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¿Por qué los RAYOS X son más poderosos de lo que pensamos? La LUZ que transformó la CIENCIA

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[0:00]Pocas fotografías han tenido un impacto tan profundo en la historia de la humanidad como la que ahora ven tus ojos.
[0:00]Una imagen de una mano, pero capturada con la luz invisible que salía de un misterioso tubo.
[0:00]Su descubrimiento transformó la medicina, la ciencia y abrió las puertas a un universo hasta entonces completamente desconocido.
[0:00]Prepárate para conocer el descubrimiento de un destello que cambió el mundo y consiguió al hacerlo el primer Nobel de física de la historia.
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[0:00]Pocas fotografías han tenido un impacto tan profundo en la historia de la humanidad como la que ahora ven tus ojos. Una imagen de una mano, pero capturada con la luz invisible que salía de un misterioso tubo. Su descubrimiento transformó la medicina, la ciencia y abrió las puertas a un universo hasta entonces completamente desconocido. Prepárate para conocer el descubrimiento de un destello que cambió el mundo y consiguió al hacerlo el primer Nobel de física de la historia. Hoy, en Pone Bota, los rayos X.

[0:40]Rápido, dime cuál es la cosa más importante que tienes a tu alrededor. Puede que lo primero que te venga a la cabeza sea tu móvil, tu ordenador o incluso internet. Y sí, no cabe duda que es un invento que está marcando nuestra época, pero hay algo mucho más fundamental. Tan básico, tan integrado en nuestras vidas que ya ni siquiera pensamos en ello. Casi todo lo que nos rodea depende directa o indirectamente de su existencia, estoy hablando de la electricidad. Ah, está bien, ¿estás bien? Durante milenios había sido considerado un fenómeno misterioso, magia pura, un poder que solo estaba al alcance de los dioses supremos. Pero para cuando comienza nuestra historia, en pleno siglo XIX, la electricidad había pasado a ser una novedad a una gran aliada en los laboratorios de todo el mundo. La habíamos usado para separar el agua, para descubrir nuevos elementos químicos y para mover piezas de metal. Sin embargo, aún quedaba una pregunta en el aire, y nunca mejor dicho. ¿Cómo era la electricidad cuando no había aire de por medio, ni metal, ni siquiera nada? ¿Qué aspecto tendría? Durante décadas dicha pregunta permaneció sin respuesta, hasta que llegó uno de los mejores sopladores de vidrio del siglo, dispuesto a resolverla. Su nombre era Heinrich Geissler. Geissler dominaba la manipulación del vidrio como nadie. En 1857 había logrado fabricar esto. En apariencia es un tubo lleno de gas normal y corriente, pero con un secreto. Geissler había sido capaz de quitarle la mayor parte del aire que había aquí, creando una atmósfera rarificada. Cuando aplicó una corriente eléctrica, el aire residual que quedaba comenzó a brillar, había nacido el tubo de Geissler. Las luces que emergían de estos tubos no se parecían en nada a lo visto antes. Formas fantasmales, colores hipnóticos, destellos que danzaban en el vacío del tubo. Era como si la electricidad hubiera cobrado forma. Este espectáculo de luces y colores siguió usándose durante las siguientes décadas y daría lugar a lo que conocemos como luces de neón. Pero mientras la gente estaba fascinada con este fenómeno, para los científicos era mucho más que un show. Con su invento, Geissler había abierto la puerta a un mundo totalmente desconocido, y fue un científico británico quien decidió atravesar esa puerta. Una de las mentes más brillantes del siglo XIX. Se llamaba William Crookes. Aunque quizás no te suene su nombre, estamos hablando de una de las cabras de la ciencia moderna. Con solo 30 años ya había descubierto el elemento Talio, al quemar el polvo de una fábrica y ver en la llama unos tonos verdosos. Fue el primero en detectar helio en la Tierra dentro de unos minerales de uranio y más adelante incluso inventó las gafas de sol modernas. Una de mis historias favoritas es que mientras preparaba una reacción química, notó algo muy raro. Lo que había en su balanza pesaba más cuando le daba el sol que cuando no. Intrigado por este fenómeno, acabó creando una de las curiosidades científicas más reconocidas, el radiómetro de Crookes. Este invento consistía en un tubo, con muy poco aire en su interior y unas pequeñas aspas. Cuando el tubo se iluminaba, las aspas comenzaban a girar. Increíble, ¿verdad? Esta maravilla científica ya la tenemos disponible en la tienda del canal y he habilitado el código de descuento Crookes15 para este y todos los productos de la tienda. Recuerda que con los beneficios de ella podemos financiar este canal y mi tesis doctoral. Crookes creía que el movimiento de las aspas se debía a la luz, que las empujaba directamente. Aunque décadas más tarde se demostró que estaba equivocado, que era cosa del calor, pero eso no importaba en absoluto. Porque construir este radiómetro supuso la preparación perfecta para el que sería su mayor invento, y todo comenzó cuando uno de los tubos luminosos de Geissler cayó en sus manos. En 1873. Crookes no se conformó con mirar el espectáculo de luces y colores, quería entender qué demonios estaba pasando ahí dentro. Así que hizo lo que haría cualquier cabra de laboratorio, mejorar el diseño. Redujo más la presión en el interior del tubo y colocó dos electrodos en los extremos. Lo que vio al encender su invento estaba a punto de cambiar nuestra historia para siempre. En el interior del tubo se formaban unos rayos invisibles que salían disparados desde el electrodo negativo, el llamado cátodo. Por eso el tubo de Crookes pronto empezó a ser conocido como tubo de rayos catódicos. Para poder ver estos rayos, Crookes colocó diferentes objetos en su trayectoria. Primero las aspas, que ya conocía de su radiómetro, que al impactar contra ellas, los rayos la hacían girar. Luego probó con sales especiales, que brillaban cuando los rayos los alcanzaban y finalmente colocó una cruz de Malta metálica. Como resultado, se formaba una sombra nítida que se proyectaba sobre el vidrio, como si una linterna invisible estuviera iluminando el interior del tubo. Además se habían afectados por un imán, los rayos catódicos tenían que ser algo más que luz. El tubo de rayos catódicos dejó completamente fascinados a los científicos de medio mundo. Y cuanto más jugaban con él, más cosas raras empezaron a notar. Algunos observaron que cuando se aumentaba la energía, el propio vidrio del tubo comenzaba a brillar con un tenue resplandor verdoso. Otros notaron que el aire de la sala se volvía más eléctrico, como si se cargara estáticamente. Y qué casualidad que varios se quejaron que después de trabajar con los tubos, aparecían manchas y defectos en las placas fotográficas que guardaban en los laboratorios. ¿Te das cuenta de lo que estaba ocurriendo? Todo apuntaba a que algo salía del tubo de Crookes cuando funcionaba a máxima potencia. Algo invisible, poderoso y capaz de atravesarlo todo. Por raro que parezca, nadie logró atar cabos. Claro que desde nuestra perspectiva, todo parece obvio. El tubo brillaba, las placas se velaban, el aire se cargaba, tenían todas las pistas delante. Y eso que durante los siguientes años, el tubo de rayos catódicos se empleó en prácticamente cualquier laboratorio de física y electricidad del mundo. Pero hay que entenderlo, en aquella época no existía ninguna forma rápida de registrar y analizar conversaciones, ideas o experimentos. Todo dependía de la memoria, las notas a mano y, claro, muchos cabos se quedaban sin atar. Si aquellos científicos hubieran tenido el patrocinador del vídeo de hoy, probablemente la historia de los rayos X se habría adelantado varios años. Esto que ves aquí es el Plaud Notte Pin, una cápsula de memoria con inteligencia artificial que llevo encima todos los días. A simple vista parece un accesorio más, pero con un simple clic, comienza a grabar lo que dice y escuchas y lo convierte en transcripciones limpias, resúmenes automáticos y lista de tareas, sin que tengas que hacer nada más. Yo lo uso cuando estoy grabando ideas en el laboratorio, haciendo entrevistas o incluso en reuniones con otros científicos o instituciones. Me ha salvado más de una idea que habría olvidado al instante. Lo mejor es que puedes llevarlo como PIN, clip, pulsera o colgándolo como yo en mi bata de laboratorio, dependiendo del día a día o del entorno. Y a diferencia de grabar con el móvil, aquí no hay distracciones, ni llamadas, ni iconos molestos, solo pulsas y funciona. Además tiene soporte para más de 100 idiomas, detecta quién está hablando y puede buscar entre tus grabaciones usando IA para recuperar cualquier dato o frase. Literalmente es como llevar una memoria externa inteligente que no se le escapa nada. También existe una versión que se acopla al móvil y te permite grabar llamadas y reuniones online, ideal si trabajas mucho con el teléfono. Pero este PIN es mi favorito. En la descripción te dejo un enlace por si quieres saber más. Muchas gracias a la gente de Plaud IA por patrocinar este fantástico vídeo. Con el tiempo, el tubo de rayos catódicos dejó de ser una novedad para convertirse en un simple juguete, una curiosidad, un artefacto ya exprimido. Para finales del siglo XIX, pocos creían que pudiera ofrecer algo nuevo, excepto una persona. Alguien que no lo creía, pero estaba a punto de entrar en el panteón de quienes habían cambiado el destino de la humanidad. Su nombre iba a significar una mejor calidad de vida para millones de personas. Wilhelm Conrad Roentgen. Durante años, este físico alemán había seguido de cerca todo lo relacionado con los tubos de rayos catódicos. Sabía el trabajo previo de varios científicos como Crookes, Lenard y Nikola Tesla, porque sí, allá donde había algo relacionado con electricidad, también estaba el bueno de Nikola Tesla. Y aunque la mayoría de ellos ya había pasado página, Roentgen seguía intrigado por los misterios que rodeaban esos tubos. En especial uno, aquel brillo verdoso que le pasaba al vidrio cuando el tubo funcionaba a máxima potencia. Así la noche del 8 de noviembre de 1895, Wilhelm Roentgen se dispuso a estudiar este fenómeno. Tras fabricar su propio tubo de Crookes, quería comprobar, como parte del primer experimento, cómo se veía el tubo totalmente a oscuras, sin nada de luz saliendo de él. Para ello envolvió el tubo en un cartón negro, apagó todas las luces del laboratorio, aplicó corriente y nada. El laboratorio se encontraba sumido en una oscuridad total, pero enseguida Roentgen se dio cuenta de algo imposible. A un metro del tubo, completamente fuera de su campo de visión, una pantalla recubierta con unas fluorescentes empezó a brillar. Una sal llamada platinocianuro de bario, a brillar sola. Sin haber recibido luz, sin estar conectada a nada, sin que nada la iluminara, Roentgen se quedó paralizado. Apagó el tubo, la pantalla dejó de brillar. Lo encendió de nuevo y el resplandor volvió. Repitió el experimento una y otra vez, siempre con el mismo resultado. Al encender el tubo, la sal brillaba, la conclusión no podía ser otra. Del tubo de Crookes estaba saliendo un tipo de radiación invisible, capaz de atravesar el vidrio, el cartón y el aire. Un tipo de luz de naturaleza desconocida, a la que empezaría a referirse en sus apuntes con la X. La letra usada en matemáticas como símbolo de incógnita, de desconocido y que pronto acabaría siendo bautizada como rayos X. Nuestro protagonista sabía que se hallaba ante algo completamente nuevo, así que hizo lo que cualquier científico haría, encerrarse en su laboratorio, literalmente. Durante siete semanas comió y durmió en su laboratorio de la Universidad de Würzburg, sin dejar entrar a nadie. Tanto su asistente como su esposa llegaron a pensar que se había vuelto completamente loco. Mientras tanto, Roentgen dedicó esas semanas a probar todo lo que tenía en su laboratorio frente a esos misteriosos rayos, usando la pantalla fluorescente como contraste. Piénsalo como si se enciende una linterna y la proyecto contra una pantalla, con los rayos X era similar, si pongo algo, se produce una sombra, ¿verdad? Roentgen entonces probó con diferentes cosas, puso una taza, un libro de más de mil páginas y hasta madera, nada producía sombra. Parecía que los rayos X atravesaban cualquier material. O casi cualquier material, porque según la leyenda, una de esas noches se dispuso a probar una pieza de plomo como esta. Pero como no tenía nada para sujetarla, simplemente la agarró con la mano. Y cuando la acercó a la pantalla fluorescente, Roentgen se quedó inmóvil, pálido, como si acabara de ver un fantasma. En la pantalla fluorescente se veía claramente un esqueleto en movimiento, los huesos de su mano proyectados en tiempo real. Imagina lo que tuvo que sentir en ese momento. Por primera vez en la historia, alguien estaba viendo el interior de su cuerpo, sin dolor, sin sangre, sin operaciones, sin bisturí. El mundo acababa de cambiar para siempre. Al principio el pobre Roentgen pensaba que se había vuelto loco, que todo era una simple alucinación. Tal vez el cansancio de varias semanas trabajando en su laboratorio a oscuras, habían empezado a pasarle factura. Tenía que ser eso, era imposible que acabara de ver los huesos de una mano viva. O tal vez sí. Roentgen necesitaba una forma de mostrar al mundo lo que acababa de ver, que no estaba loco. Por suerte, pronto descubrió que los rayos X también afectaban a las placas fotográficas. Con una de ellas tomó esta foto. Lo que está viendo es la pequeña caja de madera donde nuestro protagonista guardaba pesas de diferente calibre. También hizo una foto de su brújula e incluso de su escopeta. Los rayos X parecen ser capaces de atravesar fácilmente materiales compuestos por átomos ligeros, como la madera o la piel. Pero tenían muchos problemas para atravesar aquello formados por átomos más pesados, especialmente metales como el plomo, el platino o el calcio. De ahí que las pesas metálicas y los huesos dejaran sus sombras con estos rayos. Roentgen estaba entusiasmado, por fin disponía de una prueba visible que cualquier escéptico podía mirar con sus propios ojos. Pero le faltaba algo más, algo que realmente hiciera historia. Una fotografía que mostrara el interior de un ser humano vivo. Y para ello, la noche del 22 de diciembre de 1895, Wilhelm Roentgen dejó entrar por primera vez a una persona en su laboratorio, a su esposa Anna Bertha Ludwig. Aquella noche Roentgen le pidió a su esposa que colocara la mano sobre una placa fotográfica y durante 15 minutos lo expuso a esos misteriosos rayos. Cuando reveló la imagen, allí estaba, perfectamente definida, la primera radiografía de la historia. Una de las fotografías más icónicas de la ciencia. La mano de Anna Bertha con cada hueso visible y su anillo de compromiso proyectando una sombra aún más intensa. Según la leyenda, al ver los huesos de su propia mano, Anna Bertha exclamó, Oh Wilhelm, he visto mi propia muerte. Roentgen debería estar sonriendo para sus adentros, la foto revelaba que no estaba loco. Pocos días después de la famosa foto, el 28 de diciembre de 1895, Roentgen envió un artículo a la Sociedad de Medicina de Würzburg. Titula sobre una nueva clase de rayos. En él describía con todo lujo de detalles cómo había hecho sus experimentos y cómo cualquiera podía replicarlos. Y es que en ningún momento se planteó patentar su descubrimiento. Para Roentgen los rayos X no debían ser propiedad de nadie, pertenecían a la humanidad. Algo que años después también harían Marie y Pierre Curie con el radio. Por sorprendente que parezca, el que sin duda es uno de los artículos científicos más importantes de la historia, pasó sin pena ni gloria. Nadie parecía tomarse en serio las locuras de un físico alemán poco conocido. Pero Roentgen guardaba un as bajo la manga, envió 12 copias de sus artículos acompañadas de varias fotografías a científicos importantes de toda Europa. Una de esas copias llegó a Viena a manos del físico Franz Serafin Exner. Y daba la casualidad de que aquella noche, el 4 de enero de 1896, Exner había organizado una cena con varios amigos en su casa. En la que aprovechó para enseñarles las imágenes que acababa de recibir. Entre los asistentes a la cena estaba Ernst Lecher, quien, aparte de ser físico, era el hijo del editor del periódico Di Presse. Uno de los más leídos en Viena por aquel entonces. Esa misma noche, Lecher llevó las fotos a su padre y al día siguiente, el domingo 5 de enero, el diario publicó el primer artículo periodístico sobre el hallazgo. Bajo un titular muy simple, un descubrimiento sensacional. Aunque el tono parecía casi de ciencia ficción, el artículo afirmaba que no se trataba de una fantasía, hablaba de un descubrimiento real respaldado por pruebas fotográficas. En cuestión de horas, la noticia llegó por telégrafo a Londres y de ahí dio la vuelta al mundo. La era de los rayos X había comenzado. Lo sensacional del descubrimiento de Roentgen es que por muy locas que fueran sus premisas, cualquiera podía comprobarlo. En pocos días, cada laboratorio del mundo estaba desempolvando sus viejos tubos de Crookes para producir rayos X. Nuestro querido Nikola Tesla fue uno de los primeros, no dudó en hacerse una radiografía de su propio pie, una imagen que sería tan famosa como él. Científicos de cada rincón del planeta se lanzaron a probar todo lo que tenían, objetos y hasta animales, nada se escaparía de ser visto bajo estos nuevos y misteriosos rayos. Pero sin duda, la foto más replicada aquellos primeros días fue la famosa foto de la mano de Anna. Allá donde miraras, todos querían reproducir la que era la fotografía científica más icónica de finales del siglo XIX. Los rayos X no se limitaron a ser algo de los laboratorios. Desde el primer momento, la medicina los identificó como unos aliados increíbles. Apenas unos días después de que la noticia diera la vuelta al mundo, ya había médicos usándolos. Uno de los primeros casos documentados fue el de un empleado de banco de Nueva York, que había recibido un tiro en la boca unos años antes. El cirujano nunca pudo encontrar la bala, hasta que gracias a los rayos X, lograron verla y extraerla con precisión. Algunos médicos incluso comenzaron a probar esta radiación contra tumores, descubriendo que podían reducir su tamaño en algunos casos. Los rayos X también resultaron muy útiles en situaciones de guerra. Los soldados que hasta hacía poco habían sido condenados a la amputación, debido a la metralla, ahora podían salvar sus brazos o piernas. Una de las pioneras en hacerlo fue la propia Marie Curie, que durante la Primera Guerra Mundial montó junto con su hija las primeras unidades portátiles de radiografía de guerra, conocidas como Le Petit Curie. Para quitar la metralla a los soldados franceses heridos, salvando por el camino innumerables vidas. Para Roentgen, las repercusiones de su descubrimiento debieron ser un poco traumáticas. Se sabe que era una persona bastante tímida y de la noche a la mañana se había convertido en uno de los científicos más famosos del mundo. Justo una semana después del artículo en el periódico, ya lo había citado el Kaiser alemán, Wilhelm II, para una demostración privada en palacio. Puede que por eso solo dio una charla y vaya charla. El 23 de enero de 1896, Roentgen dio la que sería la única charla pública sobre su descubrimiento. El aula de la Universidad de Würzburg estaba abarrotada, militares, científicos, médicos, altos cargos del gobierno, profesores y alumnos, nadie se quería perder el espectáculo. Para el experimento final llamó de entre el público a su buen amigo Albert Von Kölliker, el descubridor de la mitocondria. Kölliker puso su mano en la placa y minutos después, ahí estaba, una nueva radiografía de una mano humana, con cada hueso visible y hasta el anillo en su dedo. Fue ahí cuando Kölliker, entusiasmado, propuso que aquella nueva radiación se llamara Rayos Roentgen o Roentgenstrahl, y todo el auditorio rompió en aplausos. En algunos sitios del mundo, siguen usando esta palabra para referirse a los rayos X. El mérito final de su vida lo recibiría 5 años después, en 1901, pues Wilhelm Roentgen se convertiría en la primera persona en recibir un Premio Nobel de Física de la historia. Un reconocimiento merecidísimo, aunque para él resultó casi una carga. Nunca había sido su intención ganar dinero y mérito con su descubrimiento. De hecho, cuando recibió el dinero del Nobel, el equivalente a 120.000 euros actuales, lo donó íntegramente a su universidad. Roentgen se retiraría de la vida pública poco después y mandaría a quemar todos sus apuntes a su muerte. Mientras tanto, el mundo estaba ilusionado con los rayos X y con la puerta que acababan de abrir. Pero como suelen pasar con los grandes descubrimientos, la emoción dio paso a la locura. Y es que en apenas unos meses se hallaban por todas partes, había comenzado la fiebre de los rayos X. Que en los teatros empezaron a reproducir obras relacionadas con fantasmas y esqueletos, aludiendo a los misteriosos rayos. Aparecieron fotógrafos callejeros que prometían, por unas simples monedas, hacerte un retrato del esqueleto. También surgieron puestos ambulantes que por un módico precio te podían depilar sin dolor, usando un tubo de rayos X. En los periódicos circularon noticias de pervertidos que deseaban usar rayos X para ver a través de la ropa. Así que se empezó a vender ropa interior de plomo para evitar miradas indiscretas. Muchos de los detectores de los rayos X afirmaban que con ellos era el fin de la privacidad. La fiebre de los rayos X fue tan intensa como irresponsable. Porque en esos primeros meses de 1896, nadie, absolutamente nadie, sabía realmente qué era esta luz misteriosa y a lo que realmente se exponían al usarla. Y pronto esta luz empezó a revelar sus sombras. Las primeras víctimas fueron los propios científicos. Al principio los síntomas no eran nada del otro mundo, las zonas irradiadas perdían pelo y se enrojecían un poco. Pero con el tiempo empezaron a aparecer quemaduras que no sanaban como las quemaduras normales, pero los casos más graves ya empezaban las amputaciones e incluso la muerte. Uno de los primeros en pagar el precio fue Clarence Dally. Vidriero y ayudante del mismísimo Thomas Edison en sus experimentos con rayos X. Tras años manipulando tubos sin protección, Dally perdió primero los dedos, luego los brazos y finalmente la vida. Tenía tan solo 39 años. Edison, que por aquel entonces había desarrollado la mejor pantalla para ver rayos X, abandonó por completo la investigación en ellos. Devastado, pronunció una frase que pasaría a la historia, No hablen de rayos X frente a mí, me dan miedo. Otra de las víctimas menos conocidas de los rayos X fue Marie Curie. Porque aunque siempre se creyó que su enfermedad había sido provocada por su trabajo con el uranio y el radio, en realidad fueron aquellos años en los hospitales de campaña durante la Primera Guerra Mundial, los que marcaron su destino décadas después. Y es que a partir de 1920, varios pioneros de los rayos X empezaron a fallecer. Víctimas de tumores provocados por la exposición exagerada de aquellos primeros años. El mal uso de los rayos X tenía el poder de causar daño. Porque como ya he mencionado varias veces, los rayos X son un tipo de luz, pero con muchísima más energía que la luz que somos capaces de ver. De hecho, tienen más energía que la luz ultravioleta que emite el sol y ya sabes que la luz del sol puede provocar quemaduras, así que imagínate algo con mucha más energía. Esto sumado a que los rayos X tienen una longitud de onda extremadamente pequeña, del tamaño de un átomo, los convierte en un tipo de radiación muy peligrosa, radiación ionizante. Este tipo de radiación es capaz de arrancar electrones de los átomos, rompiendo enlaces químicos y destruyendo moléculas estables, moléculas como el ADN. A largo plazo, este daño puede tener consecuencias graves, desde quemaduras y esterilidad hasta mutaciones celulares y cáncer. Eso no implica que los rayos X sean malos per se, bien controlados han convertido en una de las mejores herramientas de la que dispone el ser humano. Es igual que el fuego, bien usado nos permiten calentar nuestras comidas, hogares o hacer funcionar fábricas. Mal usado puede provocar incendios que consumen bosques o edificios enteros. Afortunadamente enseguida encontraríamos un aliado, el plomo. Este metal era tan denso que con una fina capa ya podemos protegernos de los rayos X. El aura que transmitían los primeros trajes de plomo de radiólogo de aquella época era otro nivel. Los rayos X son increíbles y hacer una radiografía siempre ha sido uno de mis sueños, pero por desgracia, tras debatirlo con todo el equipo de reacción Explota, vimos que no iba a ser posible. Pero no te confundas, podría haber puesto perfectamente este tubo de Crookes a máxima potencia. E incluso había conseguido una placa fluorescente similar a la que usaba Roentgen. El problema es que no habría sido responsable. Como divulgador, tengo un compromiso y una responsabilidad. No puedo poner en riesgo mi salud solo por hacer un vídeo. Una cosa es sujetar brevemente un mineral de uranio y otra muy distinta es irradiarse con rayos X. Y además está el tema legal, en España no se pueden producir rayos X sin una autorización expresa del Consejo de Seguridad Nuclear. Y para que te la den, necesitas una instalación adecuada. Cosa para la que este humilde laboratorio no está preparado. Pero no nos íbamos a rendir tan fácilmente. Si algo he aprendido con los años que llevo en YouTube, es que la mejor forma de enseñar ciencia es mostrándola en acción. Así que buscamos una alternativa segura y legal y la encontramos. Justo en el lugar donde más ha beneficiado la humanidad de este descubrimiento, un hospital. En concreto, el Hospital Josep Trueta en la ciudad de Girona. Allí fuimos mi maestro Josep Duran y yo. Nuestra primera parada, el Institut de Diagnostic per la Imagia, o Instituto de Diagnóstico por la Imagen. Donde durante unos minutos tuvimos acceso a esta maravilla, el resultado de más de un siglo de avances tecnológicos al servicio de la salud humana. Si alguna vez te has fracturado o roto un hueso, seguramente hayas pasado por una de estas máquinas. Y aquí en el cabezal es donde ocurre toda la magia, dentro hay un tubo de rayos X. Su funcionamiento, aunque suene increíble, apenas ha cambiado desde que los descubrió Roentgen. Los rayos X se producen gracias a algo conocido como radiación de frenado. Piénsalo así, cuando un coche va muy rápido y frena de golpe, emite un chirrido, ¿verdad? Este frenazo genera energía, en forma de calor y ruido. Pues lo mismo pasa aquí, dentro del tubo, un chorro de electrones sale disparado a gran velocidad y chocan contra una superficie metálica. Normalmente un metal pesado como el wolframio o el cobre. Este impacto detiene los electrones en seco y la energía, después del frenazo, se transforma en calor y en rayos X. Lo que sí ha cambiado y mucho es la forma de registrar la radiación. Antes se miraba directamente con una pantalla fluorescente o se usaban las clásicas placas radiográficas. Hoy en día todo eso ha quedado atrás. Las imágenes se registran digitalmente gracias a estos pequeños cristales de aquí. Lo que estás viendo se llaman centelladores, son cristales especiales, fabricados con elementos conocidos como tierras raras, como el itrio o el gadolinio y tienen una propiedad espectacular. Cuando los alcanzan los rayos X, emiten luz visible. Así, la radiación invisible que sale del tubo se convierte en pequeños destellos de luz, que pueden ser captados por sensores digitales, como si fuera una cámara de fotos, generando una imagen con una resolución altísima y en tiempo real. Y lo mejor, vamos a ver el resultado justo ahora. Como dije antes, irradiarme sin necesidad no es buena idea, así que como sustituto de mi mano, trajimos algunos objetos que se verían igualmente increíbles bajo los rayos X. Empecemos con una muestra biológica, una simple pata de pollo que colocamos cuidadosamente bajo el cabezal de rayos X. Ahora nos vamos a la sala de control, la cual tiene un cristal plomado donde podemos ver todo, activamos el tubo y voilà. Increíble, ¿verdad? Impresiona ver cómo los diferentes tejidos absorben la radiación de forma distinta. Fíjate bien, los huesos que están formados por calcio, son los que claramente destacan. Una radiografía perfecta en menos de un segundo. Y quiero recalcar esto, durante las primeras décadas, obtener una imagen con esta definición, hubiera requerido varios minutos de exposición, si no horas a la radiación. Hoy, gracias a los avances tecnológicos, todo el proceso dura menos de una décima de segundo y la dosis de radiación está perfectamente controlada. Para demostrártelo, voy a poner algo muy especial para mí, mi teléfono móvil. Todo por la ciencia, ¿verdad? Vamos a colocar el móvil justo debajo del cabezal, encima del sensor. El mismo lugar donde se pondría un brazo, por ejemplo, y ahora salimos de la sala. Ya se puede escuchar como el tubo comienza a prepararse y ya está. ¿Lo has notado? Déjame repetírtelo.

[26:47]Ahora, ¿lo viste? Fíjate en la zona azulada. Durante una fracción de segundo, se ven unos puntitos blancos, esos son los rayos X alcanzando el sensor de la cámara de mi móvil. Una décima de segundo ha bastado y el resultado es esta preciosidad. Una imagen de alta resolución en la que se puede ver toda la ingeniería que hay dentro de algo que llevamos en los bolsillos. Increíble, ¿verdad?

[27:08]Y como teníamos un poquito más de tiempo, aprovechamos para radiografiar otras cosas como mi cámara y mi reloj. A que mola. Este es uno de los usos más conocidos de los rayos X fuera de los hospitales. Probablemente lo hayas visto en sitios como aeropuertos, donde los usan para inspeccionar el interior de tu equipaje sin necesidad de abrirlo. Pero la revolución en ver con rayos X viene de una técnica conocida como tomografía computarizada o CT por sus siglas en inglés. La combinación entre el poder de los rayos X y la informática. Hay empresas como Lumafield, en Estados Unidos, que son profesionales en este campo. Ellos usan un escáner industrial, mucho más potente y duradero que el médico para escanear diferentes objetos. Los CT funcionan de una forma muy curiosa. En vez de tomar una imagen plana, como es habitual, el escáner gira alrededor del objeto o cuerpo y realiza múltiples proyecciones desde distintos ángulos. Por esa información, un ordenador reconstruye los cortes del objeto en secciones muy finas, como si lo partiéramos en rebanadas. Y luego viene lo más espectacular, a partir de todos esos cortes, el sistema puede reconstruir una imagen tridimensional del interior del mismo, evitando la superposición de estructuras. El resultado son imágenes como esta, con un nivel de detalle increíble, en las que podemos ver con claridad los diferentes componentes de cosas tan chulas como unos AirPods, un spray, una cafetera o unos zapatos. Y en el arte también podemos hacer uso de los rayos X. Hoy en día somos capaces de ver cómo fueron las primeras pinceladas de un autor, usando esta luz invisible. Con ellos podemos revelar los secretos que en algunos casos llevan siglos escondidos entre capas de pintura. Y apreciar parte del proceso creativo que autores como Van Gogh, Picasso o Rembrandt siguieron al hacer sus obras. En química no nos quedamos atrás con los rayos X. Si irradiamos un cristal con ellos, podemos obtener una información de cómo es su estructura. Una técnica que se conoce como difracción de rayos X. Gracias a ellos podemos asegurarnos de cuál es la estructura correcta de una molécula. Aquí en la universidad la usamos muchísimo cuando acabamos de sintetizar una molécula para saber que es la correcta. Fue con esa técnica con la que Rosalind Franklin obtuvo, en 1952, la primera fotografía de la estructura de nuestro ADN. Los rayos X nos han ayudado a ver lo invisible, pero si hay un lugar donde esta tecnología ha demostrado su verdadero poder es en la lucha por la vida. En el Hospital Josep Trueta, después de visitar el IDI, fuimos al ICO, el Institut Catalá de Oncología. Allí, esta técnica se lleva al límite en la lucha contra el cáncer, con aparatos como este, que parecen sacados del futuro. Se aceleran electrones a velocidades altísimas, generando una de rayos X de enorme energía, unas que se dirigen con una precisión quirúrgica, como si fuera un pequeño bisturí de luz. Capaz de destruir células cancerosas sin apenas dañar el tejido sano que las rodea. Cuando visité el Museo Curie en París, pude ver los primeros aparatos de lo que entonces se conocía como roentgen terapia. Una tecnología tosca, rudimentaria, pero que marcó el inicio de algo mucho más grande. Ver el antes y el después, cómo ha evolucionado esta técnica con el único objetivo de salvar más vidas, me emocionó profundamente. Por eso quiero dar las gracias tanto al IDI como al ICO del Hospital Josep Trueta por haber dedicado unos minutos de su valioso tiempo a mostrarnos el uso real, actual y salvavidas de los rayos X. Una tecnología que más de 100 años después de su descubrimiento, sigue siendo una de las herramientas más poderosas de la medicina moderna. Ni el propio Roentgen imaginó que aquel brillo verde iba a cambiar para siempre la forma en la que el ser humano se vería a sí mismo. Gracias a su descubrimiento, aprendimos a mirar más allá de la superficie, a detectar lo oculto, a anticipar el daño y a salvar lo que antes parecía perdido. Los rayos X no solo atravesaron la piel y la carne, también encendieron la chispa de nuevas ideas, inspiró científicos como Becker, Curie o Rutherford. Abriendo las puertas a la radioactividad, al estudio del alma del átomo, a una nueva era para la ciencia. Hoy, más de un siglo después, esta luz invisible sigue cruzando nuestras vidas en silencio. En aeropuertos, museos, laboratorios, aceleradores de partículas y en hospitales. Sin hacer ruido, pero con una precisión que salva millones de vidas cada año. Una luz invisible, que sin que nos diéramos cuenta, terminó iluminando nuestro mundo. Hola, eh, el descubrimiento de los rayos X cambió la historia de la medicina, de la física y de la química. Nos permitió ver cosas de las que nunca nos habíamos imaginado. ¿Qué te ha parecido este vídeo? Te leo en los comentarios. Por cierto, como avisé, vamos a hacer el sorteo del Radiacode que dijimos que sortearíamos en el vídeo de Marie Curie. Eh, voy a escoger un ganador entre los 5.746 comentarios que tiene ese vídeo. Así que le voy a dar a esta vuelta de aquí. Pam y el ganador es, lo está cogiendo todavía. Aquí está, @Mxriixrte y pone, El trabajo de Marié siempre me ha inspirado, me encantaría tener un Radiacode, amaría explotar cuántos materiales radioactivos se encuentran en las antigüedades en Colombia. 10 me gusta. Pues muchísimas gracias, compañero, por haber participado en el sorteo. Aquí está tu comentario para que lo identifiques. Y nada, muchas gracias a Radiacode por habernos cedido uno y a todo el mundo por haber participado en este fantástico sorteo. También, muchas gracias a toda la gente que nos apoya en nuestros vídeos, a los que se suscriben al canal, a los que dan like, a los que comentan, a los que comparten nuestros vídeos y especialmente a nuestros Patreon y miembros del canal, que son una cifra enorme y ya prácticamente no cabe aquí. Para el próximo vídeo tengo preparada una sorpresa muy especial, porque vamos a hablar del elemento más peligroso de la tabla periódica. Y para verlo en todo su esplendor, sin arriesgar nuestras vidas, hemos venido al mismísimo corazón de Europa. No se pierdan el próximo vídeo. Que nos vamos a Berlín a grabar a un laboratorio de Flúor. ¡Cómo! ¡Nos vamos a Berlín!

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