[0:00]Un genio de la manipulación, un orador carismático capaz de encender pasiones y movilizar multitudes. Un estratega político que convirtió su ideología en un proyecto de poder absoluto. Un hombre que intentó exterminar a una raza entera sustentando su acción en una mezcla de fanatismo racial. y una visión distorsionada de la historia. Y es que hoy en memorias de pez os traemos la vida del bigote más famoso. Del pintor austriaco, ya sabéis. El caso es que nació el 20 de abril de 1889, en Braunau Am In, una pequeña ciudad del Imperio Austrohúngaro, situada en la frontera con Baviera, Alemania. Era el cuarto hijo de Alois Hitler y Clara Pölzl, aunque solo él y su hermana Paula sobrevivieron a la infancia. Tuvo también medio hermanos fruto de relaciones anteriores de su padre, Alois y Ángela. Desde pequeño, Adolf vivió bajo una mezcla de afecto y violencia. Su padre, Alois Hitler, un funcionario de aduanas, tenía un carácter autoritario y distante. En cambio, Clara Pölzl, su madre, era una mujer amable, cariñosa y muy protectora. El joven Adolf, que de pequeño había estado apuntado a coro y que consideraba la opción de convertirse en sacerdote, pasó de ser un niño sociable y extrovertido a ser conflictivo en la escuela tras la muerte de uno de sus hermanos. Soñaba con dedicarse a la pintura y deseaba entrar en una academia de arte. Pero era un deseo que su padre no apoyaba y que rechazó, enviándole a la escuela secundaria de Linz. Su relación con su padre no era complicada solo porque no le apoyase en sus estudios. Muchos historiadores afirman que Alois era un hombre alcohólico que maltrataba física y psicológicamente a sus hijos. Probablemente esto le pasó factura. A los 16 años, Hitler abandonó la escuela sin un título, sin un rumbo claro y con un resentimiento creciente hacia la autoridad paterna. En 1903 murió su padre y su madre, Clara, se convirtió entonces en su sostén. Pero su historia no encontró descanso, en 1907 Clara murió víctima de un cáncer. Eduard Bloch, médico de la familia, relató en sus memorias que tras la muerte de Clara, el joven Adolf cayó en una profunda depresión, fue la única persona que amó. Decidido a seguir su sueño artístico, Adolf se mudó a Viena, donde vivió años de penuria. Fue rechazado dos veces por la Academia de Bellas Artes e intentó sobrevivir vendiendo acuarelas. Pero el tiempo que pasó en Viena fue también un tiempo de formación política. La ciudad era un hervidero político donde había debates sobre el nacionalismo, la raza y la política. En sus paseos, Hitler se encontró con discursos, periódicos y panfletos que hablaban de la crisis económica, del posible colapso del Imperio austrohúngaro y de las teorías raciales que culpaban a ciertos grupos de los problemas de la sociedad, y es que el antisemitismo ya estaba presente en muchas corrientes políticas vienesas de la época. Sin embargo, la historiografía no puede confirmar con certeza cuándo ni cómo Hitler desarrolló su antisemitismo de manera personal y sistemática. En mayo de 1913, Hitler abandonó Viena y se trasladó a Múnich, Alemania. Oficialmente buscaba nuevas oportunidades, pero su partida estuvo marcada por otra razón. ¿Cuál? Sencillo, quería evitar el servicio militar obligatorio en el Imperio Austrohúngaro. En Múnich tuvo la misma vida que en Viena, poco había cambiado. Sin embargo, en 1914, estalló la Primera Guerra Mundial. Y este conflicto marcaría un antes y un después en su vida y sorpresa. En lugar de quedarse al margen, se alistó como voluntario en el ejército del Imperio alemán. La guerra le dio lo que hasta entonces buscaba, un sentido de pertenencia, disciplina y un propósito claro. Durante la guerra sirvió como mensajero, una tarea peligrosa que realizaba cerca de las líneas enemigas. Fue ascendido a cabo y condecorado dos veces por su valor, llegando a recibir la cruz de hierro. Resultó herido en combate, primero en la batalla del Somme en 1916 y luego en la batalla de Ypres de 1918, cuando un ataque de gas mostaza lo dejó temporalmente ciego. Hitler estaba en el hospital recuperándose cuando recibió la noticia del armisticio del 11 de noviembre. Alemania se rendía y para Hitler este fue un golpe devastador. No solo la guerra había terminado, sino que su mundo y su causa se habían disuelto. La derrota y el Tratado de Versalles alimentaron en él un sentimiento de traición. No tardó en abrazar una narrativa muy extendida entre los veteranos alemanes, que Alemania no había sido vencida en el campo de batalla, sino apuñalada por la espalda por traidores dentro del país. Esta teoría conspirativa, impulsada por sectores nacionalistas y antisemitas, culpaba a los judíos, comunistas y políticos civiles de la rendición. Desde entonces, Hitler empezó a pensar que Alemania necesitaba una renovación radical. Tras la guerra, el futuro dictador asumió un rol como informante en las fuerzas armadas, lo que llevó a Adolf a frecuentar círculos políticos y reuniones de propaganda. Fue en este contexto, en septiembre de 1919, cuando asistió por primera vez a una reunión del partido Obrero Alemán en una cervecería de Múnich. En principio, estaba allí solo para observar, pero durante el debate, intervino espontáneamente para rebatir a otro participante. Su manera de hablar, apasionada y convincente, impresionó tanto a los fundadores del partido que lo invitaron a unirse. Desde entonces, su ascenso fue meteórico. Sí, en esta época su pensamiento ya estaba completamente definido. Ese mismo año, Hitler escribió su primer comentario sobre el llamado problema judío, donde definía a los judíos no como una comunidad religiosa, sino como una raza diferente, una tuberculosis racial de los pueblos. En su mente, la única solución posible era su exclusión total de la vida nacional. Y así, en 1920, tomó el control de la propaganda del partido y comenzó a moldear su mensaje uniendo el nacionalismo extremo con el resentimiento social y el antisemitismo. Bajo su impulso, el grupo cambió de nombre y pasó a llamarse Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, o simplemente Partido Nazi. Además, este partido tenía una estructura paramilitar, las tropas de asalto o SA. Un año después, Hitler se convertiría en el líder absoluto del partido. ¿Y qué pasó después? Para 1923, Alemania estaba al borde del colapso, la joven República de Weimar no encontraba estabilidad. Las deudas de guerra, la ocupación francesa del Ruhr y una hiperinflación descontrolada habían sumido al país en el caos. En ese clima de desesperación, Hitler creyó que había llegado su momento. Envalentonado por el ejemplo de Mussolini en Italia, decidió tomar el poder por la fuerza. La noche del 8 de noviembre de 1923 irrumpió junto a sus seguidores en una cervecería de Múnich, en la que se encontraba el comisario general del estado de Baviera. Y ahí entró Adolf, proclamando el inicio de una revolución nacional. Fue el comienzo del llamado Putch de Múnich. Al día siguiente, Hitler fue arrestado. Durante su juicio, Adolf utilizó la sala del tribunal como escenario político. Aunque fue declarado culpable de alta traición, la sentencia fue sorprendentemente leve. Condenado a 5 años de prisión, solo cumplió poco más de uno, recluido en la fortaleza de Landsberg Am Lech. En condiciones bastante cómodas y con visitas bastante frecuentes. Allí, lejos del bullicio político, encontró tiempo para reflexionar y escribir. En su celda, comenzó a redactar su obra más conocida, el Mein Kampf, Mi Lucha. Un texto a medio camino entre la autobiografía y el manifiesto político. Cuando salió de prisión, Hitler era más famoso que nunca. Había pasado de ser un agitador local a una figura nacional y, aunque el golpe había fracasado, su verdadero asalto al poder apenas acababa de comenzar. A su salida, Hitler reorganizó el Partido Nacional Socialista, creando las juventudes hitlerianas para adoctrinar a los jóvenes y también creó las SS o Schuf Staffel, como una guardia de élite leal a su persona. Mientras el movimiento crecía, la crisis política y económica de la República de Weimar le abrió el camino. Aprendiendo de sus errores, Hitler cambió de táctica. En lugar de tomar el poder por la fuerza, decidió hacerlo desde las urnas, apoyado por una poderosa maquinaria de propaganda. Por esos años, Hitler conoció a Eva Braun, una joven asistente del fotógrafo oficial del partido nazi. Ella apenas tenía 17 años y él rondaba los 40. Mantuvieron una relación larga, pero siempre con cierto secreto. Hitler quería mostrarse ante el público como un líder dedicado solo a Alemania. Aún así, su vida privada no estuvo libre de rumores, de hecho, muchos creen que antes mantuvo una relación con su sobrina, Geli Raubal. Un poco turbia todo. Volvamos al partido, en 1928 apenas había conseguido un 2,6% de los votos. Pero en las elecciones de marzo y abril de 1932, el partido obtuvo el 37% de los votos. No, no logró la mayoría absoluta en el Parlamento y es que ningún partido era capaz de formar un gobierno estable. Por esta razón, en enero de 1933, el presidente, Paul von Hindenburg, nombró a Hitler como Canciller de Alemania, influido por la creciente popularidad de su partido y por las presiones políticas del momento. A menudo se tienen ideas equivocadas acerca de cómo Hitler alcanzó el poder en Alemania. Es fundamental aclarar algunos puntos. Hitler no obtuvo el poder mediante un golpe de estado. Tampoco fue elegido de forma directa por el pueblo para gobernar. Su ascenso y el del partido nazi ocurrieron a través de los mecanismos políticos legales existentes en la Alemania de esa época. Apenas unas semanas después de que Adolf asumiera el cargo como Canciller, un suceso cambió el rumbo de Alemania. El incendio del Reichstag, el edificio del Parlamento alemán que ardió en febrero de 1933. ¿Fue un golpe de estado? No, pero así lo presentó Hitler. El régimen nazi culpó inmediatamente a los comunistas y a los socialdemócratas y utilizó el hecho como pretexto para suspender algunos derechos civiles y arrestar a miles de opositores. Bueno, también le sirvió para empezar a desmantelar la democracia desde dentro. Poco después, consiguió que el Parlamento aprobara la Ley Habilitante, que le otorgaba al gabinete el poder de dictar leyes, incluso desviándose de la Constitución y sin aprobación parlamentaria ni supervisión presidencial. Con esta ley, la República de Weimar dejaba de existir. Alemania se convertía oficialmente en una dictadura. Todos los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones independientes fueron disueltos o absorbidos por el aparato del Estado. Solo el Partido Nacional Socialista podía existir. Las voces críticas fueron silenciadas. La prensa fue censurada y el miedo se instaló en la sociedad. Aún así, quedaba una institución poderosa que Hitler todavía no controlaba por completo, el ejército alemán. Su lealtad estaba dividida entre la vieja guardia militar y el nuevo líder carismático que prometía restaurar el orgullo nacional. En las filas nazis, además, existía tensión entre las SA y las SS, así que en junio de 1934, Hitler ordenó una purga interna, conocida como la noche de los cuchillos largos. Tenéis vídeos en el canal tanto sobre el ascenso al poder de Hitler como de la noche de los cuchillos largos, por si queréis echarle un vistazo. En apenas unos días, Röhm, el líder de las SA, y los principales líderes de estas escuadrillas fueron arrestados y ejecutados junto con otros rivales políticos que podían amenazar su autoridad. Por si fuera poco, en agosto murió el presidente Hindenburg, y Hitler aprovechó la ocasión para fusionar los cargos de presidente y canciller, autoproclamándose Führer, líder supremo de Alemania. Desde ese momento, el ejército dejó de jurarle alta al estado alemán y el juramento se hacía directamente a Hitler. Y ya lo habíamos dicho, el partido nazi pasó a controlar todos los aspectos de la vida alemana. La educación, la cultura, la economía e incluso la prensa. Para garantizarlo, estableció un sistema de vigilancia masiva, dirigido por la Gestapo y las SS. Y si la propaganda ya fue importante desde que Hitler entró al partido, ahora se convirtió en una herramienta central bajo la dirección de Joseph Goebbels. Fue entonces cuando el régimen moldeó la opinión pública, exaltando a Hitler como salvador de Alemania, difundiendo la idea de la superioridad racial aria y justificando la persecución de judíos, comunistas y otros enemigos del Reich. Cine, radio, periódicos y escuelas se transformaron en instrumentos de adoctrinamiento. Por cierto, ojito al nivel de manipulación. En lo económico, Hitler cumplió parte de sus promesas. Reactivó la industria, redujo el desempleo y fortaleció la capacidad militar. De hecho, militarmente rompió el Tratado de Versalles, expandiendo el ejército y trazando planes de expansión territorial que consideraba parte de su destino histórico. Mientras tanto, el poder nazi se consolidaba también a través de la persecución de los llamados enemigos internos. En 1935, las leyes de Núremberg institucionalizaron la discriminación racial, prohibiendo matrimonios entre judíos y alemanes y arrebatando a los judíos sus derechos fundamentales. Aquello fue el preludio del horror que vendría después. Y ahora damos un pequeño salto en el tiempo. En septiembre de 1939, Hitler invadió Polonia, así comenzó la Segunda Guerra Mundial. En pocos años, Hitler extendió el control nazi sobre Francia, Noruega, los Países Bajos, Bélgica, Dinamarca y gran parte de Europa del Este. Sin embargo, su ambición expansionista también le llevó a cometer errores estratégicos que terminarían siendo fatales. Como la Operación Barbarroja, que fue la invasión de la Unión Soviética en 1941, o la declaración de guerra a Estados Unidos después del ataque a Pearl Harbor. La Segunda Guerra Mundial tiene mucha tela que cortar, así que si queréis saber más en nuestro canal, tenéis un montón de vídeos. La guerra, además de ser un conflicto militar sin precedentes, se transformó en un proyecto de exterminio. Bajo las órdenes de Hitler, el régimen nazi llevó al extremo su ideología racista y nacionalista, dando lugar al Holocausto, el asesinato sistemático de aproximadamente 6 millones de judíos, además de gitanos, discapacitados, comunistas, opositores políticos y otras minorías. Campos como Auschwitz, Treblinka o Sobibor se convirtieron en símbolos del horror, donde millones de personas fueron asesinadas en cámaras de gas, por trabajos forzosos o por hambre. Pero las derrotas en Stalingrado y en el Alamein marcaron un punto de inflexión. Las fuerzas aliadas avanzaban desde el oeste, liberando territorios ocupados, mientras que el ejército rojo, soviético, avanzaba implacable desde el este. Alemania se encontraba cada vez más acorralada, las ciudades caían una tras otra y Berlín se convirtió en el último bastión del nazismo. A comienzos de 1945, con la capital en ruinas bajo un incesante bombardeo y rodeada por tropas soviéticas, Hitler se refugió en su búnker subterráneo, el Führerbunker, donde pasaría sus últimos meses completamente aislado del exterior. El 29 de abril, en el búnker se casaría con Eva Braun, su amante. Apenas unas horas después, el 30 de abril, ambos se quitaron la vida. Hitler utilizó una pistola para dispararse, mientras que Eva Braun ingirió cianuro. Sus cuerpos fueron encontrados juntos y, siguiendo sus órdenes, fueron sacados al jardín del Reichstag, rociados con gasolina y quemados por sus colaboradores, intentando evitar que quedaran como trofeos para sus enemigos. La muerte de Hitler marcó el final del Tercer Reich. Poco después, el 8 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional. Y esto es todo por hoy, si te ha gustado el vídeo, ya sabes que puedes darle a like, suscribirte y nos vemos en próximas aventuras. Por lo demás, un saludo y hasta la próxima.

✅ La vida de ADOLF HITLER resumida en 15 minutos
Memorias de Pez
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