Thumbnail for El error de ser "normal" by Insomnio Crónico

El error de ser "normal"

Insomnio Crónico

27m 27s4,841 words~25 min read
Auto-Generated

[0:00]Muchas veces uno se apura en juzgar a alguien. Para mí es algo natural en algunos casos. Casi siempre es un juicio errado. Es exactamente como el dicho, no deberías juzgar un libro por su portada. Pero en ocasiones nuestro instinto acierta. Y tener razón no siempre es para mejor. Darío es un tipo raro. Es difícil de explicar por qué. Nunca te pasó de ver a alguien y que se te dispare una alarma en la cabeza? Es ese tipo de persona que, por alguna razón que desconoces, te resulta sumamente incómodo cuando está cerca tuyo. El sentir su presencia ya te genera esa leve frustración, como cuando hay una mosca que cada 2 segundos pasa zumbando a centímetros de tu oreja. Y no sé por qué, pero parecía que el resto de la oficina no lo veía de la misma forma. Nunca escuché a nadie decir algo así sobre Darío, no le daban importancia a su presencia. Aunque no sé si era que cada uno se concentraba en su trabajo y en sus problemas o era que ignoraban su existencia, como cuando hay un loco en el centro y todos desvían la mirada para evitar que se acerque. Por ahí empezamos mucho demasiado fuerte. No quiero que se malinterprete, Darío no parecía ser un loquito del centro, pero eso no quiere decir que era normal. No tenía comportamientos violentos, no insultaba gratuitamente ni nada de eso. Ya voy a explicar mejor, pero siempre tuve la sensación de que había algo raro en él. Es decir, algo más allá de lo evidente, de lo superficial, más allá del hecho de que también podía llegar a ser un poco excéntrico. Como si estuviera escondiendo algo de todo el mundo, como si esa torpeza e incomodidad tan evidente en su forma de ser no fuera más que un intento fallido de camuflarse, de ser normal. Ojalá pudiera haber hablado sobre él con otra persona de la oficina, pero lo cierto es que era medio como un fantasma ahí adentro. No interactuaba con nadie, pero no era algo que me angustiaba, no me sentía solitario ni dejado de lado, no era algo que me atormentaba, hasta te diría que era un alivio para mí. No es que sea antisocial, pero todas las personas de ahí me parecían imbéciles, es lo que definiría como gente sin personalidad. No tenían chispa, desapareció hace años si es que alguna vez tuvieron. Lo que quiero decir es que no tenían ni un pensamiento propio, ni mucho menos interesante. Todo era seguir la corriente, el tema de la semana, la serie del momento, el escándalo mediático que estaba de moda. Era como si todos los gustos o intereses que tenían estuvieran siendo formados, incrustados por un algoritmo. Y lo peor de todo es que parecía que estaban convencidos de que sus opiniones sobre todas esas pelotudeces eran propias, hablaban como si estuvieran seguros de que eran ideas originales. Era como si vivieran con parte de su conciencia apagada, sin intereses ni aspiraciones. A ver, no es que me ponía a hablar con alguien, pero solo con escuchar esas conversaciones vacías me bastaba para darme cuenta de cómo eran. Y Dios, qué tortura escuchar esas charlas de pasillo, de ascensor. Ni hablar que encima durante ese tiempo parecía que gran parte de mi día se reducía a estar ahí en la oficina. Y por alguna razón que desconocía, de todas las personas que había en ese lugar, el único que me hablaba era Darío. Qué suerte la mía, ¿no? Entre un mar de boludos me hablaba el más raro de todos. Ahora decir que conversábamos sería una exageración. Era algo más parecido a un monólogo de su parte, un incómodo monólogo, como ser testigo de un comediante mediocre y con serios problemas de comunicación intentando hacer un chiste. Lo peor de todo es que Darío ni siquiera tenía la intención de ser gracioso, eso era lo que más vergüenza ajena me daba. Por ejemplo, una vez se la pasó hablando durante 5 minutos de las veces que había visto unas lombrices en el patio de su casa. Me lo decía en tono serio, no estaba jodiendo, que eran las más grandes que había visto en su vida. Ahora te pregunto, ¿cómo mierda respondes a eso? No hay forma, ni todas las veces que me hablaba, que eran muchísimas, más de las que desearía, la conversación iba para un lado que nunca me podía imaginar. También hay algo en su voz, en su forma de hablar. Suena cruel, pero hasta llegué a pensar que tenía alguna cuestión psicológica o algo así. No escuché a nadie decir eso sobre él y tampoco pensarían bien de la persona que empiece a preguntar, che, ¿sabes si ese Darío tiene algún problema mental o algo? Y no tenía planeado ser odiado por preguntar lo que todos pensaban. No es que me importe tanto cómo piensan los demás de mí, pero tampoco hay que ser una pesadilla para recursos humanos. Si te pasas de vivo, te rajan, esa siempre fue la regla ahí y en cualquier lado. Y la verdad es que en ese momento ya ni podía acordarme de la última vez que me habían dicho, che, gracias loco, buen laburo. Al mismo tiempo, notaba que pasaba muchísimo más tiempo ahí adentro. Quería hablar con mi jefe de eso, pero nunca parecía encontrar el momento correcto. Siempre que me pasaba por el lado, ni me saludaba. No me lo tomaba personal, pero eso la verdad que me daba un poco de información sobre si era prudente hablar con él o no. Y cuando andaba dando vueltas por los pasillos o en la cocina, siempre aparecía Darío. Era increíble el timing de ese tipo, no quería odiarlo, pero me lo hacía difícil. Lo tenía pegado, su cubículo estaba al lado del mío. Bueno, nos separaba apenas un panel. Bastaba con alejarse unos centímetros del escritorio que ya lo veía ahí. A mi izquierda, un pasillo y a mi derecha, Darío. Hasta parecía que no tenía ningún tipo de filtro entre lo que pensaba y lo que salía de su boca. ¿Cómo podía concentrarse en el laburo y al mismo tiempo hablar sobre tantas boludeces? Tampoco entendía cómo no se daba cuenta de que no me importaban lo más mínimo. Nunca me escuchó responder o reaccionar a nada de lo que me contaba. Podía sentirlo no solo mentalmente o emocionalmente, también físicamente. Algo parecido a un enojo muy grande, aunque no exactamente eso. No tenía una razón en específico, o por lo menos no podía encontrar alguna, pero en los peores momentos, cuando más presente estaba esta emoción, se sentía como un calor que aparecía en mi pecho y se esparcía a mis brazos y a todo mi cuerpo. Era algo que pedía salir con urgencia, pero no sabía cómo dejarla salir. También no sabía qué iba a pasar si lo hacía. El sonido de los teclados, de las sillas, los carraspeos, los pasos apurados de los cadetes, el olor a perfume barato y tabaco de los que salían a fumar cada media hora, la lentitud con la que el tiempo pasaba ahí adentro. Si bien no había una razón o causa clara, todo eso no hacía más que exacerbar esta emoción. Esa oficina muchas veces se sentía como una cárcel. Un lugar del que nunca iba a poder escapar. No sé de dónde salía esta idea, ni me acordaba cuándo se me incrustó en la cabeza, pero cada tanto aparecía. Suponía que todo el mundo tenía esos momentos un poco más oscuros, aunque no estaba seguro de si yo tenía un momento que no lo fuera. Hasta Darío, con toda su excentricidad, a veces te tiraba algo un poco más pesimista. Una vez, después de varios minutos en silencio que se sintieron como un regalo divino, dijo de la nada, nunca me imaginé que el resto de mi vida sería así, que todo se resumiría a esto. Y me sorprendió mucho más cuando se explayó un poco más. Sin mirarme a la cara, casi como si se tratara de una confesión, dijo que sabía cómo lo percibían los demás, que está al tanto de que es diferente de todos, pero que eso no quería decir que era menos capaz. Que se daba cuenta cuando el resto de nuestros compañeros de laburo pasaban junto a él y miraban para otro lado para evitarle la mínima posibilidad de que él les hablara. Y mientras escuchaba eso, podía verlo con claridad, porque había sido testigo de esa escena incontables veces. No solo me sorprendió ese momento de Darío, que de igual manera lo atribuía a que era un raro de mierda como siempre, sino que también me sorprendió darme cuenta de la cantidad de tiempo que compartía con él. Muy a mi pesar, pero así era. Y me empecé a preguntar, ¿por qué parece que siempre se termina acercando a mí? Nunca le di una señal de interés, nunca fingí que me caía bien, de hecho, era bastante obvio con mis gestos y mi lenguaje corporal. No me agradaba, no lo odiaba, pero estaría mintiendo si digo que no me irritaba su presencia. Sin embargo, así y todo, siempre lo tenía pegado. Porque al mismo tiempo no podía evitar sentir curiosidad. Quería saber por qué era así, por qué seguía intentando como si nada, a pesar de ser totalmente consciente de que no es como los demás. De que no es parte del grupo, de que no es normal. No era una curiosidad con el fin de ayudarlo, no voy a ser mentiroso acá. Era más una curiosidad morbosa que buscaba entender el comportamiento de alguien que yo consideraba el rarito. Pero el rarito tenía cierta esperanza, ¿por qué? Si fuera como él, yo no la tendría, no debería tenerla. Suena terrible, ¿no? Pero estoy siendo honesto. Y una de mis teorías o escenarios posibles era que Darío no estaba siendo sincero. Ni conmigo, ni consigo mismo, se quería convencer a sí mismo de que su forma de ser no era un límite, de que realmente no importaba lo que pensaran los demás de él. Quería descubrir por qué era así y si en algún momento finalmente dejaría caer esa máscara. Lamentablemente, no pasó mucho tiempo para que esa curiosidad vaya mutando en una obsesión, pero fue un proceso consciente o, por lo menos, a medias. Sabía bien cuáles eran mis intenciones y no me detuve ni medio segundo en dudar de ellas, pero debo admitir que se me fue un poco de las manos. Darío ya ocupaba gran parte de mi día antes, pero era contra mi voluntad. Ahora yo era quien lo buscaba. No para hablar con él, para hacernos realmente cercanos, mi objetivo en realidad era analizarlo hasta el más mínimo detalle. Pasaba horas y horas mirando cómo trabajaba. Encorvado, mirando el monitor lo más cerca posible, tipeando sin siquiera parar a ver un segundo el teclado, solamente corrigiendo su postura una vez cada media hora. Parecía que una vez que se concentraba en algo, no había nada que lo distrajera, hasta que de la nada tiraba algún comentario random o empezaba algún monólogo sobre el tema más aleatorio y menos interesante que haya escuchado nunca. Llegaba todos los días 10 minutos antes, se tomaba un yogur con una fruta mientras miraba sin expresión alguna su monitor apagado. Fui notando que era algo que hacía mucho. Mantenía la mirada fija en un punto, en el monitor, en una pared completamente vacía. No entendía cómo es que nadie lo observaba como yo, cómo les parecía normal. Ni bien terminaba su yogur, justo a las 9 en punto, prendía el monitor y se ponía a revisar los mails. Leía cada uno de ellos con extrema atención y marcaba los que consideraba importantes. Se notaba que lo hacía con cierto método, con cierta jerarquía de relevancia, pero en su rostro seguía la misma expresión. Como si en realidad no estuviera presente, como si tuviera otras cosas en mente y no sé por qué el pensar en qué cosas tenía en su mente en aquellos momentos me incomodaba bastante. Me molestaba, me ponía nervioso, me nacía desde adentro decirle, flaco, sentate bien, cambiá esa cara, no ves que pareces un raro de mierda. Pero elegía no rendirme ante ese impulso, por más tentador que fuera, me resultaba hasta casi antinatural tener que guardarme eso. Me encantaría decirte que solo es porque soy una mala persona, un mal tipo, pero es mucho más complejo. Y dado cómo terminaron las cosas, no puedo decir que me arrepiento, era lo que tenía que hacer, lo que debía hacer. Volviendo a la rutina de Darío, a eso de las 11 de la mañana, se iba a tomar un café, ese que ninguna otra persona en la oficina se animaba a tomar. Lo más probable es que si lo hacías, pases el resto del día en el baño, pero al parecer Darío ya había desarrollado inmunidad ante ese veneno. Lo tomaba parado, mirando una pared, sin importarse había otra o varias personas ahí en la cocina, nunca intentaba hablar con nadie, solo conmigo y de los temas más aleatorios e inesperados. Llegado el mediodía, a eso de las 13, sacaba de su mochila el tupper con la comida más deprimente que hayas visto en tu vida. No variaba mucho, siempre era lo mismo, al menos entre dos opciones posibles, arroz blanco con la milanesa menos apetitosa del mundo que de lejos ya se notaba que era un pedazo de cartón, o un guiso que se veía sequísimo. Lo calentaba en el microondas más de lo que debía y no hacía falta probar para darse cuenta de que comer eso era como masticar un chicle, sabor milanesa o guiso. Darío se tomaba su tiempo para comer, siempre mirando fijo un punto en el que no había nada para mirar, siempre lejos de ese lugar donde se encontraba físicamente. Ni siquiera sacaba su celular como el resto scrolleando sin fin, parecía que estaba más allá del consumo problemático de redes para evitar pensar. Lo que sea que tiene adentro de esa cabeza no es una pavada. Me resultaba sorprendente que a pesar de eso, que igual no era más que una teoría o una corazonada de mi parte, Darío parecía ser capaz de realizar las tareas del laburo. Siempre estaba haciendo algo y hasta donde yo sabía, nunca había tenido algún quilombo por haberse mandado una cagada, por haber cometido un error. Principalmente, por lo que pude ver, sus tareas se basaban en atención a proveedores y clientes por mail, carga de datos en planillas y armado de nuevas y otras boludeces relacionadas con la compra de insumos. Ahora, ¿realmente era un empleado impecable? ¿Era capaz de hacer todo eso? Yo tenía mis dudas. Alguien con ese nivel tan precario de habilidades sociales y de comunicación no podía estar a cargo de tantas tareas. La idea de que en realidad todos sabían que hacía mal su trabajo y nadie decía nada, un día apareció en mi mente. Quizás era algo parecido a cuando evitaban mirarlo para no tener que interactuar con él, lo dejaban hacer lo suyo aunque estuviera lejos de ser eficiente. Probablemente el jefe sentía pena por él, por eso lo mantenía en su puesto, porque sabía que si lo echaba no iba a poder conseguir otro trabajo, lo condenaría. Este escenario era posible, estaba seguro de que era lo que ocurría. Más o menos a las 15 Darío iba por otro café, pero esta vez no lo tomaba en la cocina, sino que salía a la terraza que estaba a unos metros. Ese lugar era considerado el sector fumador, porque todos podían salir cuantas veces quisieran por un pucho rápido. Darío no fumaba, pero sí se quedaba ahí afuera, café en mano, mirando hacia abajo cómo pasaban los autos y el mar de gente que era el pleno centro en día laboral. A veces se quedaba varios minutos ahí después de haberse terminado el café, suponía que era una cuestión de fascinación, era un paisaje bastante hipnótico desde un octavo piso. O quizás era como cuando miraba un punto fijo sin realmente estar mirando. Si no era eso, ¿qué otra cosa podía ser? Viendo todo esto a diario, me costaba cada vez más entender cómo es que un tipo así compartía espacio y sueldo con otras personas que realmente eran capaces, que tenían una vida normal o, al menos, parecían ser normales, aunque fueran unos imbéciles. Me generaba odio pensar en eso, en que a Darío se le estaba dando un espacio que no merecía, que él no pertenecía ahí. Ya no se trataba de una cuestión de incomodidad, poco a poco, cada vez que lo veía, sentía asco. Un desprecio enorme y aunque tenía mis razones, no entendía por qué era tan grande esa emoción. Ese calor que aparecía en mi pecho, se fue volviendo cada vez más intenso, algo subía, algo pedía salir por mi boca. Y eventualmente, Darío se fue dando cuenta de eso. ¿Cómo lo sé? Bueno, poco a poco, él empezó a sentirse incómodo ante mi presencia, ante mi mirada de desprecio. Yo no podía disimularla aparentemente y él tampoco podía ocultar su incomodidad. Lo veía en la expresión en su cara de miedo, de por favor, dejá de mirar cada vez que me miraba de reojo. Simplemente no tenía las suficientes habilidades sociales como para ocultar su molestia con éxito. Y, sin embargo, varias veces al día, Darío me seguía hablando igual que antes. Era como si no tuviera forma de evitarlo, incluso sabiendo sin duda alguna que yo lo despreciaba. Sin importar la incomodidad que yo le generaba y el odio que despertaba en mí, ese extraño vínculo que nos unía desde un principio no desapareció. Era más fuerte que él, supongo. No paraba de contarme cosas igual de raras y aleatorias de siempre. Voy a la tarde debería ir al chino, tengo que comprar fideos y carne picada. Creo que la cajera del cine me sonrió. Pero no sé si significaba algo en particular, capaz solamente se estaba riendo de mí. Frases que tiraba de la nada, a veces profundizaba en eso y muchas veces no, solamente se quedaban ahí. Y así como él no podía evitar decir esa sarta de pelotudeces, yo no podía evitar responderle de la peor manera, lo más cruel que se me ocurría, pero solo en mi cabeza, nunca en voz alta. Pero había otra cosa que no llegaba a entender, pero de mí mismo. ¿Por qué nunca le corté el rostro sin tanto drama? Es decir, solamente era decirle algo lo suficientemente cruel o cortante como para que él desista en eso de hablarme y listo. Sin embargo, nunca lo hice, siempre me dediqué a escucharlo, aunque sea para juzgarlo en silencio. No era una certeza, porque no me podía sacar la idea contraria de la cabeza, pero llegué a preguntarme si el problema era yo. Me dediqué a observar todo lo que Darío hacía y cada movimiento, cada palabra que salía de su boca, cada puta acción me despertaba ese desprecio.

[18:09]Asco por cómo era. Darío puede ser raro, pero, ¿realmente le estaba haciendo daño a alguien? Siempre encontraba una forma de justificar que sí, era perjudicial para el laburo de una forma u otra. Pero esa mínima duda, que hasta parecía alienígena comparado con lo demás que tenía en mente, seguía ahí, cada tanto se mostraba. Llegaba hasta cierto punto en que tuve que aceptar que todo era parte de mi personalidad. Tuve que aceptar que era un amargo, un pesimista y quizás un poco soret, pero también sincero conmigo y con lo que pienso de los demás. Así es como estaba cableado y de alguna manera, era mi propósito. Pero eso no quitaba el hecho de que compartía ciertas cosas con Darío, lamentablemente. ¿Cuáles eran? Porque tampoco es que me etiquetaba a mí mismo como un raro, ni en pedo, no como él. Como ya estuve explicando antes, mi vida entera se resumía en lo que pasaba en esa oficina o, al menos, así parecía. Y ahí adentro tampoco es que la pasaba genial. No decía una palabra en todo el puto día y ahora que lo pienso, no sé si alguna vez lo hice. Saben lo que es vivir así, es como ser solamente un monólogo interno, como si no tuviera boca y necesitara gritar. Y la única persona que me hablaba era el que más despreciaba. Pero no era lo mismo, no era igual a Darío. ¿Por qué? Sería una pregunta válida, porque todos los que estaban ahí adentro me parecían unos pelotudos sin remedio, imbéciles del primero al último, no quería tener nada que ver con ninguno de ellos. En cambio, Darío, moría por ser como ellos. No me preguntes por qué, pero yo estaba seguro, convencidísimo de que esto era así. Darío fantasiaba con ser alguien normal, estaba lo que sea por ser uno de esos que pasaban el break del almuerzo teniendo charlas vacías sobre los temas más superficiales posibles. Por ser visto en los pasillos, en el ascensor, moría por tener cosas en común, hablar de esa familia a la que supuestamente adoran, pero con los que interactúan lo menos posible. Por eso, los after office, el gimnasio, los partiditos de fútbol con los del laburo, pasar la menor cantidad de tiempo con esa familia tan amada. La bronca de no ser uno más del montón lo comía por dentro, no podía aceptar que no era más que un bicho raro. En parte, no era su culpa. Alguien lo había convencido de que era parte del equipo, de que estaba capacitado para estar ahí al mismo nivel de todos los demás. De que realmente valía la pena desperdiciar guita en un sueldo mes tras mes, no lo hacía inocente. A pesar de todas las señales, que a ese punto ya eran abrumadoras de lo evidente que eran, él seguía eligiendo quedarse. Si nadie te da pelota y el único que se sienta a escucharte te mira con obvios ojos de qué mierda estás diciendo, flaco, por qué no te vas. Cualquier persona normal se hubiera ido a la mierda mucho tiempo antes. Podés tardar en encontrar otro laburo, pero algo me dice que él ni siquiera intentó irse en ningún momento. Capaz solamente le gustaba hacerse la víctima. Cuando lo vi que se dejó la barba un poco, que lo confirmé, me costó horrores aguantarme la risa, semejante acto de hacerse el depresivo. O si era para ganar más pinta de macho, más masculino, fue un fracaso terrible y lo hacía todo mucho más triste. Parecía un linchera, una persona de la calle, pero aparentemente él sentía que le quedaba bien, porque no desistió con ese look durante mucho tiempo. No podía parar de preguntarme, no tiene a nadie que le diga que no da caer al trabajo así. Y en parte, si nadie se lo había dicho, me causaba mucha ilusión. Suena mal y no puedo negar ni decir que no es lo que parece, era exactamente como suena. Pero no quiero seguir deteniéndome tanto en mí. Ya se van a dar cuenta de que esto no se trata tanto de mí, soy parte, pero a pesar de lo que parezca, solamente hice lo que tenía que hacer. No había forma de que Darío no se diera cuenta de lo mal que le quedaba al llegar al trabajo así, claramente era una decisión, hasta parecía una provocación, un llamado de atención, como si se tratara de un adolescente. Siendo sincero, me parecía patético y era probable que así sea, siempre la misma camisa durante varios días seguidos. Ya se le veían las manchas de tanto uso, andá a saber exactamente de qué, porque ya no traía más comida como antes. Vivía a café y cada vez que se sentaba a trabajar, se veían unas ojeras enormes. Eventualmente, logró su cometido. Ahora la gente lo veía, pero con los mismos ojos que yo siempre lo había visto, quería decir a los gritos, vieron que siempre tuve razón, este tipo no es normal, este no es su lugar. Pero entonces yo quedaría como el raro, porque nunca lo había hablado con nadie, siempre me guardé el odio y todos los pensamientos venenosos para mí. No por respeto a Darío, ya estábamos muy lejos de eso y siendo sincero, la verdad es que no sé por qué, aunque al final todo cobró sentido. ¿Qué se cree hippie este ahora? Pensaba mientras lo veía salir del ascensor igual que el día anterior, misma ropa, esa barba espantosa. Como ya no comía ahí en la oficina, pasaba sus ratos libres ahí afuera, mirando hacia abajo, mirando el tráfico pasar, pero igual que siempre parecía tener algo más en mente. Muchas veces hasta se quedaba 10 o 15 minutos más de su descanso y el jefe siempre terminaba llamándole la atención por eso, le pedía que, por favor, se enfocara en su laburo. Por fin pasó, ya perdió la cabeza, pensaba. Y al verlo así sentía una mórbida satisfacción. Era como si todas esas respuestas de mierda que me venía guardando, esas cosas terribles que le deseaba por alguna razón se habían hecho realidad. Era como si el tipo me hubiera hecho caso. El último día llegó tarde y me di cuenta de que estaba cuando salió de la oficina del jefe. Habían tenido una charla cara a cara, no sabía a ciencia cierta, pero me resultaba obvio que no había sido una positiva. Hasta podía ver y escuchar cómo fue en mi cabeza. Era evidente por su desempeño. Seguramente le había dicho que necesitaba que se pusiera las pilas, que volviera a ser el de antes, o lo iba a tener que rajar, dejarlo de patitas en la calle. O que si necesitaba tomarse un tiempo, que lo hiciera. Hubo casos de licencias como esa, no había ningún problema ni vergüenza en hacerlo. Sin embargo, a Darío se le notaba en la cara, se le notaba que ya estaba vencido. Se sentó una vez más frente a la computadora, en ese cubículo idéntico a los demás. Ahí todo era una copia entre sí. El único que claramente destacaba y no exactamente por las mejores razones, era él. Y parecía que esa verdad que yo siempre supe, por fin le había invadido la mente a Darío. Vos no encajás acá, le dije en voz alta por primera vez, se me escapó, fue mucho más fuerte que yo, no pude contenerme más. Darío seguía mirando el monitor, tenía los ojos clavados en ese salvapantallas de Windows, era como un paisaje urbano, edificios vistos desde arriba, o al mismo nivel. Parecía ser una gran ciudad, como Nueva York o algo por el estilo, estaba hipnotizado. Parecía que me estaba por responder o, al menos, decir algo. Pude ver en su cara que se contuvo, estaba presente, pero no realmente. Casi que no parpadeaba mientras miraba ese paisaje en su monitor y yo sentía como si estuviera observándolo a él exactamente igual. Era como ver un accidente en la ruta, una fascinación y curiosidad sumamente morbosa. Antes de que pudiera decirle algo más, Darío se puso de pie y fue caminando lentamente hasta el balcón. Yo lo seguí, no sé por qué. Fue como si yo no estuviera bajo el control de mi propio cuerpo, como si ese morbo se hubiera apoderado de mí por completo y la verdad, tampoco me resistí tanto. Apoyó sus brazos en aquel borde de concreto de estilo francés, seguía mirando para abajo, ahora lo veía mucho más cerca o no sé, lo sentía más cercano que nunca. Y, sin dudas, no estaba mirando el tráfico ni nada ahí abajo, miraba más allá o, quizás, más adentro. Como adivinando que estaba por decir algo, él abrió la boca primero. Siempre tuviste razón, soy un bicho raro, no encajo acá ni en ningún lado, nadie me ve, nadie quiere verme o fingen no hacerlo. Pensé que eras una maldición, que mi viejo psiquiatra tenía algo de razón cuando decía que nada de lo que decía, era real. No era verdad, pero también dijo que las pastillas te iban a callar. Darío de un salto se subió a aquel borde. Se escuchaban gritos que venían de adentro de la oficina, pero yo no grité, no me puse nervioso ni me asusté. Sentía alegría. Creo que no era muy confiable, fue su última oración, miraba hacia abajo sin miedo y le dije, hacelo, sabés que es lo que tenés que hacer. No lo dudó un segundo más, lo último que vio Darío, o mejor dicho, lo que vimos, fue la calle empedrada acercándose a toda velocidad. Sentimos el viento raspándonos en la cara, en esa barba, y también un gran alivio de su parte y por la mía. La satisfacción de haber cumplido con mi propósito.

Need another transcript?

Paste any YouTube URL to get a clean transcript in seconds.

Get a Transcript