[0:01]La desaparición de los rituales es un libro de Byung-Chul Han, cuya edición original es del año 2019 y la edición en español de 2020. Es un libro que encadena en sus páginas varias de las ideas centrales del pensamiento del filósofo surcoreano. Han parte de la idea de que los ritos son acciones simbólicas que dan forma a una comunidad sin comunicación. Han enhebra su libro en torno a dos preguntas: la primera, ¿por qué las formas simbólicas propias de los rituales cohesionan a las sociedades? Y la segunda, ¿qué nos espera cuando se abandonan esas formas simbólicas de los rituales, como sucede actualmente? En principio define la idea de ritual. El ritual es un enorme significante que, sin transmitir nada, permite que una colectividad reconozca en los rituales sus señas de identidad. En la actualidad, sin rituales, lo que domina es un ejercicio masivo de comunicación pero un retroceso de la comunidad. La percepción simbólica típica de los rituales percibe lo duradero, lo otorga permanencia al mundo y lo libera de la contingencia. A diferencia de los datos y las informaciones que carecen de toda fuerza simbólica, en el vacío simbólico de la información disminuye la experiencia de la duración y aumenta la contingencia. Han recurre a Antoine de Saint-Exupéry con una frase que dice: "Los ritos son al tiempo lo que la morada es al espacio". Los ritos son técnicas simbólicas de instalación en el hogar. Le dan estabilidad a la vida, la hacen duradera, gracias a esa misma práctica de repetición ritual. Al tiempo, actualmente le falta un armazón, le falta una estructura y se desintegra en sus sesiones de presentes sin interrupción. El tiempo no es habitable.
[2:53]Mientras la presión por producir le quita durabilidad a las cosas, destruye la duración para que se produzca y se consuma más. Porque demorarse en algo supone que las cosas duren. Y no es posible hoy demorarnos si nos dedicamos a producir y a gastar. Pero en el marco ritual las cosas no se consumen ni se gastan, sino que se usan. Mientras que para producir nos relacionamos con las cosas para consumirlas, no para usarlas. Y mientras las consumimos las cosas nos desgastan.
[3:34]También revestimos de valores a las cosas, valores como la justicia, la humanidad o la sostenibilidad. Salvar al mundo consumiendo sería el objetivo perfecto del sistema. Inclusive revestimos de emociones a las cosas, y las emociones son más efímeras aún que las cosas. Por otra parte, consumiendo valores, dejamos de relacionarnos con la comunidad para solamente relacionarnos con nuestro ego.
[4:08]La sociedad se ha vuelto una sociedad narcisista.
[4:16]En cambio, dedicarse a los rituales, a la percepción simbólica, lleva a olvidarse de sí mismo, se toma una distancia de sí, se trasciende. Pero hoy existe una percepción serial, que es incapaz de experimentar la duración. Su captación impide la demora. Se apresura en la información y en la siguiente, en la vivencia y en la siguiente, en la sensación y en la siguiente, sin finalizar jamás. Ejemplo de ello es la maratón de series, que se transforma en un visionado bulímico. El régimen neoliberal intensifica este hábito serial, elimina la duración para consumir más. Vivimos en un constante update, que no permite ni duración ni finalización. La vida se vuelve más fugaz y contingente.
[5:15]La atención profunda se educa en prácticas rituales y hasta religiosas. El templo es un lugar de esmerada atención. Del mismo modo aprender de memoria, que hoy ya no se practica porque se supone que apaga la creatividad y la innovación, permite estabilizar la atención y profundizarla. La repetición es rasgo esencial de los rituales. ¿De dónde viene la intensidad que caracteriza a la repetición? Kierkegaard dice: "La repetición y el recuerdo son el mismo movimiento, pero en sentido contrario." Lo que se recuerda es pasado. Se repite retroactivamente.
[6:09]Mientras que la auténtica repetición lo que hace es recordar hacia adelante. El mismo Kierkegaard decía que solamente uno se cansa de lo nuevo, no de las cosas antiguas.
[6:27]Quien espera siempre lo nuevo pasa por alto lo ya existente. En cambio, la repetición descubre intensidad en lo discreto y lo insípido, como el camino, que es repetible y no produce nunca hastío.
[6:47]Buscando nuevos estímulos y excitaciones, hoy perdemos la capacidad de repetición. Frente a dispositivos neoliberales, tales como la autenticidad o la creatividad, se esfuerza todo el tiempo a lo nuevo. Pero finalmente termina siendo una variación de lo mismo. Lo nuevo termina banalizándose y convirtiéndose en rutina, en mercancía que se consume y debe volver a consumirse. Paradójicamente, la presión por evitar la rutina termina generando más rutina. Huyendo de la rutina, consumimos más novedades y se acrecienta la sensación de vacío. Para el neoliberalismo, la vida intensa es solo consumo intenso. Por contraste, los rituales generan una comunidad de resonancia, de ecos, con relaciones de resonancia que pueden ser verticales con Dios u horizontales con la comunidad o diagonales con las cosas. A la resonancia le es inherente la dimensión de lo distinto. El estado actual es un estado de resonancia cero, de ausencia de ecos. Por eso, dice Han, podemos afirmar que la crisis actual de la sociedad es una crisis de resonancia, de vacío. Si a la resonancia se define por la dimensión de lo distinto, el narcisismo es la otra cara de la resonancia, porque de lo que se trata es de escuchar el eco del yo. La depresión en una referencia a sí mismo, como una cápsula en que el mundo desaparece. En cambio, los rituales despejan al yo de la carga de sí mismo. Por eso no hay depresión en una sociedad de rituales, porque el alma está absorta en las formas que generan una fuerte referencia hacia el mundo. En los actos rituales también participan los sentimientos, pero su sujeto no es un individuo aislado. Ejemplo de ello es el rito funerario del duelo, que representa un sentimiento colectivo. Pero cada vez se generan menos sentimientos comunitarios y predominan los sentimientos pasajeros y las pasiones efímeras, propias del individuo aislado en sí mismo. A diferencia de emociones y pasiones, los sentimientos son capaces de hacerse comunitarios. Mientras que la comunicación actual se centra en la comunicación digital, que es motivada esencialmente por pasiones y descargas emocionales como el caso de Twitter. La comunicación digital es como una cámara de eco en la que uno se escucha hablar esencialmente a sí mismo. Los me gusta, los seguidores y los amigos de la red no constituyen ningún campo de resonancia, solo amplifican el eco del yo. La comunicación digital es cada vez más comunicación sin comunidad. Porque la idea es aislar a la persona y convertirla en productora de sí misma. El régimen neoliberal, mientras individualiza a las personas y le propone ejercer la empatía en una sociedad fragmentada, solamente allí se puede exigir activamente la empatía, aunque sea una exigencia hipócrita, relacionada con lo económico y como medio de optimizar la producción.
[10:22]La palabra comunidad hoy se pronuncia como community, que es una forma atrofiada de la comunidad. Es convertir a la comunidad en mercancía de consumo.
[10:36]Mientras la comunidad digital sin comunidad es sumatoria, aditiva, el aumento de la información y la comunicación promete incrementar la producción y con ello el rendimiento.
[10:54]Los rituales no son una práctica de adición, son narrativos y como tales no permiten la aceleración. La narración genera silencios y el silencio en la narración detiene la comunicación. El silencio no produce.
[11:15]Hoy existe una presión para ser auténtico. La sociedad de la autenticidad es una sociedad de la representación en la que todo el mundo se representa a sí mismo. Rindiendo el culto al yo mediante una liturgia del yo, en el que cada uno oficia como sacerdote de sí mismo. Pero hoy el culto a la autenticidad ha desplazado la cuestión de la identidad desde la comunidad al individuo. Se trabaja todo el tiempo en la producción de sí mismo, atomizando a la sociedad, que es un símbolo de la decadencia de lo social. La autenticidad es una forma de producción neoliberal. Uno se autoexplota pensando que se está realizando. La persona se transforma en un centro de producción de alta eficacia. El espacio público se desintegra en espacios privados y la sociedad de la autenticidad se convierte en una sociedad de la intimidad y el desnudamiento, revelando cuanta mayor privacidad e intimidad se pueda. Pero la autenticidad no es enemiga de la comunidad y solo puede elaborar una identidad que no sea trivial si existe en un mundo en el que el otro, sea naturaleza, ciudadano o Dios, tenga una importancia crucial. En nombre de la autenticidad, uno se despoja de los gestos rituales como si fueran superficiales. El culto narcisista a la autenticidad es corresponsable del progresivo embrutecimiento de la sociedad. Viviendo en una cultura de pasiones, solo se vuelve auténtico el sentimiento espontáneo y los estados subjetivos. Cuando desaparecen los gestos rituales y los modales, vencen las pasiones y las emociones. Solo se consideran auténticos los sentimientos espontáneos, los estados subjetivos. La presión para ser auténtico hace que todo sea subjetivo y el narcisismo se vuelve cada vez más radical. Los rituales son formas externas con referencias al mundo. Actos genuinamente humanos que hacen que la vida sea festiva y mágica. La desaparición de los rituales degrada y profana la vida, reduciéndola a la mera supervivencia. Un reencantamiento del mundo debe contrarrestar el narcisismo colectivo.
[13:49]Si se priva a la vida de la finalización de la muerte, la vida acaba a destiempo. Y hoy, nuestra forma de vivir hace imposible que clausure nada. Solo se pasa de una vivencia a otra. Solo demorarse puede clausurar. Cerrar los ojos como símbolo de clausura contemplativa se enfrenta al bombardeo de imágenes y estímulos que lo impiden cerrar. Y sin la negatividad del cierre se produce un interminable adicción y acumulación de pura información, siempre igual, una total positividad. El imperativo neoliberal de optimización y rendimiento no permite que finalice nada.
[14:52]Nada finaliza. Por eso nos enfrentamos hoy al aprendizaje de por vida que impide finalizar estudios, el trabajo flexible que no permite dejar de trabajar. La eliminación de la clausura provoca una sobreproducción y un exceso de consumo que termina infartando al sistema. El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo, aislado en sí mismo. Y cuanto más abierto, más explotable. El imperativo neoliberal disuelve las estructuras cerradas para acelerar la circulación de capitales, de bienes, de información, de servicios. La interconexión digital elimina el lugar. La red no es un lugar, es un no lugar. Por eso no podemos habitar la red.
[15:47]A la red la navegamos.
[15:53]En cambio, la aldea es diferente, representa un orden cerrado. Podemos demorarnos en ella. Permanentemente se repite una gran narración que es la representación del mundo para los aldeanos. La narración es una forma de cierre, tiene comienzo y final, a diferencia de la información que solo suma y suma. Los ritos de cierre dan estabilidad, generan un mapeo cognitivo que ahora está disuelto por la digitalización y la globalización. Cuando la aldea percibe algo, esa percepción y acción no tiene sujeto. Los sujetos se subsumen en una conciencia colectiva, esa misma conciencia que engendra comunidad sin comunicación. El ser humano es locativo, habita un lugar.
[16:46]Pero ser locativo no es ser un fundamentalista del lugar. Lo locativo no excluye a la hospitalidad.
[17:00]La cultura genera identidad y es una forma de cierre, pero la identidad cultural no es excluyente, es receptiva hacia lo foráneo.
[17:15]Pero la actual ausencia de lugar que genera lo global, produce un infierno de lo igual, porque niega lo heterogéneo y lo diferente. Y es el rechazo de esa situación que aparece el fundamentalismo de lugar. Paradójicamente, el fundamentalismo de lo local surge a raíz del dominio de lo global. Una hipercuttura global, incapaz de abrirse a lo foráneo, a lo distinto.
[17:51]La globalización desubica la cultura y la convierte en hipercultura, al hacer que los espacios culturales pierdan sus límites o implosionan. Se superpongan y se traspasen unos a otros, en un hipermercado de la cultura. La hipercultura es una versión consumista de la cultura. Se extiende sin límites ni centro, tiene la lógica de la I. Es una interminable conjunción de carácter destructivo que conduce a la reproducción de lo igual.
[18:32]En materia de tiempo, la eliminación de los rituales hace de que desaparezca el tiempo específico. Elimina las fases vitales, la infancia, la juventud, la madurez, la vejez, la muerte.
[18:53]Son los rituales los que configuran las transiciones de las fases de la vida.
[19:02]Son formas de cierre, sin esos rituales nos deslizaríamos de fase en fase y sin solución de continuidad, por eso envejecemos sin hacernos mayores o seguimos adolescentes aunque transcurra el tiempo sin madurar jamás. La discontinuidad de los tiempos específicos da paso a la continuidad de la producción y del consumo. Los ritos de pasaje estructuran la vida como estaciones, como etapas, como lugares. Quien traspasa un umbral deja algo atrás e ingresa a una nueva etapa. Los umbrales narran, ordenan, son transiciones que requieren tiempo. Más allá del umbral está lo distinto, lo foráneo.
[19:49]Sin la magia del umbral está el infierno del igual. Lo global se construye destruyendo umbrales y transiciones para favorecer su paso sin fisuras y aceleradamente. Las informaciones y las mercancías prefieren un mundo sin umbrales para favorecer su paso sin fisuras y aceleradamente.
[20:17]El descanso sabático que santifica el séptimo día no es mera inactividad, forma parte del proceso de la creación. No sucede a la creación, es lo que hace que la creación concluya.
[20:40]Del mismo modo no es adecuado subordinar el descanso al trabajo.
[20:50]El descanso sabático es una fiesta de la creación, una fiesta del descanso y la contemplación.
[21:03]El reposo no sirve para descansar del trabajo, ni en reponer fuerzas para volver a trabajar. El reposo trasciende al trabajo. Al entrar en contacto con el trabajo, el descanso pierde su plusvalía ontológica, deja de representar una forma existencial superior y degenera en un simple derivado del trabajar. El trabajo pertenece a la esfera de lo profano, individualiza y aísla. La fiesta en cambio, congrega y une. En la fiesta la vida se mira a sí misma, celebramos la fiesta porque es un tiempo detenido, un momento que cancela el tiempo como sucesión de momentos fugaces.
[21:48]A diferencia de la fiesta en el tiempo laboral, es un tiempo que fluye y transcurre, si el tiempo vital llega a coincidir con el tiempo laboral como pasa hoy, la vida misma se vuelve furiosamente fugaz.
[22:06]El neoliberalismo totaliza la producción, somete a ella a todos los ámbitos de la vida.
[22:23]Incluso el reposo. La totalización abarca incluso al reposo, porque el tiempo libre es un tiempo vacío que genera terror, es una torturante forma vacía de trabajo. El trabajo tiene principio y final, por eso es seguido por un periodo de descanso. En cambio el rendimiento, por el contrario, es continuo, es la perpetuación del trabajo sin siquiera necesidad de fiesta y congregación.
[22:56]La presión por la producción desintegra la comunidad. Muchas veces, dice Han, se ha relacionado la idea de capitalismo con la religión.
[23:13]¡Es un error! La palabra religión proviene de religare y la palabra sinagoga viene del griego synagein. Ambas coinciden en confluir en un mismo significado: ligar y juntar. Y si algo hace el capitalismo es lo contrario, dispersar, individualizar y aislar a las personas. Mientras que la religión es una narrativa global que genera sentido y finalidad, el capitalismo no es narrativo, solo cuenta. Profana al tiempo reduciéndolo a lo laboral, todos los días resultan iguales. Al capitalismo no le gusta la calma, el capitalismo no descansa. La calma sería el nivel cero de la producción. Georges Bataille discrimina entre el juego fuerte y el juego débil. En una sociedad en la que lo útil es el principio dominante, solo se reconoce el juego en su versión débil. Porque es una versión que se amolda a la lógica de la producción. Ya que el juego débil sirve para descansar del trabajo. En cambio el juego fuerte caracteriza a la sociedad ritualista. El juego fuerte es incompatible con el trabajo y la producción, porque se pone en juego a la vida misma.
[24:43]Las sociedades arcaicas no conocen la separación tajante entre vida y muerte. La muerte para ellas es un aspecto de la vida. La vida es posible solo en un intercambio simbólico con la muerte. Y los ritos iniciáticos y sacrificiales son actos simbólicos que regulan el tránsito entre la vida y la muerte.
[25:15]La sociedad de la producción, en cambio, está dominada por el miedo a la muerte y es el capital el que se erige como una garantía contra la muerte. Nos lo imaginamos como una acumulación de tiempo, haciendo que otro trabaje por uno mismo, por ejemplo, se puede comprar tiempo. El capital ilimitado genera la ilusión del tiempo ilimitado, ignorante de morir. En la modernidad el trabajo va ganando espacio a merced del juego, lo que se refleja también en la filosofía. Como se observa en Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, o en Carlos Marx, e incluso en Kojève. En todos ellos se mantiene la primacía del trabajo. La historia comienza con el trabajo y el trabajo es el motor de la historia. Sometidos a la presión por trabajar y producir, perdemos cada vez más la capacidad de jugar. Por ejemplo, hacemos escaso uso del lenguaje lúdico.
[26:22]Solo usamos el lenguaje para que produzca, el lenguaje para reproducir información o generar sentido. Los poemas son lenguaje lúdico, se trata de una construcción formal, que se ilumina a sí misma. Con frecuencia los poemas no transmiten nada, se caracterizan por el lujo excedente del significante.
[26:48]El lenguaje juega con los poemas, por eso hoy apenas se leen poemas, esas ceremonias mágicas del lenguaje. En Japón el haiku es esa ceremonia del lenguaje donde predomina el envoltorio sobre el contenido. Y así como el envoltorio de las palabras domina sobre el sentido, el kimono actúa como envoltorio del cuerpo, que es un exceso de significantes ese kimono de colores y formas. La ceremonia del té en Japón también es un detallado proceso de gestos ritualizados. En la ceremonia del té no se produce ninguna comunicación, no se transmite nada, impera el silencio ritual. Porque la sociedad ritual es una sociedad de reglas. No es la virtud ni la conciencia lo que la cohesiona. La cohesiona la pasión por las reglas. Las reglas no se asimilan, se obedecen, dando forma a una ética de la cortesía. La cortesía es pura forma, no pretende nada, está vaciada de todo contenido moral, porque es más arte que moral, es por entero forma, es por entero exterioridad. En cambio hoy se moraliza todo.
[28:17]Hoy somos hostiles a las formas, desaparecen los gestos de cortesía, el culto a la autenticidad desprecia los gestos de cortesía. Los modales son cada vez más raros, somos hostiles a las formas, vivimos en una moral amorfa. Cuanto más moralizante es una sociedad, más descortés se vuelve. Frente a esta moral amorfa hay que defender una ética de las bellas formas. En el libro Homo Ludens, Johan Huizinga, subraya el carácter lúdico de la guerra arcaica. Ese carácter lúdico se expresa en la prohibición de determinadas armas, en la formalización de acuerdos sobre los tiempos de la lucha y sobre el lugar donde desarrollar la batalla. Existe un nivel ético en el que los enemigos se intercambian cortesías, característico de los duelos rituales. Donde existe un reconocimiento del adversario con similares derechos que los míos. Incluso el duelo se convierte en un combate singular ritual, un juego simétrico, donde no se trata de aniquilar al otro, se trata del honor. No es honroso atacar al enemigo sin ponerse uno en peligro, en un mismo campo de batalla con simetría de medios. Por eso Karl Schmitt dice que la guerra tiene que incluir una cierta probabilidad de que cualquiera pueda conseguir una victoria. Pero las guerras modernas carecen del carácter lúdico. La presión por producir también destruye este juego. Porque las guerras modernas son una batalla de producción en la que combaten trabajadores soldados y no halla jugadores soberanos. La asimetría de las armas hace valorar al adversario de un modo distinto, se lo degrada a la condición de criminal. Y la superioridad de las armas es una demostración de la causa justa. La superioridad técnica se convierte en señal de superioridad moral, así como la degradación del adversario a la condición de criminal se vuelve prerrequisito para su matanza. La guerra de drones es lo que lleva esta asimetría al extremo. Y la matanza se transforma en un trabajo remoto que, como todo trabajo, requiere del mayor rendimiento. La guerra de drones es un dataísmo de la matanza, sumergida en los flujos de datos.
[33:02]Claudio Álvarez Terán, http://alvarezteran.com.ar



