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¿Pueden cambiar las personas? | Ramón Nogueras | TEDxMadrid

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[0:18]Quiero contaros para empezar una historia que a mí como psicólogo me fascina. En el año 1972, eh los ocupantes de la Casa Blanca estaban preocupados por una invasión que temían que tuviese lugar en territorio norteamericano. No una invasión de comunistas, como en aquella película de Chuck Norris de los años 80, sino una invasión de yonquis. Y esos yonquis no eran otros que los soldados americanos destinados en Vietnam. ¿Por qué? Según parece, el consumo de droga en el ejército americano destinado en Vietnam alcanzaba unos niveles tan astronómicos que formaba parte de la vida y de la cultura de allí, igual que el rock and roll o el disparar a la gente pobre. Los soldados americanos, previos a ser destinados a Vietnam, mostraban un patrón de consumo prácticamente inexistente, menos del 1% eran adictos o consumían habitualmente alguna sustancia. La mayoría nunca habían probado nada, pero llegaban a Vietnam y aquello parecía un poblado de venta de drogas o un after a las 5 de la mañana. La mitad de ellos consumía droga varias veces, múltiples veces a lo largo de su periodo allí, turnos que muchas veces eran de 13 meses. Uno de cada cinco, uno de cada cinco eran adictos. Claro, esto generaba una enorme preocupación en el gobierno porque lógicamente pensaban qué vamos a hacer con esta gente cuando vuelvan aquí. Qué vamos a hacer con miles de adictos a la droga sueltos por nuestras calles, con entrenamiento militar, incapaces de integrarse en sociedad. La imagen era prácticamente un apocalipsis zombie. Se imaginaban, por ejemplo, como en la portada de la revista Time, que los más vulnerables serían los negros, los pobres, la gente con pocos estudios, pero esto no era cierto. El patrón de consumo no dependía de la raza, no dependía de la clase social, no dependía de ningún factor que ellos pudieran aislar, afectaba a todo el mundo por igual. La gente podía consumir por estar en combate o no, podía consumir por haber tenido una experiencia traumática o no. A veces algunos empezaban a consumir porque en el hospital les administraban morfina para sus heridas, pero muchos simplemente consumían porque era lo que hacía todo el mundo. Las explicaciones tradicionales no parecían dar cuenta de qué pasaba. Así que se imaginaban bandas, como en las películas, se se nota que me gustan las películas de los 80, ¿verdad? como en The Warriors, bandas corriendo por las calles sembrando el caos, veteranos peligrosísimos, incapaces de incorporarse a la vida normal. Un desastre. ¿Y qué es lo que pasó? No pasó nada. A la vuelta del despliegue de Vietnam, el 1% de los soldados que consumían drogas mantuvieron el hábito de consumo. Esto es, el mismo porcentaje que consumían antes de la guerra, ni más ni menos. El resto de soldados, en un periodo promedio de un año, dejaron de consumir. Imaginaros todos los cuñados de las tertulias televisivas y de radio completamente desconcertados después de pasarse mucho tiempo preocupándose y comiéndose la cabeza con esto, y que la cosa era un poco como un anticlímax, ¿no? Tú ibas a tener un apocalipsis y no tuviste nada. Qué corte de rollo. Qué pasó? La respuesta, o una posible respuesta, vino unos años después, en 1978, de la mano de un psicólogo llamado Bruce Alexander, que hizo una serie de experimentos muy conocidos como el Rat Park, el parque de ratas. En estos experimentos, Alexander utilizaba un un colectivo de ratas Wistar, que son los mejores amigos del psicólogo experimental después del perro. Y las separaba en dos grupos. Uno de los grupos estaba, más o menos, en una cárcel y el otro estaba en un resort en Punta Cana, para que nos hagamos una idea. O sea, el grupo A eran ratas que estaban en las típicas jaulas de laboratorio, aislada y separada de otras ratas y con muy poca cosa que hacer a lo largo del día. El otro grupo, el del resort, estaba en el Rat Park. El Rat Park era un espacio muy grande, lleno de túneles y sitios donde las ratas podían jugar, podían explorar, podían interactuar con otras ratas. Ambos grupos tenían depósitos de agua con morfina a su disposición y agua sin morfina. Las ratas podían autoadministrarse morfina siempre que quisieran. Vamos, party hard total. Y Alexander encontró que las ratas que estaban en la cárcel se autoadministraban mucho más frecuente la morfina y por tanto desarrollaban más fácilmente hábitos de adicción. Pero que las ratas que tenían otras cosas que hacer, a menudo evitaban el agua con morfina y se dedicaban pues a jugar con otras ratas, a explorar y a hacer cosas de rata y a pasárselo bien. Algunas ratas de este grupo se se enganchaban a la morfina, por supuesto, pero eran muy pocas. Esto chocaba frontalmente con la concepción de que las drogas eran adictivas en sí mismas, porque es en la primera prueba de que quizá el entorno también tenía algo que ver. Y parece que estos experimentos eran generalizables a humanos, viendo cómo se comportaban los soldados americanos que volvían de Vietnam. Por supuesto, las drogas tienen capacidad de causar adicción, pero no es toda la historia. El entorno parece tener también un peso. Esto es, los soldados salían de un entorno en el que el consumo de drogas era normal, volvían a sus casas, muchos de ellos regresaban con sus familias, sus seres queridos, encontraban un trabajo, desarrollaban relaciones sanas y lo dejaban. Tan simple como eso. He empezado con esta historia porque como psicólogo, el si la gente puede cambiar y cómo cambiamos es parte esencial de mi trabajo. de nuestro trabajo, los psicólogos somos modificadores de conducta. Ya sea en la consulta ayudando a un paciente a superar un problema, ya sea en una empresa desarrollando a un equipo para que adopten una nueva forma de trabajar, ya sea en una escuela, un orientador tratando de que un alumno adquiera hábitos de estudio. Lo que hacemos es estudiar cómo cambiar a la gente de forma que la gente cambie para mejor y para conseguir sus objetivos. Y claro, lo que la gente cree que pasa, muchas veces no es lo que realmente pasa cuando hablamos de conducta humana. La psicología popular tiene poco que ver con la psicología científica. Y una de las ideas reinas en lo tocante a la capacidad de cambiar de los seres humanos es la idea de que para cambiar hace falta mucha fuerza de voluntad. Que es la razón o la excusa por la que te apuntas al gimnasio, vas dos semanas y luego te pega 6 meses pagando y no vas nunca. Porque total vas a ir la semana que viene. Saludos a mi gimnasio, por cierto, desde aquí. Es la razón por la que empiezas una dieta, pero en cuanto tienes un mal día, te entripas la cara de lado y de galleta y de beber albóndiga. Es la razón por la que tú eres estudiante y estudias el examen el día antes. Todos los cursos te juras que este no va a ser así, pero al final siempre acabas cayendo porque tienes que salir de farra, porque no tienes voluntad. Otra gente sí la tiene, por eso ellos sí pueden cambiar, pero tú no, tú no tienes voluntad. Esa idea de hecho ha tenido cierto predicamento en la psicología. En los últimos años se puso bastante en relieve un modelo desarrollado por el psicólogo Roy Baumeister, que se llamaba modelo de agotamiento del ego. El modelo de agotamiento del ego, Ego Depletion en inglés, básicamente estipula que la voluntad sería un recurso energético limitado, como un depósito de gasolina. Y que se agota a medida que tenemos que tomar decisiones difíciles, que nos cuestan. Los hábitos no nos cuestan voluntad, las decisiones sí, por ejemplo, comerme el brócoli en vez de comerme un bollo. A medida que vamos tomando decisiones difíciles, se nos vamos quedando sin voluntad a lo largo del día, de forma que finalmente acabamos cayendo en nuestros viejos hábitos y cedemos a la tentación. Por eso la mayoría de las infidelidades se producen por la noche, las dietas suelen romperse por la noche y todas estas cosas. El problema es que este modelo, no aplaudáis todavía que no le estoy dando una excusa para ponerle los cuernos a nadie. El problema con esto es que este modelo está siendo contestado porque está teniendo dificultades para replicar. No porque no pueda haber una cierta verdad en esto, yo creo que hay algo de esto, sino porque se deja fuera una parte muy importante, que es el contexto. Una cosa que los modificadores de conducta sabemos es que los seres humanos como cualquier otro organismo reaccionamos fundamentalmente a las señales que nuestro contexto nos envía. Del mismo modo que, por ejemplo, cruzamos la calle cuando vemos un semáforo en verde, o cuando vemos un signo como este, no nos acercamos. Nos gusta pensar que tenemos libre albedrío y que tomamos decisiones porque nos gusta pensar que somos seres racionales. Pero como dice Siniestro Total, somos seres racionales porque tomamos las raciones en los bares, o sea que no. La mayoría de las cosas que habéis hecho en el día de hoy no tienen una pizca de decisión racional por vuestra parte. Y muchas veces respondemos al entorno de maneras que están determinadas por nuestra genética, nuestra historia de aprendizaje, nuestras experiencias y nuestros hábitos. Y de eso es de lo que yo quiero hablar especialmente hoy. Algunos psicólogos, para explicar por qué es difícil cambiar, han concebido una metáfora en la que, esto entendéis que es una metáfora, la conducta no es así, pero es una forma fácil de entenderlo, ¿vale? Es una simplificación. Conciben a la persona como un jinete hindú, montado en su elefante, ¿vale? que va por una selva por un camino a través de la selva. El jinete y el elefante representan a la persona y la selva y el camino representan el contexto, el entorno en el que esta persona se mueve. El jinete, por tanto, representa la parte que hace planes a largo plazo. El jinete es el que hace los propósitos de año nuevo, el jinete es un motivado, un motivado. El elefante es todo lo demás. El elefante es nuestra gratificación, nuestro gusto por la gratificación instantánea. Nuestros hábitos, nuestra emocionalidad. El elefante es el que quiere comerse el bollo ahora, aunque el jinete ha decidido que hoy lo que tocaba comerse es un plato de quinoa ecológica con salmón hervido de pifactoría responsable. El elefante quiere llamar a tu ex borracho perdido a las 2 de la mañana para decirle a ver si volvéis. El elefante es el que sabe que tiene que estudiar, pero acaba de salir una temporada de Juego de Tronos y lo que quiere es sentarse delante de la tele y vérsela entera. Al elefante no le gusta mojarse ni sudando ni cuando llueve, por eso cuando llueve no somos capaces de ir al gimnasio, de salir a correr porque es que llueve y yo me gusta más la mantita. Al elefante le gustan las cosas a las que está acostumbrado. Al elefante le gusta hasta tu ex. Es un poco como si Ortega y Gasset hubiera dicho, yo soy yo y mi circunstancia, pero disfrazado de indio y montado en un bicho de 5 toneladas. Claro, ¿qué pasa? El elefante es muy grande, el jinete es muy pequeño, o sea, el elefante se le pone en la trompa a tirar en una dirección. El jinete lo único que puede hacer es dejarse llevar, generalmente acabando en mañanas de resaca y arrepentimiento. Así es como Jonathan Height explica esta experiencia que todos hemos tenido de tener perfectamente claro qué es lo que hay que hacer y hacer otra cosa. Así es como se puede explicar porque muchas veces nuestros hábitos que están gobernados por el entorno y responden a señales del entorno tienen más fuerza que nuestras intenciones, que las cosas que nosotros intentamos utilizar como disparadores de la conducta. El entorno no solo incluye el entorno físico con nuestras señales de tira por aquí, para aquí, incluye también el entorno social, las personas con las que nos relacionamos, la cultura en la que vivimos. Si pensáis que es poco importante, escuchad una cosa. En el año 2007, un estudio médico de la Universidad de Harvard encontró que si uno de vosotros se pone obeso, desarrolla obesidad, todos sus amigos íntimos multiplican por tres la posibilidad de ponerse aceporro. Y esto no es porque vais todos juntos a un restaurante en Porcaros, no. Si tú vives en San Francisco y tu amigo vive en Nueva York y tenéis un contacto constante y frecuente, tu amigo se pone de porro igual. Él te influye, tú le influyes. El entorno pesa tanto en nosotros que podemos cambiar nuestro hábitos alimentarios sin darnos ni cuenta. El entorno puede impedirnos actuar o puede obligarnos a hacer cosas estúpidas, como, por ejemplo, dedicarnos a consumir heroína mientras estamos en la guerra de Vietnam, porque todo el mundo lo hace. Hay un experimento clásico de la Universidad de Columbia, en la que se cogen a estudiantes y se les dice que van a hacer unos cuestionarios. Los estudiantes pueden estar solos o en grupos de tres. Los estudiantes están rellenando el cuestionario cuando empieza a ocurrir una emergencia. Por una reja escondida en la pared empieza a entrar humo a borbotones hasta llenar la sala. Si el estudiante está solo, hay un 75% de posibilidades de que se levante inmediatamente, vaya a pedir ayuda y dé la alarma. Pero cuando el estudiante está con más gente, solo el 38% de las veces se levantan y piden ayuda. Pensadlo, el 62% de los estudiantes se quedaron sentados como capullos, tragando humo, porque todos estaban esperando a que alguien hiciera algo. Y como nadie hacía nada, todo el mundo se quedaba quieto. En una situación desconocida, el contexto nos dice que tenemos que hacer y si no recibimos señales del contexto, no hacemos nada, como vosotros ahora, que está entrando aquí humo y estáis todos aquí callados, mirándome. El contexto determina y el contexto inhibe nuestras conductas. También se puede usar para el bien. De hecho, un pequeño cambio contextual puede provocar enormes cambios de conducta. Un ejemplo que me encanta de esto, porque además tiene una amplia aplicación, es un experimento que realizaron en el Hospital Kaiser South en San Francisco, desarrollado por la jefa de enfermeras Becky Richards. Becky Richards quería disminuir los errores en la administración de medicamentos por parte de las enfermeras, porque un error en la administración de un medicamento podía ser fatal. La fuente de estos errores generalmente eran las distracciones de gente que interrumpía la enfermera preguntándole cualquier cosa, médicos, enfermeras, otros pacientes, familiares de pacientes, la tuna que pasaba por allí, quien fuese. Y decidió usar un simple cambio en el entorno para que esas enfermeras no fueran distraídas. Qué fue esto? Chalecos reflectantes, cutres, feos como un cáncer, de estos que se compran en cualquier tienda para cambiar neumáticos y una regla. Si llevas el chaleco puesto, es que estás poniendo medicación. Si estás con el chaleco puesto, nadie te puede hablar y tú no debes contestar a nadie. Las enfermeras por supuesto lo odiaban. Lo odiaban con toda su alma porque les pareció un castigo, una muestra de que eran incompetentes en su trabajo. Sin embargo, a los pocos meses de iniciar el estudio, los errores en la administración de medicamentos bajaron un 47%. Nadie tuvo que hacer ningún esfuerzo de voluntad, nadie tuvo que cambiar nada conscientemente. Solo esa sencilla norma y ese cambio en el entorno provocaron un decisivo cambio de conducta. Claro, no siempre podemos cambiar el entorno para iniciar un hábito. No te puedes ir de vacaciones a Borabora cada vez que quieres aprender un hábito nuevo, aunque está comprobado que es más fácil dejar de fumar en vacaciones que en casa, porque en vacaciones no tienes las señales del contexto que te invitan a fumar. Entonces, ¿qué hacemos cuando queremos iniciar un hábito? Un psicólogo de la Universidad de Nueva York, llamado Peter Gollwitzer, desarrolló una técnica llamada desencadenantes de la acción, que es una forma en la que nosotros podemos anticipar una situación en la que dispararemos una conducta, poniendo así el control de nuestra conducta bajo una señal del contexto. Por ejemplo, si yo soy un estudiante y tengo la posibilidad de hacer un trabajo opcional para ganar unos puntos extra, tengo más posibilidades de hacer el trabajo en vez de quedarme dormido. Si escribo en un papel, haré el trabajo el sábado tal a las 9 de la mañana en el despacho de mi padre justo antes de que se levanten. ¿Por qué? Porque cuando nosotros hacemos eso, predisponemos a nuestro organismo a reaccionar a la señal del entorno, de manera que entrar en ese entorno dispara la conducta. Esta técnica ha tenido múltiples aplicaciones en el ámbito de la salud y se han obtenido resultados espectaculares a la hora de conseguir que, por ejemplo, pacientes ancianos que han recibido prótesis de cadera y de rodilla, adopten hábitos de salud de moverse, en vez de quedarse postrados por el dolor, acelerando significativamente sus recuperaciones. En los hábitos que son difíciles, que el sujeto percibe como difíciles de adquirir, la creación de desencadenantes de intención multiplica por tres las posibilidades de éxito. Por tres, de un 22 a un 62% en promedio. En mi propia práctica como psicólogo, esta técnica se ha probado valiosa porque algunas de las tareas terapéuticas que los pacientes tienen que hacer son pesadas. Por ejemplo, en terapia cognitiva, una de las técnicas fundamentales es llevar un registro de tus pensamientos, de forma que tú puedas detectar los pensamientos disfuncionales que te causan ansiedad, depresión y otras emociones negativas y sustituirlos por pensamientos racionales. La mayoría de la gente no tiene hábito de llevar un diario. Para la mayoría de personas es difícil sentarse a escribir. Cuando yo con mis pacientes acuerdo unos desencadenantes de la conducta de cuándo y cómo van a sentarse a escribir, los pacientes aumentan enormemente las probabilidades de llevar a cabo la tarea y por tanto, aumentan enormemente las probabilidades de que la terapia sea eficaz. Así que en resumen, las personas podemos cambiar. Y podemos cambiar constantemente, lo hacemos constantemente, pero la mayor parte de las veces nuestros cambios pueden producirse y mantenerse con mucha facilidad si observamos el entorno y observamos cómo el entorno nos influye y cómo le influimos al entorno. Cómo el entorno facilita lo que queremos hacer o dificulta lo que queremos hacer. El cambio es perfectamente posible, pero al contrario de lo que muchas personas creen, no tiene absolutamente nada que ver con la fuerza de voluntad. Muchas gracias.

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