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¿Y Si Dios Perdona Demasiado?

The Zac

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[0:00]Hace unas semanas publiqué la siguiente pregunta en Reddit. ¿Un no creyente puede ir al cielo?

[0:10]Y es que mientras leía los comentarios me di cuenta de algo interesante. De verdad hay un debate entre los que son buenos porque creen y los que son buenos porque simplemente lo son. Y entonces me surgió otra duda, ¿qué pasa entonces con alguien que es justo, pero no reza? ¿Está igual de condenado que un asesino que se arrepintió en los últimos minutos de su vida? Porque si eso es cierto, entonces algo no cuadra, porque hoy vamos a analizar algo muy incómodo. Porque si el arrepentimiento de último segundo borra toda una vida de crueldad, entonces la justicia divina podría no ser perfecta. Pero a qué nos referimos cuando decimos que la justicia divina podría no ser perfecta, porque esa idea no sale de la nada. De hecho, lleva mucho tiempo existiendo. Algunas personas decían cosas como, según mi pastor, si aceptas a Dios en tu corazón y luego cometes un crimen o dejas de creer, igual vas al cielo. Y otras defendían casi lo contrario, que si alguien vive bien, si ayudas, intentas ser mejor persona, de alguna u otra forma ya está más cerca de Dios. Pero si lo analizamos bien, esto es un problema, porque según muchas interpretaciones del cristianismo, no importa cuánto bien hagas. La salvación no se gana por ser buena persona, sino por creer. Y eso cambia completamente las reglas para nosotros como seres humanos, porque entonces ser bueno no es suficiente. Y si eso es cierto, entonces alguien puede vivir toda su vida ayudando a los demás y aún así no ser completamente digno, mientras que otra persona puede hacer cosas terribles y aún así tener una última oportunidad si se arrepiente en el último microsegundo antes de partir. Y de hecho, entre sus comentarios, alguien mencionó algo aún más interesante. Hay una parábola que refleja algo muy parecido, la de los trabajadores de la viña. Habla de unos trabajadores que son contratados en diferentes momentos del día. Unos trabajan todo el día y otros llegan al final, trabajando apenas una hora. Pero al final, todos reciben el mismo pago. Y cuando los primeros trabajadores, aquellos que trabajaron todo el día reclaman, la respuesta es simple, ¿por qué te molesta que yo sea generoso? Y ese es el punto central de la parábola, que no se trata de justicia, sino de gracia. Y seguramente has visto algo así en tu vida, tal vez en la escuela, cuando te esfuerzas en un proyecto que te queda perfecto. Sabes que mereces un 10, hiciste una maqueta o una tarea que te tardó 10 en hacer. Pero luego ves a un amigo que entrega algo como esto, lo hizo apenas en la mañana y aún así, el profesor decide que tendrán la misma calificación. O no nos alejemos tanto, en el trabajo, seguramente conoces a alguien que se esfuerza de más, que se queda horas extra, que vive cansado sin que se lo pidan. Y aún así, recibe el mismo sueldo que alguien que se queda escondido en su turno en el baño. Pero entonces, esto nos obliga a cambiar de pregunta, porque ya no es solo quién entra al cielo, sino bajo qué reglas. Porque si el perdón es infinito, qué pasa con la justicia? Para entender este dilema, primero tenemos que preguntarnos algo por un minuto. ¿Qué es la justicia? En el mundo de los hombres, la justicia es una balanza. Si haces daño, pagas. Si robas, lo devuelves. Es una ecuación, causa y efecto. Y en teoría, la justicia divina debería ser la versión perfecta de eso. En el catolicismo y el cristianismo, se nos enseña que Dios es el juez justo, alguien que ve lo que nadie más ve y que pone a cada quien en su lugar según sus obras. Se nos dice que cada mentira, cada vez que le fuiste infiel a tu novio o a tu novia, o cada vez que criticas o humillas a alguien y también cada gesto de bondad queda totalmente registrado. En un lugar que no olvida, se supone que es el sistema de orden más grande del universo. El lugar donde por fin, el malo paga y el bueno es recompensado. Pero esto no es realmente así. Porque esa idea choca directamente con el perdón, porque si el juez es perfecto, pero también infinitamente misericordioso, entonces la balanza deja de importar. Y esto no es solo teoría, en Reddit, alguien lo dijo de una forma muy cínica. Dios es un caballero y no te obliga a entrar a un lugar donde no quieres estar, pero tendrás que asumir las consecuencias. Es decir, si no crees, tú eliges el infierno, suena elegante, pero si lo piensas bien, es una forma muy cómoda de lavarse las manos. Es como decirle a alguien que se está ahogando, no te salvo porque no me lo pediste. Pero lo más fuerte no era el comentario de ese usuario, porque otro comentario decía lo siguiente, que la salvación es un regalo, no un pago. Entonces, el que se esforzó toda su vida por ser justo, por no mentir o por no dañar, recibe lo mismo que el que se arrepintió al final, después de haber destruido vidas, después de mentir, de humillar, de hacer daño. Y eso nos obliga a aceptar algo incómodo, el cielo no sería una recompensa para los buenos, sería más bien como un club privado. Un club privado para aquellos que aceptaron las reglas, y si eso es cierto, entonces ser bueno no es la meta. Es algo como una misión secundaria, ya sabes, si quieres hacerla o no. Y fue justo esto lo que me hizo pensar en algo más, porque y si esto que estamos pensando no es universal. Y si hay formas de ver el mundo, de ver el perdón o de ver a Dios, donde esto simplemente no puede pasar, donde no hay atajos, donde la deuda se paga quieras o no. Porque reducir esa duda solo a las religiones que conocemos, es un error. Hay demasiadas formas de entender la justicia, y entonces la pregunta cambia una vez más, qué piensa el otro lado del mundo. Te voy a mostrar unas imágenes y quiero que me digas qué sientes. No apartes la mirada, no cierres los ojos y no te escondas en los comentarios. Simplemente observa.

[5:36]¿Qué ves? ¿Ves maldad pura? Piensa en eso por un momento. Porque luego vamos a volver ahí. Para la lógica que hemos estado analizando, donde el perdón es infinito y la salvación es un regalo. Estas imágenes no tienen sentido. Parecen una justicia sin piedad, pero eso es porque estamos tratando de medir el océano con una regla de madera. Para entender la justicia en el otro lado del mundo, tenemos que romper la balanza y aceptar un concepto que es a la vez liberador y aterrador. El Karma. En el hinduismo y budismo no hay un juez. No hay alguien sentado en un trono decidiendo quién entra y quién no. No hay un padre que borra tu pasado si lo pides con suficiente fuerza. Ahí, la justicia no opina, funciona. Es mecánica, es física. Si tiras una piedra al agua, creas ondas. No importa si te arrepientes después, las ondas siguen. Y en estas filosofías, cada acto es esa piedra. Cada mentira, cada acto de crueldad y cada acto de bondad, todo genera algo. Y la deuda se paga quieras o no. Si causaste dolor, ese dolor te encuentra. Si mentiste, vives la mentira, no porque Dios sea vengativo, sino porque es la ley del universo. La deuda no se cancela con palabras, se cancela viviendo las consecuencias. Y aquí es donde entran las figuras que viste al inicio. Esa figura es Kali, no representa el mal, representa la destrucción del ego. Es la fuerza que rompe tu apego, tu orgullo, lo que te ata. Y su contraparte, Shiva, el destructor y el creador. Él baila mientras todo se destruye, no por caos, sino porque entiende algo clave. Para que haya justicia, algo tiene que arder. Bajo esa lógica, la pregunta del inicio ya no tiene sentido. Y si Dios perdona demasiado, aquí la pregunta sería, qué perdón, porque aquí tú construyes tu destino. Cada decisión, cada acción, cada mentira, cada acto de bondad, todo suma. No hay atajos y eso nos lleva al punto más incómodo, porque pasamos todo este tiempo preguntándonos si el perdón es justo. Y ahora nos encontramos con algo mucho peor, que tal vez no necesitamos un juez. Porque ya somos nuestros propios carcelarios. Eso que sentiste con las imágenes de Kali, ese escalofrío no es exclusivo del otro lado del mundo. En nuestra propia historia hubo una imagen tan perturbadora que la misma iglesia tuvo que prohibirla. Una representación de la Trinidad que parece sacada de una pesadilla, la Trifaces. Oficialmente era para explicar que Dios es tres personas en una, pero si la miras bien, no parece una imagen de consuelo. Y es que esta imagen nos hace preguntarnos algo incómodo, somos buenos porque queremos o somos buenos porque tenemos miedo. Se nos dice que Dios es amor, pero también se nos educa en el temor de Dios, y hay una diferencia muy incómoda entre el respeto y el miedo. Porque si el perdón es tan fácil de obtener, si basta con un lo siento al final, entonces, qué nos mantiene a raya el resto del tiempo. Vivimos en una especie de contradicción, durante la semana, fallamos, mentimos, hacemos daño y confiamos en que el domingo todo puede borrarse. Y entonces la pregunta se vuelve muchísimo más personal. Si te portas bien solo porque temes el castigo, realmente eres bueno o solo eres alguien que tiene miedo de las consecuencias. Porque si lo piensas, eso no es bondad, eso es control, porque si la regla es que no entras por fe, sino por tus actos, entonces aparece una figura incómoda. El ateo, alguien que, desde esa lógica, no debería encajar. Porque es alguien que puede ser bueno sin recompensa. No le teme a un castigo eterno, no busca un premio, simplemente actúa. Pero eso termina planteando algo difícil de ignorar, porque si todo lo que hemos dicho hasta ahora es cierto, su destino no solo sería triste, sería profundamente injusto. Porque bajo esa lógica, esa persona queda fuera, mientras que alguien que hizo daño toda su vida, pero sintió miedo al final, entra. Ahora te pregunto algo. ¿Cómo es posible que el miedo valga más que la bondad genuina?

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