[0:53]La noche en pueblo Paleta se extendía tranquila, con un cielo estrellado que parecía una pintura viva. Sin embargo, para Ash Ketchum, el campeón mundial, aquella calma era un contraste doloroso con el torbellino de emociones que llevaba dentro. El joven se encontraba acostado boca arriba en su cama, con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo como si esperara encontrar en las grietas una respuesta que se le escapaba. Pikachu estaba enroscado a su lado, pero en vez de dormir, lo observaba con los ojos entrecerrados, como si tratara de ver lo que pasaba en la mente de su entrenador. Ash suspiró. Había enfrentado a campeones, a rivales temibles, a entrenadores de élite que lo habían llevado al límite. Había luchado contra dragones, criaturas legendarias, incluso contra entrenadores que lo superaban en experiencia. Y aún así, nada de eso lo había preparado para lo que había vivido ese mismo día. Dos confesiones, dos corazones volcados sobre él. Dos amigas que habían estado siempre en su camino. Cerró los ojos y apretó los puños sobre la almohada. Misty, Serena, murmuró en voz baja, casi como si temiera pronunciar sus nombres. Recordó primero a Misty, la cascarrabias de Ciudad Celeste, que en sus inicios parecía más una niñera gruñona que una compañera. Su ceño fruncido, sus gritos cada vez que Ash hacía una tontería, sus bromas sarcásticas, pero también recordó cada momento en el que ella había estado a su lado. Las veces que lo había animado cuando fallaba, los momentos en los que compartían risas sinceras. La forma en la que se preocupaba por él aunque nunca lo admitiera en voz alta. Ash giró un poco en la cama, cubriéndose el rostro con la sábana, incómodo consigo mismo. Y si Misty siempre, siempre me quiso de esa forma y yo nunca lo vi? Susurró. Pikachu ladeó la cabeza y soltó un pequeño Pika, como si preguntara, apenas te diste cuenta? No me mires así, Pikachu. Protestó Ash, con las mejillas encendidas. Yo, yo no sé nada de esas cosas. El ratón eléctrico lo pinchó suavemente con la cola, sacándole un respingo. Era su manera de decirle que no podía seguir escondiéndose. Ash suspiró otra vez, y esta vez sus pensamientos se desviaron a Serena, la dulce chica de Kalos. La que lo había conocido cuando apenas eran unos niños, y que había viajado con él durante toda la región con una sonrisa cálida y un espíritu que inspiraba. Recordaba cada consejo que le había dado, cada mirada de complicidad, cada momento en el que ella lo alentaba incluso cuando él mismo dudaba. Y luego, estaba aquel beso. Ese beso en la estación de tren que había quedado grabado en su memoria, aunque nunca lo hubiera contado a nadie. Un beso que, por más que tratara de hacerse el distraído, había despertado en él un cosquilleo extraño que todavía lo perseguía. Ash se revolvió en la cama, tirándose una almohada sobre la cara. Por qué las cosas tienen que ser tan complicadas? Pikachu, divertido, empezó a reír con su peculiar pika pika, y luego saltó sobre la barriga de su entrenador, haciéndolo soltar un quejido. Oye. Eso duele. Se quejó Ash, quitándose la almohada de encima y mirando a Pikachu. El Pokémon lo miró serio, como si le estuviera diciendo sin palabras. Tienes que enfrentar esto, Ash. Ash lo entendió, aunque no quería admitirlo. Se sentía atrapado. Misty representaba una parte enorme de su pasado, de su infancia, de sus primeras aventuras y sueños. Serena era alguien que había iluminado su camino en Kalos, que le había mostrado un cariño y un apoyo incondicional. Cómo se suponía que eligiera entre ambas? Cómo podría decirle a una de ellas que no, sin destrozar su amistad? Se sentía como si estuviera en un combate en el que, sin importar lo que eligiera, perdería. La ventana de su habitación estaba entreabierta, y una brisa fresca entraba, agitando ligeramente las cortinas. Ash se giró hacia ella, dejando que el aire frío lo despejara un poco. Tal vez, tal vez lo mejor sea no pensar en eso ahora, se dijo, aunque sabía que era inútil. Esa pregunta lo perseguiría hasta que respondiera. Los recuerdos siguieron llegando como un desfile interminable. Recordó cuando Misty lo acompañaba en sus primeras ligas, gritándole que no fuera un idiota cada vez que cometía un error. Recordó cuando Serena había entrenado a su lado, dándole confianza en momentos de duda. Recordó risas, peleas, reconciliaciones, miradas, y de pronto, un pensamiento extraño lo golpeó. Qué pasaría si ambas no eran las únicas? Qué pasaría si había más chicas, más amigas, más personas que habían compartido su viaje y que, tal vez, sentían lo mismo? Ash sacudió la cabeza, como si quisiera ahuyentar esa idea. No, no. Eso sería imposible, verdad? Pikachu lo miró otra vez con esos ojos sabios que parecían decir, Ash, eres un cabeza dura. Ash se dejó caer de espaldas otra vez, hundiéndose en la cama. Quiero batallas. Quiero entrenar. Quiero seguir siendo fuerte. No sé nada de novias ni de esas cosas raras. Se quejó, casi como un niño. Pikachu se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza sobre su brazo. El silencio volvió a llenar la habitación, roto solo por los grillos en el exterior y el sonido distante del río cercano. Ash sabía que debía enfrentarse a Misty y Serena tarde o temprano. No podía huir. Pero en ese momento, solo quería cerrar los ojos y que todo desapareciera, al menos por una noche. Sin embargo, aunque intentó dormir, los nombres de Misty y Serena seguían repitiéndose en su mente, como un eco imposible de callar. En otro rincón de Kanto, muy lejos de la calma de Pueblo Paleta, alguien más también pensaba en Ash Ketchum, pero no con amor ni ternura, sino con frustración. Las luces en el subterráneo del cuartel del Equipo Rocket parpadeaban con un tono rojizo y lúgubre. El eco de pasos resonaba por los pasillos metálicos, acompañados del murmullo de voces apagadas y el ruido de máquinas que trabajaban sin descanso. El ambiente era tan frío como la reputación de aquella organización criminal. Al fondo, en una sala amplia con enormes pantallas que mostraban mapas de distintas regiones, se encontraba un hombre cuya sola presencia imponía silencio. Giovanni, el líder absoluto del Equipo Rocket, permanecía sentado en su sillón de cuero negro, acariciando con calma a su Persian, mientras observaba a tres figuras de pie frente a él. Jessie, James y Meowth tragaban saliva al mismo tiempo. No era la primera vez que estaban en esa posición, pero cada ocasión la tensión parecía mayor. Giovanni habló al fin, con voz grave, serena, pero cargada de autoridad. He escuchado sus reportes, dijo, levantando apenas la mirada hacia ellos. Y he de decir que estoy decepcionado. El silencio fue sepulcral. Jessie apretó los puños. James miró al suelo y Meowth jugueteaba nervioso con sus garras. Durante años, continuó Giovanni, con un gesto de fastidio, han tenido una sola misión recurrente. Atrapar al Pikachu de ese chico, Ash Ketchum. Un simple Pikachu. Ni legendarios, ni experimentos, solo un roedor eléctrico. Y, aún así, qué han conseguido? El Persian soltó un maullido bajo, como subrayando la humillación. James trató de dar un paso adelante, con una risa nerviosa. Jefe cito, nosotros lo intentamos de verdad, pero ese Pikachu no es nada común. Tiene más poder que un generador eléctrico entero, y. Silencio. La voz de Giovanni retumbó en la sala, haciendo que los tres dieran un salto. Jessie apretó los dientes. Estaba harta de que todos los culparan siempre. Habían soportado explosiones, caídas, hambre, persecuciones, y siempre volvían. Eso no valía nada. Giovanni suspiró, reclinándose en su asiento. Ya no sé si llamarlos un fracaso o un chiste. Pero les diré algo. Ni siquiera sirven para entrenar a los reclutas nuevos. Su incompetencia se ha vuelto legendaria dentro de la organización. Las palabras fueron como cuchillos. Jessie lo sintió en lo más profundo del pecho. James bajó la cabeza avergonzado y Meowth temblaba de rabia contenida. Finalmente, Giovanni se levantó. Estoy cansado de sus excusas. Así que, escúchenme bien, a partir de hoy, tienen vacaciones. Los tres lo miraron confundidos. Vacaciones, jefe? Preguntó Meowth, con la voz temblorosa. Giovanni asintió lentamente. Sí. Larguense. No quiero verlos rondando por el cuartel. No me interesa lo que hagan. Pero quiero paz en esta base y ustedes son un estorbo. James, sorprendido, dejó escapar un suspiro de alivio. Vacaciones. Eso suena maravilloso. Un poco de descanso, un buen vino, sol, playa, Meowth se subió a su hombro, sonriendo con la misma emoción. Al fin algo bueno para nosotros. Nos vamos a relajar, Jess. Pero Jessie no sonrió. Al contrario, su expresión se endureció. Vacaciones. Repitió con un tono amargo. No, esto no es un premio. Esto es un castigo disfrazado. Giovanni la miró de reojo, con un gesto frío. Puedes tomarlo como quieras, Jessie. O aprovechas este tiempo, o te hundes más en tu mediocridad. A mí ya no me importa. Se giró, dándoles la espalda. Fuera de mi vista. El corazón de Jessie latía con fuerza. Sintió la humillación corriendo por sus venas. Giovanni no los veía como soldados, ni siquiera como miembros de su equipo. Eran basura. James, sin embargo, parecía casi feliz. Vamos, Jessie. Nos vamos de vacaciones. Esto es lo mejor que nos ha pasado en años. Meowth lo apoyó, saltando de alegría. Ya me imagino comiendo pescaditos frescos en la playa. Jessie, sin decir nada, giró sobre sus talones y caminó hacia la salida, sus pasos resonando con rabia en el suelo metálico.
[11:00]En el dormitorio vacío del cuartel, Jessie se dejó caer en la litera de arriba. James y Meowth ya habían empacado sus cosas, emocionados por el viaje que planeaban juntos. La dejaron sola, convencidos de que ella también disfrutaría. Pero Jessie miraba el techo con el ceño fruncido. Vacaciones, susurró con amargura. Claro, para ellos sí. Ellos se lo toman como un juego, como un descanso, pero yo, yo sé lo que quiso decir. Cerró los ojos, recordando las risas de los demás reclutas cuando hablaban a sus espaldas. Son unos inútiles. No pueden ni con un Pikachu. Deberían expulsarlos. Las voces se mezclaban con la de Giovanni, con ese desprecio absoluto. Jessie mordió el labio. Por qué sigo aquí? Qué sentido tiene? Se preguntó en voz baja. Un recuerdo se filtró en su mente. Una mujer de cabello largo y rojizo, con la misma intensidad en la mirada. Su madre. Una mujer que había dado todo por el Equipo Rocket, que había sido respetada y temida, y que había dejado un vacío enorme tras su muerte. Mamá, murmuró Jessie, con la voz quebrada. Acaso yo no soy lo suficientemente buena como tú? La pregunta se quedó flotando en la habitación silenciosa. Por primera vez en mucho tiempo, Jessie sintió ganas de llorar. Pero se contuvo, apretando las sábanas con fuerza. En ese momento, risas lejanas llegaron desde el pasillo. Otros miembros del equipo hablaban animadamente. Jessie se levantó, caminó hasta la puerta entreabierta y escuchó. Supiste? Giovanni mandó a los fracasados de siempre de vacaciones. Ja, sí. Vacaciones, más bien los sacaron para que dejen de hacer el ridículo. Imagínate, tantos años y ni un solo logro. Ni siquiera pudieron atrapar a un Pikachu. Un Pikachu. Las carcajadas resonaron como cuchillas en su pecho. Jessie apretó los dientes, cerró la puerta de un portazo y volvió a su cama. Inútiles, fracasados, repitió, con furia contenida. No, no voy a permitir que sigan riéndose de mí. Se cubrió la cara con las manos. La mezcla de orgullo herido, tristeza y rabia era insoportable. Por primera vez en años, Jessie pensó seriamente en abandonar el Equipo Rocket. La noche había caído sobre Kanto, envolviendo la ciudad en un manto de sombras. Jessie caminaba sin rumbo por las calles desiertas, su largo cabello rojizo moviéndose con el viento nocturno. Había abandonado el cuartel del Equipo Rocket con una mezcla de rabia y tristeza que no lograba apartar de su pecho. No sabía a dónde iba. No tenía un plan. Lo único que quería era alejarse de esas paredes que la hacían sentir como un fantasma, un estorbo. De verdad soy tan inútil? Pensaba, mordiéndose su labio inferior. Se abrazó a sí misma. El frío no venía solo del viento, sino de aquella soledad que ahora parecía más pesada que nunca. James y Meowth seguramente estarían disfrutando ya en algún sitio agradable, riendo, bebiendo, olvidando sus problemas. Y ella, ella solo tenía silencio. Sus pasos la llevaron a un callejón angosto, iluminado apenas por un par de farolas intermitentes. Jessie apenas se dio cuenta hasta que escuchó unas risas ásperas detrás de ella. Miren lo que tenemos aquí, dijo una voz grave. Jessie se tensó y se giró. Un grupo de tres hombres avanzaba hacia ella, sus miradas cargadas de malicia. Vestían ropas descuidadas, con cadenas en los bolsillos y expresiones que no dejaban dudas sobre sus intenciones. Una chica sola en medio de la noche, añadió otro, mostrando una sonrisa torcida. Qué suerte la nuestra. Jessie dio un paso atrás, con la espalda casi tocando la pared. No tengo tiempo para idiotas como ustedes, escupió, intentando mantener la voz firme. Los hombres se rieron. Qué carácter, se burló el tercero. Eso lo hace más divertido. Jessie llevó la mano a su cinturón, lista para lanzar una Pokébola, pero su corazón se hundió al darse cuenta de que estaba vacío. Había dejado a Wobbuffet y los demás en la base, convencida de que no los necesitaría en esas vacaciones forzadas. Los sujetos avanzaron un paso más, rodeándola. Jessie levantó el puño, dispuesta a pelear cuerpo a cuerpo si era necesario. No iba a dejar que la trataran como una víctima débil. El primero intentó sujetarla del brazo, pero Jessie reaccionó rápido, dándole un rodillazo en el estómago. No me toques, basura, gritó con furia. El hombre retrocedió maldiciendo, pero los otros dos se lanzaron al ataque. Jessie esquivó el primer golpe, pateó al segundo en la pierna, y durante un instante pareció que podía resistir. Pero no tardó en notar lo desigual de la situación. Eran tres contra una, y ella estaba sola, sin Pokémon, sin respaldo. Uno logró sujetarla del cabello, tirando de ella hacia atrás. Jessie gritó de dolor, forcejeando con todas sus fuerzas. Déjenme. Tranquila, preciosa, susurró uno al oído. Solo queremos divertirnos. Jessie sintió un escalofrío de asco. El corazón le latía con fuerza. No, no podía ser así. Ella era Jessie del Equipo Rocket, una mujer fuerte, orgullosa, que nunca se dejaba humillar. Y, sin embargo, en ese instante, se sintió más débil que nunca. Mamá, pensó, con un nudo en la garganta. De pronto, una voz clara, fuerte y conocida resonó en el callejón. Basta. Los hombres se giraron. Jessie también, con los ojos muy abiertos. Allí, en la entrada del callejón, de pie como un rayo de luz en la oscuridad, estaba él. Ash Ketchum. Su gorra, su chaqueta y sobre todo esa mirada firme que había desafiado a campeones y leyendas. Y a su lado, como siempre, Pikachu, con las mejillas chisporroteando electricidad. Déjenla en paz ahora mismo, ordenó Ash, con la voz llena de determinación. Los hombres se rieron. Y tú quién eres, mocoso? Ash apretó los puños. Soy Ash de Pueblo Paleta. Y no pienso permitir que lastimen a nadie frente a mí. Pikachu, rugió Pikachu, lanzando una descarga que iluminó todo el callejón. Los tres maleantes retrocedieron aterrados, soltando a Jessie en el acto. El que la sujetaba tropezó y cayó al suelo. Ash corrió hacia Jessie, ayudándola a ponerse de pie. Estás bien? Preguntó con ingenua preocupación. Jessie, con el corazón desbocado, lo miró a los ojos. Por un instante, se quedó sin palabras. Pero su orgullo habló primero. No necesitaba tu ayuda, entrometido. Gritó, apartando su mano con brusquedad. Podía arreglármelas sola. Ash la miró, un poco sorprendido, pero no discutió. Quizás, pero nadie debería pasar por esto solo. Jessie apretó los labios. Sus emociones eran un torbellino. Humillación, rabia y algo más. Algo cálido y extraño que le oprimía el pecho. Ash dio un paso atrás, mirando a uno de los maleantes que se habían esfumado entre las sombras. Cuídate, Jessie, dijo con sencillez. Luego, se giró y comenzó a alejarse. Jessie lo siguió con la mirada, inmóvil, mientras el eco de sus pasos se perdía en la distancia. Cuando quedó sola otra vez, llevó una mano a su pecho. Qué, qué fue eso? Susurró, sintiendo su corazón latiendo con fuerza. Ese calor, esa sensación extraña. No era rabia. No era orgullo herido. Era algo que la desconcertaba por completo. Se dejó caer contra la pared, aún temblando. No, no puede ser, murmuró. No con él, pero lo sabía. Aunque no quisiera aceptarlo, algo había nacido en su interior esa noche. Algo que la empujaría, al día siguiente, a buscarlo de nuevo. El sol del día siguiente bañaba las calles de Pueblo Paleta con una luz cálida y tranquila, pero para Jessie, cada paso hacia la casa de Ash estaba cargado de nerviosismo. Su corazón latía con fuerza, mientras su mente repasaba las palabras que quería decir. Tengo que agradecerle, pero no debo parecer débil. No puedo. Su respiración era rápida, mezclada con recuerdos de la noche anterior. El callejón oscuro, la humillación, la sensación de impotencia y, sobre todo, la inesperada aparición de Ash. Jessie había decidido que, aunque no le gustara admitirlo, necesitaba verlo de nuevo. Necesitaba decirle que, aunque no lo demostrara, apreciaba lo que había hecho por ella. Pero no esperaba encontrarse con lo que estaba a punto de ocurrir. Llegada a la casa de Ash, al llegar, notó que la casa estaba animada. El jardín estaba lleno de luz y la puerta estaba abierta. Jessie respiró hondo y tocó el timbre con cuidado, intentando que su presencia no pareciera demasiado intrusiva. Pikachu, que la saludaba desde la ventana con un pequeño salto. Pika. Jessie sonrió de manera breve, nerviosa. Un recuerdo del día anterior la atravesó, pero esta vez estaba decidida a controlar sus emociones. Soy Jessie, dijo, con un hilo de voz, mientras la puerta se abría. Ash apareció frente a ella, con su gorra y su chaqueta, y la reconoció al instante. Jessie. Exclamó, sorprendido. Qué haces aquí? Vine, solo quería agradecerte, dijo ella, evitando mirarlo directamente. Por, por lo de anoche. Ash asintió, con esa sonrisa tranquila que siempre hacía que Jessie se sintiera extrañamente nerviosa. No tienes que agradecerme. Nadie merece estar en esa situación sola. Jessie apretó los labios, intentando no mostrar demasiado. Sí, lo sé. Pero, quería decirlo de todos modos. Escuchó voces conocidas que le hicieron tensarse de inmediato. Misty y Serena habían llegado, y la sorpresa de verlas allí hizo que su corazón se acelerara. Jessie. Exclamó Misty, con una mezcla de asombro y desconfianza. Qué haces aquí? Serena la miró fijamente, con los brazos cruzados. Su expresión era seria, pero sus ojos revelaban curiosidad y cierta alarma. Jessie las observó a ambas, sintiendo como un torbellino de emociones la recorría. Celos, desconfianza y una sensación desconocida de vulnerabilidad. Por qué están aquí? Vinieron por él también. Ash intervino, levantando las manos en señal de calma. Chicas, todo está bien. Jessie vino solo a decirme algo. Misty frunció el ceño, y Serena no apartó la mirada de Jessie. La tensión era palpable. Sí, solo quería agradecerle, repitió Jessie, con un tono más firme esta vez. Nada más. Conflictos internos, mientras hablaban, Jessie no pudo evitar recordar lo que sintió en el callejón. La mezcla de rabia, orgullo y algo más que no podía definir aún, algo que palpitaba en su pecho cada vez que miraba a Ash. Misty, por su parte, observaba cada gesto de Jessie, sintiendo un leve pinchazo de celos. Serena también se mostraba alerta, consciente de que Jessie era alguien que había tenido un pasado con el Equipo Rocket, y no sabía qué sentimientos podía despertar en Ash. Ash, consciente de la tensión, intentó mantener la calma. Sabía que la situación era delicada. Dos chicas que ya le habían confesado sus sentimientos, Misty y Serena, y ahora Jessie, que empezaba a mostrar señales de interés, aunque aún se resistía a admitirlo. Jessie, dijo Ash con suavidad, me alegra que hayas venido. Me alegra que estés bien. Sí, gracias, repitió Jessie, bajando la mirada un instante. Realmente, gracias.



