[0:00]Hay una diferencia entre hablar con Dios y que el infierno te escuche. Todos hemos hecho oraciones que se sienten como un susurro en un vendaval. Oraciones llenas de buenas intenciones, pero que parecen desvanecerse sin causar ningún efecto, dejándonos con la misma angustia, el mismo miedo y el mismo problema con el que empezamos. Nos preguntamos, me está escuchando Dios, por qué no pasa nada. Pero la Biblia habla de otra clase de oración, una oración que no es un susurro, es un trueno. Una oración que no solo llega a los oídos de Dios, sino que resuena como una alarma en los pasillos del infierno. Una oración que no es una simple petición, es un decreto de guerra. Una oración que no nace de la duda de un esclavo, sino de la autoridad de un hijo del rey. Alguna vez te has preguntado por qué el enemigo, el diablo parece reírse de algunas de nuestras oraciones, pero tiembla de pánico ante otras. No es por el volumen de tu voz, no es por la elocuencia de tu palabra, es por la manera en que oras. Existe una manera de orar que te saca de la posición de víctima y te pone en la posición de vencedor. Una manera de orar que deja de describir el problema y empieza a declarar la victoria. Una manera de orar que el enemigo no puede resistir porque lo desarma legal y espiritualmente. En la enseñanza de hoy vamos a desvelar este secreto divino. Te voy a mostrar pilar por pilar cómo construir esa clase de oración. Vas a descubrir el porqué, vas a entender los mecanismos espirituales que hacen que un simple ser humano, lleno del Espíritu Santo, pueda causar terror en el reino de las tinieblas. Así que si estás cansado de sentir que tus oraciones no tienen poder, si anhelas transformar tu vida de oración de una defensa temerosa a un ataque glorioso, entonces detente. Lo que estás a punto de escuchar es más que un mensaje, es un entrenamiento de guerra espiritual avanzada. Prepara tu espíritu. Comencemos hermanos y amigos. No todas las oraciones nacen igual en el mundo espiritual. Existen oraciones que suben al cielo como un humo débil, casi imperceptible. Y existen oraciones que irrumpen en la sala del trono como un trueno, que capturan la atención del cielo y hacen que el infierno entero se estremezca. La gran pregunta que vamos a responder en esta enseñanza es, ¿cuál es la diferencia? Por qué algunas oraciones parecen desvanecerse en el aire, mientras que otras desatan el poder de Dios de una manera tan tangible que el enemigo tiembla. El secreto no está en el volumen de nuestra voz ni en la belleza de nuestras palabras, el secreto está en la manera en que oramos. Primero hablemos de la oración que el enemigo no teme, es la oración que tristemente muchos de nosotros hemos aprendido a hacer. Nace de un corazón sincero, sí, pero de un espíritu que no conoce su verdadera posición. Es la oración tímida. Suena más o menos así: Padre, sé que no soy digno de pedirte nada. Soy un pecador y te fallo tanto, pero si no es mucha molestia, si tú pudieras, si fuera tu voluntad, quizás podrías ayudarme con este problema que tengo. Es una oración que se acerca a Dios pidiendo disculpa por existir como un mendigo que se acerca a la puerta de un palacio esperando recibir si tiene suerte una limosna. Cuando oramos de esa manera, aunque seamos sinceros, estamos de acuerdo con las mentiras del diablo. Le estamos diciendo, tienes razón, soy débil, no merezco nada, no tengo ningún derecho y cuando el enemigo escucha una oración así no tiembla, se ríe. Porque esa oración no representa ninguna amenaza para su reino, es una oración de víctima, no de un vencedor. Nace de la culpa, de la inseguridad y de una imagen de Dios como un rey lejano y enojado, al que tenemos que rogarle para que nos preste un poco de atención. Pero hay otra manera de orar, una que lo cambia todo, es la oración de autoridad. No es una oración orgullosa, sino una oración con una confianza santa, suena completamente diferente. Suena así, Padre, vengo ante tu trono de gracia con confianza, lavado por la sangre de tu hijo Jesús. Vengo no por mis méritos, sino por lo suyo. Tu palabra dice que por su llaga yo soy sano, así que en el nombre de Jesús, declaro sanidad sobre mi cuerpo. Tu palabra dice que tú suplirás todas mis necesidades, así que te doy gracias porque la provisión ya viene en camino. Siente la diferencia, es una diferencia como la noche y el día. La primera oración se basa en nuestros sentimientos de indignidad, la segunda se basa en los hechos consumados de la cruz de Cristo. La primera se enfoca en nuestra debilidad, la segunda se enfoca en el poder de su palabra. La primera espera a ver si algo pasa, la segunda le da las gracias a Dios por lo que ya sabe que va a pasar. Cuando el enemigo escucha esta segunda clase de oración es cuando empieza a temblar, porque esa oración no la hace un mendigo, la hace un hijo del rey. El fundamento de esta oración poderosa está en entender nuestra posición espiritual, el enemigo tiembla cuando dejamos de vernos como gusanos en la tierra y empezamos a vernos como Dios nos ve en el cielo. Y la revelación más explosiva sobre nuestra posición la encontramos en la carta a los Efesios, capítulo dos, versículo seis. Escucha bien esta verdad que puede cambiar tu vida de oración para siempre, y juntamente con él nos resucitó y así mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Pensemos en lo que esto significa, no dice que un día nos sentaremos, dice que ya nos hizo sentar. En el mundo espiritual, ahora mismo, tú y yo no estamos de pie suplicando a las puertas del cielo, estamos sentados y no estamos sentados en cualquier lugar. Estamos sentados en lugares celestiales y no estamos sentados solos, estamos sentados con Cristo Jesús. Estamos compartiendo su trono de victoria, de autoridad y de poder, sobre todo principado y potestad. Orar desde esta posición lo cambia todo, un rey no le ruega a sus enemigos, les da órdenes. Un rey no le pide permiso a la oscuridad para que se vaya, decreta que la luz sea hecha. Cuando oramos no estamos tratando de subir nuestras peticiones al cielo, estamos orando desde el cielo hacia la tierra. Estamos tomando la victoria que Jesús ya ganó y la estamos imponiendo sobre nuestras circunstancias aquí en la tierra. Esta revelación es la base de la oración que hace temblar al infierno. El enemigo tiembla no porque te tenga miedo a ti, él tiembla pánico a la autoridad de Cristo en la que tú estás sentado. Tiembla cuando un creyente normal como tú y como yo por fin se da cuenta de quién es, dónde está sentado y el poder que tiene a su disposición. La oración deja de ser una llamada de auxilio y se convierte en una declaración de guerra desde el cuartel general de la victoria. Esta verdad es el fundamento de todo lo que vamos a aprender. Pero quizás te pregunta, ¿y cómo hago eso en la práctica, cómo pasó de saber que estoy sentado con Cristo a orar como alguien que de verdad está sentado con Cristo? Ese es el viaje que hemos comenzado hoy y el primer y más importante paso para orar de esta manera es un cambio radical en el punto de partida de cada una de nuestras oraciones. Amigos y hermanos, hemos visto que existen dos tipos de oraciones, pero la diferencia entre ellas no es un truco ni una fórmula secreta. La diferencia entre la oración que es ignorada y la oración que desata terremotos espirituales comienza con una sola palabra, la más importante de todas, identidad. El primer y más grande pilar de la oración poderosa es este, debes aprender a orar desde tu identidad de hijo amado y no desde tu condición de pecador que falla. Pensemos en cómo oramos la mayoría del tiempo. Nos acercamos a Dios enfocados en nosotros mismos, en nuestros errores de ayer, en nuestras debilidades de hoy, en nuestra falta de fe. Nuestra oración nace de nuestra condición, decimos, Señor, yo sé que te he fallado, sé que no lo merezco, soy tan débil. Y aunque esto suena muy humilde y es sincero, es una falsa humildad. Es una humildad centrada en el yo, no en Cristo. Es una oración que sin querer le da más importancia a nuestro pecado que a la sangre de Jesús que lo limpió. Cuando oras desde tu condición de pecador, estás orando como un huérfano, como un mendigo espiritual. Estás de acuerdo con la acusación del enemigo, el diablo te susurra al oído, no eres digno, fallaste otra vez. De verdad crees que Dios te va a escuchar después de lo que hiciste y tu oración en lugar de refutar esa mentira, la confirma. El enemigo no tiembla ante esa oración, porque es la oración de alguien que no conoce su derecho, que no ha tomado posesión de su herencia. Pero la oración que hace temblar al infierno nace de un lugar completamente diferente, nace de tu identidad en Cristo. Imagina al hijo de un rey bueno y poderoso. Cuando ese hijo necesita algo, crees que se arrastra por el suelo hasta el trono, llorando diciendo, oh, gran rey, perdóname atrevimiento, sé que no soy digno de estar aquí. Pero si no es mucha molestia, podrías darme un pedazo de pan, claro que no. El hijo entra a la sala del trono con confianza, se acerca a su padre, lo abraza y le dice, papá, necesito esto. Su confianza no se basa en lo bien que se ha portado, se basa en una sola cosa, él es el hijo, la sangre del rey corre por sus venas. Esa es la revelación que lo cambia todo, cuando aceptaste a Jesús, la Biblia dice que fuiste adoptado en la familia de Dios. La sangre de Cristo te limpió de tal manera que Dios ya no te ve como un pecador culpable, te ve como a su propio hijo amado. Dejaste de ser un huérfano espiritual para convertirte en un príncipe en una princesa del reino de los cielos. Y esa nueva identidad te da un nivel de acceso y de autoridad en la oración que es absolutamente extraordinario. La palabra de Dios nos da nuestro nuevo documento de identidad espiritual. En la carta a los Gálatas, capítulo 4, versículo 7, nos dice, así que ya no eres esclavo, sino hijo. Y si hijo también heredero de Dios por medio de Cristo. Meditemos en esta verdad explosiva, ya no eres esclavo. Un esclavo trabaja por miedo y no tiene derecho, así orábamos antes, pero ahora eres hijo. Un hijo se relaciona por amor y tiene todos los derechos de la casa. Y la revelación más grande es la que sigue, y si hijo también heredero. Qué es un heredero, es alguien que tiene derecho legal a las riquezas de su padre. Las promesas de Dios en la Biblia no son sugerencias, son los títulos de propiedad de tu herencia. La sanidad, la paz, la provisión, la libertad, para todo eso forma parte de la herencia que Cristo compró para ti en la cruz. Por lo tanto, cuando oras, ya no estás pidiendo una limosna, estás reclamando con humildad, pero con firmeza, lo que ya es tuyo por derecho de herencia. Es por esto que el enemigo tiembla, él sabe que no tiene poder sobre un esclavo asustado que vive en la culpa. Pero queda completamente desarmado y aterrorizado ante un hijo de Dios que se levanta, abre el libro de las promesas, que es el testamento de su padre y dice con confianza, Padre, vengo a reclamar mi herencia. No por mis obras, sino por la sangre de Jesús y por tu fidelidad, vengo a tomar posesión de la paz, de la sanidad y de la victoria que tú ya me diste. Así que a partir de hoy, te animo a que cambies el punto de partida de tu oración. Antes de empezar a pedir, tómate un momento para recordar quién eres. Di en voz alta, yo no soy un pecador rogando por misericordia, yo soy un hijo amado sentado en lugares celestiales con Cristo y me acerco con confianza al trono de la gracia. Orar desde tu identidad es el primer pilar, es la llave que mete la ignición, es el fundamento sobre el cual construiremos las otras armas de la oración poderosa. Pero esta identidad poderosa necesita un lenguaje para poder expresarse en el mundo espiritual, necesita un vocabulario que el cielo siempre honra y que el infierno siempre teme. Y ese lenguaje no es el de nuestros deseos, ni el de nuestras quejas, es un lenguaje mucho más antiguo, mucho más poderoso e infalible que descubriremos en el siguiente paso. Amigo, qué revelación tan poderosa es entender que nos acercamos a Dios no como mendigos, sino como hijos amados con derecho de herencia. Esta verdad cambia nuestra postura y nos llena de una confianza santa. Pero esta nueva identidad necesita un lenguaje para expresarse, un vocabulario que tenga peso en el mundo espiritual, porque el enemigo tiembla no solo por quien es el que ora, sino por lo que esa persona ora. El segundo pilar de la oración que desata el poder de Dios es este, debemos aprender a orar la palabra de Dios y no solo nuestras opiniones o emociones. Pensemos en esto, de qué están llena la mayoría de nuestras oraciones. Tan llena de nuestras quejas, de nuestras descripciones del problema, de nuestros buenos deseos, de nuestros miedos. Decimos cosas como, Señor, me siento tan mal, estoy tan preocupado, por favor ayúdame, ojalá que esto se solucione. Y aunque Dios en su misericordia escucha el clamor de un corazón sincero, estas palabras no tienen autoridad inherente en el mundo espiritual. El diablo no le tiene miedo a tus opiniones. No le tiene miedo a tus sentimientos, él puede argumentar contra ellos todo el día. Pero hay algo a lo que el enemigo le tiene un pánico absoluto, la palabra escrita de Dios. La Biblia no es un simple libro de consejos o de historias inspiradoras, es un arsenal espiritual. El apóstol Pablo la llama la espada del espíritu. Imagina un soldado que va a una guerra y en lugar de sacar su espada, intenta pelear contra un enemigo armado solo con su puño y sus gritos. Sería una locura, ¿verdad? Pues eso es lo que hacemos cuando oramos basándonos solo en nuestros sentimientos, en lugar de usar la espada que Dios nos ha dado. La palabra de Dios tiene un poder legal en el mundo espiritual. Las promesas de Dios no son frases bonitas, son contratos firmados con la sangre de Jesucristo. La Biblia es el libro de las leyes del reino, es el testamento que nos declara herederos. Y el diablo, que la Biblia llama el acusador, es un experto legalista, él conoce la ley. Cuando oras tus dudas y tus miedos, él se para delante de Dios y te acusa diciendo, ves, él mismo no cree que vayas a responderle. Pero cuando tú oras la palabra escrita, él tiene que callarse, no tiene defensa, no puede argumentar contra la propia ley de Dios. No sé cómo se hace esto en la práctica, es muy sencillo. Primero, identifica tu problema, esa enfermedad, esa escasez, ese miedo. Segundo, busca en la Biblia una promesa de Dios que hable directamente a esa necesidad. Hoy en día es muy fácil, puedes buscar en Internet versículos bíblicos sobre la sanidad o promesas de Dios para la finanza. Tercero, toma esa promesa y conviértela en tu oración. Por ejemplo, si tu problema es el miedo, te encuentras con la promesa de la Segunda Carta a Timoteo, capítulo 1, versículo 7, que dice, porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Con esa espada en la mano, tu oración cambia, ya no dice, Señor, tengo tanto miedo, ahora declara con autoridad, Padre, vengo a ti basándome en tu palabra. Gracias porque tú declaras que no me has dado un espíritu de cobardía, sino uno de poder, amor y dominio propio, por lo tanto, en el nombre de Jesús, yo rechazo este espíritu de temor, no lo acepto. No es mío, y en su lugar recibo ahora mismo tu poder para enfrentar esta situación, tu amor que echa fuera todo temor y el dominio propio para controlar mis pensamientos. Ves el poder, has dejado de describir el problema y has empezado a decretar la solución de Dios. Dios mismo nos da la garantía absoluta de que su palabra nunca falla. En el libro de Isaías, capítulo 55, versículo 11, Dios hace esta promesa increíble sobre su propia palabra. Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para que le envíe. Qué garantía tan poderosa. La palabra de Dios es como un misil teledirigido. Una vez que es disparado, una vez que la oramos con fe, no puede volver a su base hasta que no haya golpeado su objetivo y cumplido la misión para la que fue enviada, nunca falla. Por esta razón es que el enemigo tiembla, porque cuando un hijo de Dios deja de llorar por su situación y se para firme a declarar, pero la palabra de Dios dice, el infierno entero entra en pánico. Porque saben que están enfrentando un arma que no pueden vencer, le recuerda al diablo su derrota en el desierto cuando intentó tentar a Jesús. Cómo lo venció Jesús, no con argumentos, ni con poder milagroso, lo venció tres veces con la misma frase, escrito está. Le disparó tres misiles de la palabra de Dios y el diablo tuvo que huir. Así que el segundo pilar es este, la oración que hace temblar al enemigo es la que está llena de escrito está. Es la oración que le recuerda a Dios su propia promesa y le recuerda al diablo su propia derrota. Es la que usa el lenguaje oficial del cielo. Te animo a que te enamores de la Biblia, a que la leas no como una obligación, sino como quien busca un arsenal para su batalla. Cada promesa que subrayas es una nueva espada que añades a tu armería. Ya tenemos los dos primeros pilares, oramos desde nuestra identidad de hijos y usamos el lenguaje de la palabra de Dios. Pero para que esta oración sea activada, para que el motor arranque, necesitamos una llave. Y esa llave lleva el nombre que es sobre todo nombre, el nombre que hace que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble. Hermanos y amigos en la fe, qué poderoso es entender que podemos orar la palabra de Dios y que esa palabra nunca vuelve vacía. Ahora tenemos nuestra posición correcta como hijos y el lenguaje correcto del reino. Pero para que esa oración sea activada, para que tenga una autoridad legal en el mundo espiritual, necesitamos un tercer pilar. Es la llave que le da a nuestra oración el poder para ejecutarse. Y esa llave es el nombre de nuestro Señor Jesucristo. El enemigo tiembla cuando oramos con la autoridad que hay en ese nombre. Por mucho tiempo muchos de nosotros hemos usado la frase en el nombre de Jesús casi como una muletilla, como una frase para terminar nuestras oraciones. La decimos por costumbre, sin entender el poder explosivo que estamos declarando, pensamos que es como decir amén o cambio y fuera. Pero hoy el Espíritu Santo quiere revelarnos que el nombre de Jesús no es una simple frase para terminar una oración, es la razón por la cual esa oración tiene algún poder desde el principio. Para entenderlo, usemos una imagen muy sencilla, imagina que el hombre más rico y poderoso del mundo te llama a su oficina. Te aprecia mucho y confía en ti y te entrega un documento legal, firmado ante un notario, que se llama un poder notarial. Con ese documento, él te da el derecho legal de usar su nombre, su firma y sus recursos como si fueras el mismo. Con ese poder, tú puedes ir a su banco y retirar dinero, puedes dar órdenes a sus empleados, puedes firmar contratos en su nombre. Y nadie te lo puede negar, no por quién eres tú, sino por el poder del nombre que representas. Eso es exactamente lo que Jesús hizo por nosotros. Cuando él ascendió al cielo, nos dejó su nombre como nuestro poder notarial espiritual. Orar en el nombre de Jesús es mucho más que una frase. Es pararse en el mundo espiritual y presentar el documento legal que dice, no vengo con mi propia autoridad que no es ninguna, vengo en representación de Jesucristo, el Rey de reyes, Señor de señores. Y esta petición que hago, la hago con la misma autoridad que si él mismo lo estuviera haciendo. Cuando un creyente entiende esto, su oración se transforma. Ya no nos acercamos al Padre basándonos en si nos hemos portado bien o mal esa semana, nos acercamos al Padre envuelto en la justicia perfecta de su hijo. Es como si llegáramos a la sala del trono vestido con el uniforme de Cristo, el Padre no ve nuestras fallas, ve la perfección de su hijo y nos responde por amor a él. La oración en el nombre de Jesús no se basa en nuestro mérito, sino en la relación perfecta entre el Padre y el hijo. Y es por esto que el enemigo tiembla de pánico, el nombre de Jesús es el recordatorio de su derrota total y absoluta. Fue en ese nombre que él fue vencido en la cruz. Fue por el poder de ese nombre que la muerte no pudo retener a Jesús en la tumba. Cuando un hijo de Dios que conoce su identidad y que se para sobre la palabra, pronuncia con fe y autoridad el nombre de Jesús, es como si le pusiera al diablo en la cara el vídeo de su peor derrota. Le recuerda que ya no tiene poder, que ya no tiene autoridad, que fue despojado y exhibido públicamente como un perdedor. La palabra de Dios nos describe la majestad incomparable de este nombre. En la carta a los Filipenses, capítulo 2, versículos 9 al 11, nos da esta declaración cósmica, por lo cual Dios también le saltó hasta los sumos y le dio un nombre sobre todo nombre. Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra. Y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Qué revelación tan inmensa, el nombre de Jesús es la máxima autoridad en todo el universo. Es un nombre que está por encima del nombre del cáncer, por encima del nombre de la deuda, por encima del nombre de la depresión, por encima del nombre de la adicción. Por encima del nombre de cualquier problema que podamos enfrentar, y la Biblia dice que ante ese nombre, toda rodilla sin excepción, está obligada a doblarse. Las rodillas de los ángeles en el cielo, las de los hombres en la tierra, y sí, las de cada demonio en el infierno, tienen que obedecer. Por eso cuando oramos, no usamos el nombre de Jesús solo al final, lo usamos como la llave que abre la puerta, Padre en el nombre de Jesús, vengo ante ti. Lo usamos como el arma que ejecuta la orden, en el nombre de Jesús, le hablo a esta enfermedad y le ordeno que se seque y se vaya. En el nombre de Jesús le hablo a mi finanza y declaro que el espíritu de escasez no tiene autoridad sobre mi casa. Dejamos de pedirle a Dios que él haga algo y empezamos a la autoridad que él ya nos dio para ordenarle al problema que se someta a la victoria de Cristo. Y ahora que tenemos nuestra posición de hijos, que conocemos el lenguaje de la palabra, y que poseemos la llave de autoridad del nombre de Jesús, pareciera que ya lo tenemos todo. Pero nos falta un pilar fundamental, uno que asegura que todo este poder inmenso que se nos ha entregado no sea usado para nuestro propio capricho, sino para el propósito correcto. Debemos asegurarnos de que nuestra oración esté perfectamente alineada con el corazón y con la voluntad del dueño de todo este poder. Querida familia de la fe, ahora que entendemos nuestra posición como hijos, el lenguaje de la palabra y la autoridad incomparable del nombre de Jesús. Pareciera que tenemos en nuestras manos una especie de arma espiritual invencible y la tenemos. Pero toda arma poderosa necesita un sistema de guía para asegurarse de que da en el blanco correcto y cumple el propósito para el que fue diseñada. Un misil sin dirección es inútil, o peor aún, peligroso. El cuarto pilar de la oración que hace temblar al enemigo es el sistema de guía, debemos aprender a orar en línea con la voluntad de Dios y no en contra de ella. Seamos honestos, muchas veces en nuestra humanidad nos acercamos a la oración como si Dios fuera un genio de la lámpara mágica. Llegamos con nuestra lista de deseos, con nuestras peticiones que casi siempre giran en torno a nuestra propia comodidad, a nuestros propios planes y a nuestra propia idea de lo que es mejor. Le decimos a Dios qué hacer, cómo hacerlo y si es posible, cuándo queremos que lo haga. Y aunque él es un padre paciente que escucha hasta nuestras oraciones más egoístas, este tipo de oración rara vez desata su poder máximo. El enemigo no tiembla ante una oración caprichosa, porque sabe que esa oración no tiene el respaldo total del cielo. Pero cuando un hijo de Dios deja de lado sus propios deseos y alinea su corazón con el propósito de su padre, su oración se convierte en una fuerza imparable. Porque cuando tú oras pidiendo algo que Dios ya quiere hacer, no estás tratando de convencerlo, estás colaborando con él, te estás convirtiendo en el canal en la tierra, a través del cual el Rey del Cielo puede ejecutar su plan. Imagínalo de esta manera, si el presidente de un país ya ha decidido construir un hospital en una ciudad y tú como ciudadano empiezas a solicitar y a pedir por ese mismo hospital, crees que tu petición será difícil, no. Todas las fuerzas del gobierno se pondrán detrás de tu petición, porque tú estás pidiendo algo que el que tiene el poder ya ha decidido hacer. De la misma manera, cuando tu oración se alinea con la voluntad de Dios, todo el poder, todos los recursos y todos los ángeles del cielo se ponen en movimiento para respaldar tu clamor. El ejemplo más poderoso y humilde de esto lo vemos en nuestro Señor Jesús en la noche más oscura de su vida, en el huerto de Getsemaní. Él en su humanidad tenía un deseo, Padre, si es posible, pasa de mí esta copa. Pero inmediatamente sometió su deseo a un propósito mayor, haciendo la oración más poderosa del universo, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En ese momento de sumisión, el cielo entero se puso a su disposición para darle la fuerza de cumplir la voluntad del Padre. La oración que se rinde a la voluntad de Dios es la que obtiene el mayor poder de Dios. La palabra de Dios nos da una promesa increíble que es la garantía de que nuestras oraciones serán respondidas. En la Primera Carta de Juan, capítulo 5, versículos 14 y 15 leemos esta maravilla. Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho. Analicemos esta garantía, la condición es que pidamos conforme a su voluntad. Si cumplimos esa condición, el primer resultado es que él nos oye, es decir, nuestra oración es recibida con agrado, tiene acceso directo a la sala del trono. Y el segundo resultado explosivo, si sabemos que nos oye, entonces sabemos que tenemos las peticiones, no dice que quizás las tendremos, dice que ya son nuestras. En el momento en que una oración alineada con la voluntad de Dios sale de nuestra boca, la respuesta ya es un sí en el mundo espiritual. La manifestación en el mundo natural es solo cuestión de tiempo. Entonces, la pregunta clave es, ¿cómo conocemos la voluntad de Dios? No es un secreto misterioso, la mayor parte de la voluntad de Dios ya está revelada claramente en la Biblia. Es su voluntad que seamos salvos, que vivamos en santidad, que amemos a nuestro prójimo, que perdonemos, que seamos sanos. Podemos orar por estas cosas con un 100% de confianza. Y para su voluntad específica en nuestras vidas, el secreto es cambiar la forma en que empezamos a orar. En lugar de llegar a decirle a Dios lo que queremos, empecemos por preguntarle, Señor, qué es lo que tú quieres en esta situación, muéstrame tu perspectiva. Rindo mis planes y ayúdame a desear lo que tú deseas. El enemigo tiembla ante un creyente que ora de esta manera, porque un creyente alineado con la voluntad de Dios es la persona más peligrosa del mundo para el reino de las tinieblas. Es un agente del cielo en la tierra, armado con la autoridad de Cristo y moviéndose en la misma dirección que el Espíritu Santo. No hay fuerza en el infierno que pueda detener una oración así. Es una oración que ya tiene la victoria garantizada antes de ser pronunciada. Así que ya tenemos los pilares que construyen el arma, oramos desde nuestra identidad, usando la palabra, en el nombre de Jesús y alineados con su voluntad. Parece que el arma está completa y lista para disparar, pero falta un elemento crucial, falta el combustible que enciende el motor. Falta la chispa invisible que le da a todo este mecanismo su poder explosivo. Y ese combustible, mis amados, es el elemento más esencial de todo. Amigos y hermanos, hemos llegado a un punto crucial. Hemos aprendido a orar desde nuestra identidad de hijos, usando el lenguaje de la palabra, con la autoridad del nombre de Jesús y alineados con la voluntad de Dios. Llenos de fe, parece que nada puede fallar, pero hay un último ingrediente, uno que se necesita cuando hemos disparado nuestra oración de fe y al mirar la montaña, todavía no se ha movido al instante. Qué hacemos en ese tiempo de espera. Es aquí donde entra el pilar final, el más subestimado y el que nos asegura la victoria, la perseverancia que se niega a rendirse. Mis queridos amigos y hermanos, hemos llegado al último pilar de la oración poderosa y es uno que nuestra cultura de lo instantáneo ha olvidado por completo. Hemos aprendido a orar desde nuestra identidad, con la palabra, en el nombre de Jesús, alineados a su voluntad y llenos de fe y decididos a perseverar. Nos dirigimos al enemigo de nuestras almas, en el nombre de Jesús, le hablamos al acusador y le declaramos que sus argumentos en nuestra contra han sido anulados por la sangre de Cristo.
[25:46]Le notificamos que el juez del universo ya nos ha declarado justo. Le ordenamos a toda voz de miedo, de duda y de condenación que se calle ahora. Te atamos espíritu de incredulidad y te echamos fuera de nuestra mente. Decretamos que somos quienes Dios dice que somos, que tenemos lo que Dios dice que tenemos y que podemos hacer lo que Dios dice que podemos hacer. Nuestra vida será un testimonio del poder de un Dios que responde a la oración de sus hijos cuando oran de la manera correcta. Nos comprometemos a vivir y a orar de esta manera todos los días de nuestra vida para tu gloria. Lo creemos, lo declaramos y lo recibimos, amén. Amado guerrero de oración, hijo del Rey Altísimo, el secreto ha sido revelado. Las armas de la milicia celestial han sido puestas en tus manos, la enseñanza ha terminado, pero tu verdadera vida de oración poderosa apenas comienza ahora. Ahora ve y ora diferente, deja atrás para siempre las oraciones tímidas y dudosas del pasado. Nunca más te acerques al trono como un mendigo, has sido equipado y posicionado para la victoria. Recuerda quién eres, un hijo sentado en lugares celestiales con Cristo. Recuerda lo que tienes, la palabra que es un espada y el nombre que es la victoria. A partir de hoy, cuando ores, el enemigo ya no escuchará la voz temerosa de una víctima, escuchará el eco de la autoridad de Cristo a través de ti. Y si has recibido estas armas en tu espíritu, si has tomado la decisión irrevocable de cambiar tu manera de orar para siempre, te invito a que lo selles con una declaración de guerra contra el silencio. Primero, haz tu primer decreto de fe, ve ahora mismo a la sección de comentarios y escribe estas cinco palabras que son una bomba atómica en el infierno. Amén, mi oración tiene poder. Que tu comentario sea una declaración profética, un aviso formal al mundo espiritual, de que un guerrero se ha graduado y se ha levantado en autoridad. Segundo, piensa en el ejército de Dios. Hay miles de creyentes sinceros que están orando como huérfanos sin conocer el poder que portan. Tú me gusta este video, es como una bengala en la noche que ayuda a que este entrenamiento de guerra espiritual los alcance. Y cuando lo compartes, no estás compartiendo un video, estás poniendo una espada afilada en la mano de otro soldado de Cristo. Y finalmente, si tu espíritu anhela seguir siendo equipado y fortalecido con las verdades poderosas del reino, suscríbete y únete a este batallón. No te pierdas ninguna de nuestras próximas sesiones de entrenamiento. Gracias por tu valentía para recibir esta palabra. Ahora ve, que el Señor ponga su palabra en tu boca como fuego consumidor. Que te revista con la autoridad de su nombre como una armadura de luz. Que cada oración que hagas de ahora en adelante sea un terremoto en el infierno y una fiesta de celebración en el cielo. Ve y toma tu lugar como el vencedor que fuiste llamado a ser. Y esperamos, si Dios quiere encontrarnos en una próxima sesión, permanece en su victoria.



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