[0:00]En el interior tibio de la glándula mamaria Alba esperaba. Era un lactocito, una célula pequeña, parte de una esfera hueca: un alvéolo. Junto con cientos de compañeras idénticas, todas en posición mirando la puerta cerrada con la misma pregunta, sin respuesta: ¿cuando? La puerta la controlaba progesterona y progesterona no habría para nadie. Llevaba 9 meses frente a la entrada de la fábrica bloqueando la señal que Alba necesitaba para empezar a trabajar. Afuera circulando en la sangre estaba prolactina, la hormona que venía del cerebro y que llevaba meses aumentando su presencia sin poder hacer nada. Porque cada vez que prolactina se asomaba a la puerta de Alba, progesterona estaba ahí. Todavía no, decía y prolactina daba otra vuelta. Entonces llegó el parto en cuestión de horas la placenta que era quien producía progesterona fue expulsada del cuerpo y progesterona se desplomó de golpe, la puerta por fin estaba abierta, prolactina entró. El receptor de Alba capturó a prolactina y cambió de forma, encendió los genes que Alba tenía guardados desde siempre. Los genes de la leche, Alba comenzó a trabajar. Lo primero fue la caseína, que son una familia de proteínas. Alba las construyó aminoácido por aminoácido y las cargó en pequeñas vesículas que viajaron al interior del alvéolo, ese espacio hueco donde la leche se acumularía. Esto requería energía que las mitocondrias generaban usando la glucosa de la sangre materna. Pero la caseína era solo el comienzo. Al mismo tiempo en los bordes del citoplasma aparecieron las gotas de grasa. Alba las fabricaba desde cero construyendo ácidos grasos con sus propias enzimas y envolviéndolos en triglicéridos brillantes y perfectos. Esa grasa era energía concentrada las gotas crecieron y salieron envueltas en un trozo de la propia piel de Alba. La leche, en ese sentido, era parte de la célula que la fabricaba. Faltaba el azúcar dentro del aparato de Golgi de Alba, vivía una enzima llamada galactosiltransferasa pero le decían Gal. Cuyo trabajo era colocar galactosa a proteínas. Pero prolactina también había encendido la producción de una proteína pequeña llamada alfa-lactoalbúmina. Y cuando alfa-lactoalbúmina encontró a Gal, las dos formaron juntas algo nuevo, la lactosa sintasa. De repente Gal olvidó su trabajo anterior, el nuevo complejo tomó glucosa, le añadió galactosa y fabricó lactosa. El azúcar de la leche, la unión de glucosa más galactosa, y esa lactosa al acumularse en el interior del alvéolo atrajo agua, más lactosa. Más agua, más leche.
[3:33]El alvéolo fue llenándose despacio, como se llena un depósito en la madrugada, sin que nadie lo vea. Alba también fabricó armaduras. Lo primero fue la lactoferrina. Era una proteína que tenía una afinidad extraordinaria por el hierro, se unía a él y no lo soltaba. Y como muchas bacterias peligrosas necesitan hierro para sobrevivir y multiplicarse, la lactoferrina llegaba al intestino del bebé y simplemente les quitaba el suministro, sin hierro, las bacterias no podían prosperar. La lactoferrina salió de Alba junto con las demás proteínas empacada en sus vesículas rumbo al interior del alvéolo. Lo segundo fue más complicado y requirió que Alba abriera sus puertas. Llegaron linfocitos que durante años habían aprendido a reconocer los gérmenes que la madre había enfrentado a lo largo de su vida. Cada infección superada, cada vacuna recibida, había dejado en esos linfocitos una memoria precisa de cómo combatir al enemigo. Y ahora esa memoria quería cruzar. Los linfocitos fabricaron anticuerpos, principalmente una molécula llamada IgA. Y Alba los recibió, los capturó y los transportó intactos hacia el interior del alvéolo. Alba enviaba al bebé la memoria inmune de su madre, listas para defender un intestino que todavía no sabía defenderse, solo. Lo tercero fue una instrucción. Alba fabricó factores de crecimiento. Proteínas mensajeras cuya única función era hablarle al intestino del bebé y los vertió junto con todo lo demás al interior del alvéolo. Esas moléculas viajarían hasta el intestino del recién nacido, se unirían a los receptores de sus células y les darían una orden simple y urgente: -madura, -cierra las fronteras, -sella los espacios, -termina lo que la naturaleza dejó a medias. Alba y sus compañeras fabricaron en silencio durante horas hasta que el bebé despertó, giró la cabeza, abrió la boca y buscó, encontró el pezón y succionó. El calostro no solo alimentaba, construía, era en cierto sentido la primera carta que una madre le escribía a su hijo. Una carta que decía: ya sé que acabas de llegar y que todavía no estás listo. Así que aquí tienes todo lo que necesitas para terminar de serlo.



