Los argumentos se contraponían. Como pueden imaginar, algunos pensaban que todo esto no tenía ningún sentido.
[21:54]Otros decían que se debían prohibir las investigaciones. Pero llegamos a un consenso. Pedimos a los poderes públicos que decretaran unas reglas precisas que todos deberíamos respetar para llevar a cabo nuestras investigaciones. Las reglas fueron las siguientes: los experimentos sin peligro se podían hacer en el fregadero de la propia cocina. Los experimentos más arriesgados debían hacerse en un laboratorio adaptado. Los experimentos de alto riesgo solo podían hacerse en laboratorios de alta seguridad con normas muy estrictas. La idea era que los científicos debían continuar y las investigaciones retomaron su curso. Al principio, tímidamente, y después con más fuerza cuando la gente fue ganando confianza. De hecho, no había peligro, nada de lo que habíamos temido se produjo. Y hoy en día, el ADN recombinante es una herramienta básica que todos los laboratorios utilizan de una manera u otra en el campo de la biología molecular. Asilomar fue un acontecimiento fundamental. Lo más importante fue que la comunidad científica supo demostrar que era capaz de imponer reglas de conducta. Lo que querían eran no perder, salvaguardar su autonomía, y lo lograron con éxito. O sea, que fue una manera de decirle al público y sobre todo al gobierno, pueden confiar en nosotros, porque vamos a tomar las precauciones necesarias para protegerles en términos de seguridad. Solo se interesaron por cuestiones relativas a la seguridad de los experimentos científicos, es de lo único que querían hablar durante esta conferencia. Pero las cuestiones éticas, en sentido amplio, no se debatieron para nada en Asilomar. Y la mayoría de estas cuestiones aún hoy están en el aire. Las cuestiones éticas pesan bien poco frente a las grandes esperanzas que aporta la técnica del ADN recombinante, particularmente en el campo de la medicina. La genética invade todas las disciplinas de la biología. Esta ciencia, que quería desvelar los secretos de la herencia, tiene a partir de ahora el poder de modificar lo vivo. Hoy en día, con la ingeniería genética, se pueden utilizar genes que provienen de todas las demás especies, de todos los otros reinos. No hay ningún límite, puesto que, en lo esencial, el código genético es universal. Esta es la causa por la que se puede transferir un gen de bacteria a un animal, un gen animal a una bacteria, un gen humano a una bacteria y en teoría un gen bacteriano a un humano, etcétera. El ejemplo típico de la ingeniería genética es la fabricación de insulina con la que se cura a todos los enfermos con diabetes de tipo 1, en todos caso, en los países ricos. Cómo se hace esto, es bien sencillo. Se toma una célula cualquiera de la piel o de la sangre, se aísla el ADN, se localiza el fragmento de ADN que codifica la insulina y se pone este fragmento en un colibacilo, en una bacteria o en una levadura. También se puede poner en una planta o en una vaca o en una oveja, es lo de menos. Con esto se obliga a este organismo receptor, ya sea un microorganismo, un animal o una planta, a fabricar insulina humana, que se recupera después y con lo cual se cura a mucha gente. Hay muy poca oposición en cuanto al interés de las bacterias que fabrican insulina humana. Son OGM, evidentemente, son microorganismos genéticamente modificados. Actualmente hay un gran número de medicamentos que son OGM y el número va en aumento. Es decir, que el gran debate es sobre las plantas transgénicas en tanto que nuevo procedimiento para obtener nuevas variedades vegetales. Este es el gran debate. Las plantas genéticamente modificadas hicieron su aparición a principios de los años 80. En Estados Unidos, la opinión pública apenas reaccionó frente a estas innovaciones. En cambio, en Europa, los movimientos ecologistas, las asociaciones de consumidores y una parte del sector campesino llevaron el debate a la primera línea de la actualidad. En plantas, yo lo encuentro sin ningún problema, no hay ningún inconveniente. En Estados Unidos y en Francia, tenemos opiniones divergentes sobre las plantas genéticamente modificadas. Pensamos que es un gran progreso. Ahora sabemos que ciertas variedades de OGM pueden producir suficiente alimento para permitir que personas que morían de hambre puedan comer. Se trata de un problema cultural lo que pasa en Europa, no es una cuestión científica. Nadie cree de verdad que los OGM sean peligrosos o que sean capaces de modificar seriamente el entorno. El problema es que cuestionan la manera tradicional de producir el alimento, la comida auténtica, etcétera. En consecuencia, Europa se niega a autorizar los OGM. Los detractores ofrecen numerosos argumentos, pero científicamente ninguno de estos argumentos se aguanta por ningún sitio. En Estados Unidos, los especialistas en ética se interesan muy poco por los OGM y su utilización en la cadena alimentaria. Se interesan mucho más por los problemas que plantean la clonación, las células madre o los riesgos de la aparición de un nuevo eugenismo, por ejemplo. Pero si los Estados Unidos se vieran confrontados a problemas graves, como la crisis de las vacas locas que sufrió recientemente Europa. Si ese estilo de cosas se produjese aquí y cuestionaran las autoridades sanitarias, entonces creo que la situación podría parecerse muy rápidamente a la que hay en Francia. De hecho, ya hay indicios de que está empezando a desarrollarse también por aquí el rechazo por los OGM y la ingeniería genética. La gente tiene cada vez menos confianza en los organismos de regulación. Si esto continúa así, no me extrañaría que los Estados Unidos se acercaran al posicionamiento de Europa en lo que hace referencia a la ingeniería genética y los OGM. En Francia, en nombre del principio de la precaución, el cultivo y las pruebas con nuevas variedades de plantas transgénicas están estrictamente enmarcadas. A pesar de ello, los detractores de los OGM siguen reclamando su prohibición total en nombre de los riesgos medioambientales. Pero las cuestiones que plantean los OGM no son solo de tipo ecológico, lo que está en juego tiene que ver con la economía y la política. Una de las cosas que hemos descubierto gracias a los estudios de los OGM, es que el polen va mucho más lejos de lo que creíamos. El polen sale de un campo y una gran parte cae al lado del campo, pero la parte que no cae justo al lado, se va a la atmósfera que hay por encima del campo y va a continuar así durante kilómetros. Ahora bien, si usted ha patentado un gen en una planta, toda planta que reciba este gen fabricará una semilla que contiene su gen y que, por lo tanto, estará patentado. El resultado es que patentando los genes de las plantas, las firmas que tienen las posibilidades de hacerlo se apropian de todos los recursos genéticos del planeta. Creo que es algo inaceptable. Nos encontramos con que esta visión de la patente no está aceptada en Europa actualmente, pero sí en todo el resto del planeta. Lo que está en juego, y no desde el punto de vista tecnológico, sino que, más bien, diría filosófico o ético, si hablamos de OGM es, ¿cuándo introducimos un gen en un organismo que antes no lo tenía, vamos de alguna manera en contra de la naturaleza? Traspasamos los límites de la naturaleza o no? Hasta ahora, allí en el mundo de los años 80, cuando se modificaban las plantas, se hacía por vías, iba a decir, naturales. Poníamos una planta, mezclábamos un poco de simiente, hacíamos cruces, esto es igualmente válido para los animales. Igual se forzaba un poco, pero se utilizaban siempre vías naturales, relacionadas con la reproducción. Ahora se hace de una manera que a priori va contranatura. Y la cuestión es esta, es decir, tal vez actuamos tanto contranatura que al final esto se va a volver contra nosotros porque las barreras habituales, los pretiles habituales de la naturaleza ya no van a funcionar. La pregunta está mal planteada cuando decimos: ¿el hombre tiene derecho a modificar la naturaleza? La especie humana de hoy es el producto de los cambios de la naturaleza desde hace mucho tiempo. Es una evidencia que nuestra especie es una especie que modifica el entorno en el que vive. O sea, que si la cuestión se plantea como la naturaleza es sagrada e inmodificable, es una cuestión religiosa, no es una cuestión científica. Si estamos a favor del mecanicismo, a favor del progreso, no se ha de temer al progreso, pero sí hay que juzgar con sagacidad, hay que valorar con prudencia las consecuencias posibles de algunos cambios. Si hablamos de ingeniería genética, a pesar de todos los miedos, de todo lo que se dice, es sin duda de las técnicas de la modernidad humana, la única a la que no se puede acusar de haber causado muertos. Miren la energía, la química, el sector nuclear, los transportes, no sé qué más. En comparación con todo esto, la ingeniería genética está en una situación extremadamente envidiable. O sea, que como mínimo no hay que dejar de ser racional. En 1997, el doctor Wilmut anunciaba en Escocia el nacimiento de una oveja clonada. Por primera vez un mamífero se había reproducido a partir de su propio patrimonio genético, extraído de una de sus células.
[30:48]La clonación es la operación que consiste en coger el núcleo de una célula, sea del tipo que sea, de un organismo adulto e introducirla en un óvulo al que se ha quitado el núcleo. Lo que uno constata es que este núcleo está reorganizado por el óvulo y puede, en un cierto número de casos, transformarse en un núcleo embrionario y después iniciar un programa de desarrollo que desembocará en el nacimiento de un animal viable. Dolly exacerbó las fantasías que suscita la genética, de la oveja al hombre solo hay un paso. En los medios de comunicación, todo se mezcló y consiguieron provocar miedo. El nacimiento de Dolly se anunció en febrero de 1997, e inmediatamente los jefes de Estado de todo el mundo se precipitaron a anunciar que la clonación humana era una monstruosidad y que debía ser prohibida. En la reunión del G8 de aquel año, la declaración final evocaba el conflicto en Bosnia, la proliferación nuclear, la pobreza en el mundo y, por último, la necesidad de prohibir la clonación humana a causa del nacimiento de Dolly. Antes de conocer suficientes datos científicos, una oveja tampoco se puede decir que sea mucho. Antes de que conociésemos suficientes datos científicos, de entrada, estas cuestiones morales, éticas y políticas, ya se plantearon. El problema de la clonación es que vamos a considerar que, llegados a un grado de desarrollo de conocimientos y de técnicas para resolver ciertos casos, en el caso de que se llegue a hacer realmente, ¿acaso vamos a permitir el nacimiento de niños, no ya por fecundación de óvulos por espermatozoides del hombre, sino por reproducción asexuada? Por una técnica que no está aún todavía dominada por el hombre, pero que podría, efectivamente, llegar a ser dominada. Aquí hay un gran debate filosófico en realidad. No es un arma de destrucción masiva un bebé clonado. Será un pobre chico que, seguramente, tendrá más dificultades que otro para ser feliz. Creo, honestamente, que no amenaza para nada la humanidad, a no ser que lo haga desde un punto de vista puramente moral. Eso no quiere decir que yo no tenga en gran consideración esta amenaza moral. Por mi parte considero que es totalmente ilegítimo porque abre la puerta a una forma de aumento del poder de los progenitores sobre sus descendientes, de toma de poder sobre el cuerpo de otro que es absolutamente e incontestablemente otro. Los problemas éticos que plantea la clonación humana son innumerables. Si este llegara a autorizarse, ¿qué sería de las nociones de parentesco, de filiación? Los clones tendrían el estatus de humanos o serían considerados como una especie inferior. Hoy en día, la comunidad científica se opone a la clonación reproductiva humana y esta práctica está universalmente prohibida. Pero imaginemos por un instante que fuese autorizada. Permítan que les ponga un ejemplo. Imaginemos que yo quisiera clonarme, mi ego es tan enorme que deseo un hijo que sea exactamente como yo. Me meto en este procedimiento de clonación, imaginando, claro está, que no entraña ningún peligro. E imaginemos que nace un nuevo Paul Berg. Ese niño nace en 2006. Yo nací en 1926. Fui educado en una familia judía, crecí en tal o cual barrio, rodeado de tales o cuales niños. Fui a tal colegio, y así todo el resto de mi vida. El nuevo Paul Berg crecerá en un entorno completamente diferente. Su educación, sus amigos, todo será completamente diferente. Lo único que tendremos en común es nuestro patrimonio genético. Será idéntico. Este niño tendrá las mismas predisposiciones que yo a ciertas enfermedades. Pero es un individuo, una persona única. Su personalidad es diferente a la mía, igual que sus valores o su punto de vista sobre el mundo. Si preguntamos a un psicólogo cuántas posibilidades hay de que este nuevo Paul Berg, nacido 60 años más tarde, sea idéntico al antiguo, la respuesta será ninguna. En la opinión pública ha calado la idea de que los clones son duplicados. Y de hecho, hay hasta libros que desarrollan esta idea. Esto es completamente falso, lo que constatamos es que los clones se parecen, pero presentan también importantes diferencias. Precisamente porque todo no está contenido en los genes. Esto significa que una manera de representar la similitud entre un clon y aquel o aquella a partir del cual ha sido clonado es observar la similitud entre verdaderos gemelos. Los gemelos de verdad, como ya saben, tienen exactamente el mismo genoma y, en cambio, no son idénticos. Se parecen, claro está, físicamente en su apariencia, pero no son idénticos. No solo psicológicamente, como muchos creen, sino también biológicamente. Dos verdaderos gemelos no tienen los mismos sistemas nerviosos, porque el desarrollo del sistema nervioso no está totalmente determinado por los genes. Dos verdaderos gemelos no tienen el mismo sistema inmunitario, porque el desarrollo de su sistema inmunitario no está completamente determinado por sus genes. Y nos damos cuenta de que este deseo de hacerse clonar o de clonar a personas de su familia, deseo que un cierto número de personas ya han expresado hoy en día, se basa en una idea falsa, bajo la cual todo estaría contenido en el ADN. Los genes no son todopoderosos. Es cierto que nos ayudan a comprender mejor al hombre, pero no nos permiten en ningún caso definirlo. Hay otros factores en juego. Por supuesto, los genes tienen un rol importante. Determinan lo que somos y en lo que podemos convertirnos. Pero es el entorno lo que va a modelarnos para hacer de cada uno de nosotros una persona única. ¿Cómo definir a un hombre? ¿Cuál es el peso de los genes y cuál el del entorno? ¿Hemos de continuar buscando en la genética revelaciones sobre la naturaleza humana? En los años 90, los genetistas del mundo entero lanzaron el programa de secuenciación del genoma humano. Este mapa del conjunto de los genes iba, al fin, a revelarnos la esencia misma del hombre. En junio de 2000, Bill Clinton anunciaba triunfalmente el resultado de este programa internacional. Estamos aquí para celebrar el final del programa de secuenciación del genoma humano. Es sin ninguna duda el mapa más extraordinario que la humanidad ha dibujado nunca. Se suponía que el análisis de los genomas de diferentes organismos, incluido el genoma humano, iba a portar la prueba, de alguna manera, de esta idea de que todo estaba escrito en el genoma. Y recuerdo artículos de grandes revistas científicas, como Science o Nature en los años 80, que anunciaban que cuando se hubiese secuenciado la totalidad del genoma, se entendería la totalidad de la naturaleza humana. Con la secuenciación del genoma, ¿qué se encontró? Pues para empezar, se encontró que solo teníamos 25.000 genes, solo en las proteínas. Es decir, tantos como el burro y el buey, menos que el arroz y el tulipán. Y si esperábamos que nuestra magnificencia intelectual estaba ligada a la eflorescencia del número de nuestros genes, solo podíamos estar decepcionados. No fue, ciertamente, un descubrimiento en el sentido que se atribuye generalmente a este término, sino más bien la constitución de una herramienta de trabajo. Y facilitó enormemente la investigación de los genes responsables de las enfermedades. Y, sencillamente, porque antes se hacía lo que se podía con los medios disponibles, es decir, que se aislaban partes de ADN. Y después se observaba si contenían el gen que buscaban. En cambio, ahora ese trabajo ya está hecho, o sea, que ya solo se ha de observar la secuencia y plantearse preguntas como si tal gen en tal secuencia tiene mutaciones en las personas que serán portadoras de la enfermedad que les interesa. Es el manual de instrucciones de la vida, y nos harán falta muchos años para descifrar este manual, este modo de empleo. Pero creo que en el campo de la biología, todas las investigaciones se han acelerado gracias a este descubrimiento. Ahora que hemos secuenciado los genomas de los mamíferos, los genomas humanos, solo conocemos el significado del 2% del genoma.



