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La psiquiatría no es glamorosa | Marcelo Cetkovich | TEDxMarDelPlata

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[0:13]Hace pocas semanas me encontraba cenando con un grupo de colegas en el restaurant de un lujoso hotel de Buenos Aires.
[0:13]Mientras mirábamos la carta, veo ingresar a un personaje público muy conocido, quien poco tiempo antes me había consultado por un tratamiento que estaba haciendo.
[0:13]Esta persona pasó muy cerca de nuestra mesa, y tomar su lugar en su mesa, y no solamente me ignoró, sino que inmediatamente pidió ser cambiada de lugar.
[0:13]Si yo hubiera sido clínico, cardiólogo o mejor aún neurólogo, esta persona no hubiera dudado un minuto en venir a saludarme.
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[0:13]Hace pocas semanas me encontraba cenando con un grupo de colegas en el restaurant de un lujoso hotel de Buenos Aires. Mientras mirábamos la carta, veo ingresar a un personaje público muy conocido, quien poco tiempo antes me había consultado por un tratamiento que estaba haciendo. Esta persona pasó muy cerca de nuestra mesa, y tomar su lugar en su mesa, y no solamente me ignoró, sino que inmediatamente pidió ser cambiada de lugar. Si yo hubiera sido clínico, cardiólogo o mejor aún neurólogo, esta persona no hubiera dudado un minuto en venir a saludarme. Mi condición de médico psiquiatra hizo que esto fuera inadmisible para ella. Porque si vas al psiquiatra es porque estás loco. No importa que los psiquiatras tratemos otras condiciones como la depresión o los trastornos de ansiedad. La psiquiatría no es glamorosa. Las personas no tienen ningún problema de en hablar de sus infartos, úlceras o incluso de su próstata, pero nadie te va a contar que va al psiquiatra. Como mucho te vas a enterar que alguno va al psicoanalista o que tiene crisis de pánico. Las crisis de pánico son muy cool. A los siete años sabía que iba a ser médico. A los 10 que me iba a dedicar a algo vinculado al cerebro. Pisé un hospital neuropsiquiátrico por primera vez a los 20 años, cuando entré al viejo laboratorio de neuroanatomía del hospital Borda que dirigía mi maestro, el profesor Diego Loutes. Un sabio que me enseñó que el cerebro tiene vida y que tenemos que estudiarlo para comprender la mente humana sana y enferma. Hoy en día las neurociencias están de moda, pero en aquellos años empezar una carrera psiquiátrica estudiando el cerebro era francamente ir contra la corriente. En la actualidad tengo la fortuna de trabajar en el Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro y en el Instituto de Neurología Cognitiva, Inco. Verdaderas usinas de nuestras neurociencias. Pero no vengo acá a hablarles de mí, yo quiero hablarles a ustedes del estigma, del rechazo e incomprensión que aún hoy sufren las personas que padecen trastornos mentales. Reconocer que vas al psiquiatra es como reconocer que estuviste preso, no es algo que le contas a cualquiera. Implica una mancha social, un estigma. El estigma era la marca que le hacían sobre la piel a los esclavos para que se reconociera su condición. Si mi condición de médico psiquiatra produjo en este personaje público semejante conducta, ¿cómo será el rechazo que sufren las personas que padecen los trastornos mentales? Estadísticas serias nos dicen que entre todos los que estamos hoy aquí, uno de cada cuatro tiene algún tipo de trastorno mental. Ya sea psicosis, trastorno bipolar, depresión, trastorno obsesivo compulsivo, o alguno de los trastornos de ansiedad. Esto aplica para el trabajo, para el club, para el grupo de Paspi fútbol de los jueves, en todos esos grupos. Sin embargo, sería muy difícil que nos enteremos, porque las personas con trastornos mentales saben que si participan su condición, inmediatamente son objeto de rechazo y vacío. Este estigma se transfiere también a la familia de los pacientes, de las personas. Los familiares evitan hablar del tema o utilizan eufemismos. Sabemos que las familiares de las personas con trastornos mentales severos, se enferman y se deprimen como como consecuencia del sufrimiento y el rechazo que produce un entorno que no comprende. Las causas del estigma son complejas, pero tienen que ver con el miedo y la ignorancia. Como si la locura fuera peligrosa o contagiosa. Estudios serios demuestran que las personas con psicosis no son más peligrosas que el el el resto de la población. Andreas Lubitz no estaba loco, ni cometió el asesinato en masa del vuelo de Germanwings porque estaba deprimido. Era un sociópata que sabía exactamente lo que hacía. La locura no es contagiosa tampoco. Si bien nos falta todavía para cerrar la teoría, sabemos que las psicosis se producen por la la una compleja interacción entre factores genéticos y ambientales que afectan el normal desarrollo del sistema nervioso desde la gestación. Y que ciertos factores ambientales favorecen la aparición de la psicosis no siendo la causa. Las personas con predisposición a la psicosis, sabemos que situaciones como vivir en una gran ciudad, ser inmigrantes o hijos de inmigrantes y consumir tóxicos como la marihuana, aumentan la la chance la chance de que esta predisposición se manifieste. Estos factores socioambientales tenemos que verlos no como la causa de la psicosis, sino como el caldo de cultivo ideal para que la psicosis se manifieste. Cuando piensen en inmigrantes, no piensen en su cuñado que se fue a vivir a Los Ángeles y se acomodó con un parripollo o arreglando computadoras. Más bien piensen en los somalíes, jamaiquinos y asiáticos que viven en las barriadas pobres de ciudades como Londres o Ámsterdam, donde este fenómeno fue estudiado. Esta situación produce lo que se denomina la posición del grupo minoritario. Situaciones que favorecen situaciones de dominación, abuso y fracaso social. Esto todo favorece que la persona predispuesta manifieste su psicosis. El mecanismo sería el estrés actuando sobre un cerebro vulnerable. Por este trastorno del neurodesarrollo. Más cerca pensemos en el bullying. Las personas que van a desarrollar trastornos mentales severos en general suelen ser con un patrón de conducta un poco diferente a los demás. Son tímidos y retraídos, tienen otros intereses y son torpes para los deportes, lo cual favorece el abuso. Una de las formas más frecuentes de psicosis es la esquizofrenia. El diagnóstico de esquizofrenia con el correr de los tiempos ha ido adquiriendo un carácter tan estigmatizante, porque está relacionado o se lo relaciona con la incurabilidad y con el deterioro inexorable en el funcionamiento cotidiano, aunque esto no siempre es así. Este carácter estigmatizante es tan importante que en algunos países de Asia, empezando por Japón, le han cambiado el nombre a la esquizofrenia. Nosotros nos preguntamos si tenemos que seguir ese camino, si esto va a reportar algún beneficio para las personas con esta enfermedad. Para completar el cuadro, las personas con esquizofrenia y también las personas con trastorno bipolar, tienen menos expectativa de vida y además se enferman mucho, fundamentalmente de enfermedades cardiometabólicas. Para completar el círculo, el sistema de salud se ocupa muy poco de ellos y esto es igual en todos los países del mundo. Entre entre los siglos 19 y 20, la sociedad intentó solucionar el problema de la psicosis, encerrándolos en los hospicios. Las personas pasaban tanto tiempo internadas que les, en algunos países les daban postales como las que ustedes están viendo para que les escriban a sus familiares, como si estuvieran de viaje o de vacaciones. En ausencia de tratamientos específicos, lo único que se podía hacer era esperar que la crisis que había motivado la internación cediera. Y en esto tiene hay un agravante. Algunas formas de psicosis afectan severamente la capacidad de las personas de autovalerse. Y esto es lo que explica que permanecieran mucho tiempo hospitalizados, no la maliciosidad de los psiquiatras. Sí. La internación no soluciona la psicosis y genera este prejuicio contra los psiquiatras. No somos las personas que quieren ayudar a a los pacientes, somos las personas que quieren encerrarlos. El prejuicio contra los psiquiatras se ve mucho en el cine. En las películas el psiquiatra nunca es un ser lógico y empático. O muy malo, autoritario y cruel o un naif medio bobo. Piensen ustedes en el psiquiatra de la Trilogía Millennium, un perverso abusador. Sí. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cambiar esto en forma diametralmente. Hemos avanzado mucho en el diagnóstico y ser psiquiatra en la actualidad significa ser capaz de articular complejos conocimientos de la medicina, de las neurociencias, de la neuropsicofarmacología y de la psicología y la psicoterapia. Sin embargo, eh, los diagnósticos psiquiátricos se siguen haciendo hablando con los pacientes. No tenemos electrocardiograma. Sí. El experimento más caro de la historia de la humanidad, el colisionador de hadrones, la máquina de Dios, fue hecho solamente para demostrar una hipótesis de la física. En forma análoga, en las neurociencias se hacen experimentos cotidianamente, muy complejos, que nos van dando pequeñas piezas de información que nos permiten ir avanzando paso a paso para saber cómo funciona y se enferma nuestro cerebro. A fines de la década del 50, aparecen los antipsicóticos. Por primera vez las personas con psicosis comienzan a ver sus síntomas controlados. Y de esta forma pueden regresar a sus hogares, aunque no todo fueron un lecho de rosas. Como vemos, la gran revolución de la psiquiatría vino de la mano de un descubrimiento científico, no de un prejuicio antipsiquiátrico. Medicamentos como los antipsicóticos, los antidepresivos o el carbonato de litio, que se descubrieron poco después que la penicilina, cambiaron diametralmente la vida de cientos de miles de personas que padecen trastornos mentales, mejorando su calidad de vida. El movimiento antipsiquiátrico agrava la situación de las personas con trastornos mentales graves porque desinforma. Iniciado a fines de la década del 60, sostiene que no existen los trastornos mentales, que son una forma de lidiar con la sociedad, que es la que está enferma. Además hay algunos que hasta sostienen que los trastornos mentales son un invento de la industria farmacéutica para vender más medicamentos, ridículo. Pero las personas ya no pasan años internados esperando recuperarse. Los tratamientos han permitido que las personas puedan recuperarse cerca de sus familias. No obstante, pese a todo lo que hemos avanzado, las personas con trastornos mentales siguen teniendo dificultades para conseguir trabajo, ser tenidas en cuenta y su situación sigue siendo incomprendida. Las personas con trastornos mentales a veces se comportan en forma rara, pero no lo hacen siempre. Nosotros también a veces nos comportamos en forma rara, piensen en ustedes mismos cuando van a la cancha. Este circunspecto contador que se convierte en una fiera enjaulada porque le cobran un injusto side al 9, no aceptaría que le digan loquito o enfermito por ser víctima de la pasión futbolera. La mayor parte del tiempo se conduce en forma normal. Las personas con trastornos mentales también. Sin embargo, no dudamos en referirnos a ellas con todo tipo de epítetos despectivos. Chapita, está de la gorra, no tiene todos los caramelos en el frasco, le falta un jugador, elijan la que quieran. Cada vez que ustedes en un grupo se refieren a una persona con un trastorno mental en estos términos, tienen una chance sobre cuatro de estar lastimando, sin darse cuenta a alguien que lo escucha. Por esto, yo les voy a pedir que tomen algunos hábitos y se conviertan en militantes antiestigma. Primero, no etiqueten. No digan, es un psicótico, un bipolar, un depresivo o un toc. Las personas no son sus enfermedades. Por algo les decimos que las padecen, yo prefiero decir que las combaten. En segundo lugar, no les tengan miedo, no los aíslen. En tercer lugar, no juzguen ni culpen a las personas con trastornos mentales por su condición. Nadie le dice a una persona que tiene cáncer, vos lo que necesitas es ponerte una pila, tirar esos quimioterapicos a la basura y salir a caminar y tomar sol y vas a ver cómo se te pasa todo. No harían eso. No lo hagan tampoco con las personas con trastornos mentales. No es tan fácil como ustedes quieren creen, no es en absoluto fácil, se los puedo asegurar. Y y el y al sufrimiento le están agregando incomprensión. En cuarto lugar, no les den consejos, intenten escucharlos. Prueben, por ejemplo, sé que la estás pasando mal, ¿querés charlar? Okay. ¿No querés charlar? Okay también. Recuerden que una mano tendida puede más que un millón de palabras. Los dejo con esta frase de Bill Clinton, que para mí es muy elocuente. Los trastornos mentales no son algo para avergonzarse, pero el estigma y el prejuicio debería avergonzarnos a todos nosotros. Muchas gracias.

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